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Una criaturilla vulnerable

Billy Wilder decía que solo debía haber una cosa más excitante que seducir a Marilyn Monroe: “¡Ser seducido por Marilyn Monroe!”. Lo primero estaba al alcance de cualquiera que quisiera proponérselo, aunque fuera para fracasar con estrépito, pero lo segundo debía ser el no va más, así que aprovecharon esa idea para tirar del hilo en la trama de deseo protagonizada por Tony Curtis en Con faldas y a lo loco, llevándola hacia el territorio de la cómica emoción sensual.

MI SEMANA CON MARILYN

Dirección: Simon Curtis.

Intérpretes: Michelle Williams, Eddie Redmayne, Kenneth Branagh, Julia Ormond, Emma Watson. Judi Dench.

Género: drama. EE UU, 2011.

Duración: 99 minutos.

Mi semana con Marilyn, película de Simon Curtis basada en hechos reales sobre los días de rodaje en Inglaterra de El príncipe y la corista, a las órdenes de sir Laurence Olivier, juega también con esa idea, la de ser seducido por Marilyn, y es justo ahí, de cara al espectador, que siempre soñó con encontrarse en esa tesitura, donde encuentra sus mejores armas, sobre todo porque el seducido no es una estrella ni alguien con poder, sino un simple asistente de rodaje que se topó, claro, con la historia de su vida. La desgracia es que la representación en el cine, entendida como figura o idea que sustituye a una realidad presente o pasada, está abocada a ir de la mano de lo que resulta tangible (y de lo que no). Y la emulación de Marilyn resulta imposible: quizá sí sus palabras, sus actos o sus contoneos, pero no su aura, irrepresentable por naturaleza.

Curtis, experimentado realizador de series y películas de televisión, lo que se nota para bien y para mal, dirige su producto con cierto gusto y buena capacidad para el mantenimiento del ritmo, ayudado sin duda por el matiz cinéfilo-fanático contenido en un relato sobre las experiencias (semi)escondidas de un mito como Marilyn. Pero la película siempre choca con lo intangible. A pesar de los denodados esfuerzos de Michelle Williams por representar lo irrepresentable, por llegar a la persona a través de la interpretación, resulta imposible. Como la propia Marilyn, que se empeñaba en el método Stanislavski cuando su fuerza radicaba en su propia naturaleza, Williams, que no da el pego ni en físico ni en rostro ni, por supuesto, en aura, no llega a pesar de la técnica. Marilyn era un cañón de mujer que sorprendía por su vulnerabilidad, y en ese sorprendente contraste debería estar la esencia de la película. La Marilyn de Williams, en cambio, no es un cañón vulnerable, solo es una criaturilla vulnerable.