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65º FESTIVAL DE CANNES

Una comedia agridulce de Garrone y otra sordidez naturalista de Seidl

El director de 'Gomorra' vuelve a rodar en Nápoles para una historia triste y grotesca

'Paraíso amor' provoca una sensación de hastío y nausea

Un fotograma de 'Reality', de Matteo Garrone. Ver fotogalería
Un fotograma de 'Reality', de Matteo Garrone. EFE

Durante muchos años el cine italiano no solo dispuso del tantas veces conmovedor neorrealismo y de unos cuantos creadores poderosos con identificable mundo propio, sino también de un estilo irrepetible en clave de comedia, esperpénticas, satíricas o cotidianas, pobladas por personajes, situaciones y ambientes creíbles, interpretadas por actores y actrices de inolvidable personalidad. Con una tradición y una herencia tan esplendorosa, la vitalidad, la gracia y la inteligencia del cine italiano han pasado inexplicablemente por una sequía tan larga como alarmante. De acuerdo, también aparecieron directores como Nanni Moretti y Gianni Amelio que tenían cosas interesantes que contar y sabían cómo hacerlo, pero han sido excepciones en una cinematografía que parecía muerta.

Matteo Garrone es un director romano que paradójicamente ha conseguido en sus últimas películas hablar de Nápoles con enorme veracidad, como si hubiera vivido siempre allí. En Gomorra adaptó con atmósfera tenebrosa y sentido trágico el escalofriante libro de Roberto Saviano en el que hablaba del poder absoluto de la Camorra, de los infinitos tentáculos de su corrupción, de un Estado presuntamente clandestino dirigiendo esa ciudad abigarrada, pintoresca y peligrosa. Garrone vuelve a situar en Nápoles la historia de Reality, pero en esta ocasión prescinde de crímenes y del tono sombrío. Nos habla con lenguaje descriptivo y colorista, con habilidad pasmosa para recrear las voces de la gente y el ritmo de las calles, de un clan familiar en el que la vida discurre apaciblemente hasta que uno de ellos, dueño de una pescadería en un barrio popular, decide que la fama, la notoriedad y el dinero serán torrenciales para el y para su familia si logra que le seleccionen para concursar en Gran Hermano. Después de haber sido entrevistado, este hombre se obsesionará hasta la locura creyendo que los responsables del programa han enviado un ejército de espías a Nápoles para averiguar si da el perfil adecuado observando su comportamiento en la vida cotidiana. Y transformará su existencia hasta el delirio con tal de cumplir su sueño de convertirse en una personalidad mediática.

Aunque la historia que narra es muy triste y grotesca la convicción del protagonista de que su realización vital y social solo será plena si consigue hacerse famoso a través de esa abominable telerrealidad protagonizada por frikis, la mirada del director sobre las costumbres, los rituales y la gritona convivencia en esa castiza barriada de Nápoles posee vitalidad, comprensión, humor, cariño y piedad. Los personajes desprenden tanta espontaneidad que llegas a creer que no actúan, que una cámara oculta les está filmando sin que ellos sean conscientes, que no intentan parecer nada sino que son así. Y no puedo evitar acordarme del genial Alberto Sordi cuando veo la cara, la expresividad y los movimientos del actor Aniello Arena. Es una película que se acerca en el tono, en el estilo, en su tragicómico retrato de la existencia a aquellas perdurables comedias que alguna vez hizo el cine italiano.

El director austriaco Ulrich Seidl, cuya retorcida obra posee notable eco en los festivales empeñados en ser modernos, vuelve a recrearse en esa sordidez que le es tan grata describiendo el turismo sexual que practican en Kenia varias señoras austriacas de la tercera edad. Se titula Paraíso: amor y al parecer es la primera parte de una trilogía dedicada a retratar cómo conciben sus vacaciones varios tipos de mujer. Imagino que este director está dotado de algún extraño e hipnótico talento ya que he soportado todo el metraje en una película de la que deseo escapar a los 10 minutos. No es agradable observar el comercio carnal que establecen mujeres sesentonas y adiposas con chavales negros que conocen aunque disimulen su precio ante las desinhibidas y hambrientas ancianas europeas que vienen a explotar su cuerpo. Todo pretende ser realista y crudo como en la vida misma, nada está adornado ni huele a ficción. Y Ulrich Seidl consigue lo que se propone. O sea, un sentimiento de asco físico y mental en el espectador al ser testigo de ese mezquino trapicheo que establecen las que tienen dinero con los que lo único que poseen es su cuerpo y su juventud. Que la sordidez no esté falseada, que la vida pueda ser tan poco estética y ética, no garantiza que eso sea arte. Salgo con sensación de hastío y de náusea de esta película. Lo que no logro entender es qué me ha retenido en ella. A lo peor, soy un mirón pervertido y masoquista.