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Lillian Bassman, la mirada fría de la moda

El objetivo de la fotógrafa nunca fue eliminar defectos

Lillian Bassman, en su casa en 2009. Ampliar foto
Lillian Bassman, en su casa en 2009. CORDON PRESS

La muerte de Lillian Bassman el pasado 13 de febrero a los 94 años deja a la fotografía de moda sin uno de sus máximos referentes. Como directora de arte, fue la responsable de que relevantes fotógrafos entraran en el circuito de las grandes revistas; como fotógrafa supo tratar la belleza femenina y la elegancia de la moda como una obra de arte.

Bassman nació el 15 de junio de 1917 en Nueva York, dentro del seno de una familia de emigrantes rusos judíos. A los 15 años, con el consentimiento de sus padres, se fue a vivir con Paul Himmel, un joven de 18, fotógrafo y futuro psicoterapeuta. No se separarían hasta el fallecimiento de este, en 2009, después de 71 años de matrimonio y tres hijos.

Pese a estar emparejada con un fotógrafo, a Bassman no le interesó en sus inicios coger la cámara, si no tratar la fotografía. De la mano de Alexey Brodovitch, el todopoderoso director de arte, entró como becaria no remunerada a la revista Bazaar en 1941. Se plantó poco después: sin sueldo no daba su trabajo. Brodovitch, al que le sobraba olfato para el talento, tuvo que ceder y contratarla. Allí comenzó a desarrollar su carrera como diseñadora de la revista. Fue corresponsable de la dirección artística de Junior Bazaar, una publicación destinada a un público más joven. Gracias a ella no solo comenzaron a publicar fotógrafos como Richard Avedon, Robert Frank o Arnold Newman, si no que les dejaba también un amplio margen para experimentar.

Un día Bassman comenzó a aburrirse con lo que hacía. “¿Por qué no te haces fotógrafa?”, le propuso Brodovitch. “Entonces me hice fotógrafa. En Junior Bazaar tenía una o dos páginas para mí”, contaba en una entrevista publicada en el libro Hall of Fammes: Lillian Bassman. Era a finales de los cincuenta y había visto cómo trabajaban esos grandes a los que ella había abierto la puerta de la publicación. “Rick Avedon [como ella trataba a su amigo] se fue a disparar colecciones en París y me dijo: ‘Estaré fuera por unas cinco semanas, ¿por qué no usas mi estudio? Toma mi asistente, usa mi equipo y mira qué puedes hacer’. Cuando Dick volvió, yo ya tenía un encargo de publicidad”.

Apostó por los primeros trabajos de Richard Avedon o Robert Frank

La fotografía de Lillie Bassman se enmarca dentro del optimismo que inundó Estados Unidos después de la II Guerra Mundial y en el auge de las revistas de moda. “Soy un ojo de mujer para los sentimientos más íntimos de las mujeres”, solía decir. Tuvo que lidiar con otras editoras como Diana Vree-land o como Carmel Snow. “No te he traído a París para hacer arte”, le espetó esta última cuando estaba al frente de Harper’s Bazaar durante unas sesiones en Francia. “Te traje aquí para fotografiar botones y lazos”.

Su trabajo involucraba mucho tiempo, primero en los cuartos oscuros, y luego frente al Photosphop. “Estaba interesada en crear una visión aparte de la que la cámara miraba”, dijo en una entrevista en B&W en 1994. “Uso el Photoshop como usaba el cuarto oscuro para imprimir”, contaba sobre sus últimas técnicas en su trabajo. “Mi objetivo no es eliminar imperfecciones, es ser pictórico y crear una atmósfera”.

Engullida en el mundo de la moda que mostraba a una mujer elegante y decisiva, Bassman parecía darle la espalda en su día a día. No le interesaban las publicaciones de moda en sí, ni tampoco la ropa. “Me pasó el 90% de mi día en el estudio trabajando. Siempre visto vaqueros y una camiseta”, decía en 2009 en una entrevista para la revista Double X. “Solía comprar vestimenta en la tienda para militares. En los sesenta, tuve algunos problemas, porque cuando era invitada a comer por algún directivo acudía con mi ropa de trabajo y no me dejaban entrar por mi vestimenta”.

Bassman decidía todo lo que se hacía en su estudio y en su fotografía. “Podía tocarles el pelo, cambiar el maquillaje”, contaba, “y las modelos se vestían con ropa que era verosímil que pudieran comprar”. Por eso en 1965 se cansó de todo el sistema que se había montado en el mundo de la moda, con modelos jovencísimas, sesiones de tiempo limitado y mucha gente decidiendo cómo tenía que hacer sus fotos. El arrebató llegó a más, y durante un traslado de su estudio destruyó parte de su fotografía comercial. Gran parte pudo salvarse gracias a que uno de sus ayudantes apiló su trabajo en bolsas de basura que no llegó a tirar.

La pérdida de poder durante sus sesiones la apartó de las revistas veinte años

Durante las dos siguientes décadas Bassman no abandonó la fotografía. Desde su casa de la playa comenzó a fijarse en los hombres que hacía culturismo; ella, que apenas había fotografiado a modelos masculinos, se metió de lleno a retratarlos para luego exagerar aún más sus formas en el laboratorio. Y no volvió a la moda hasta la década de los noventa, cuando se redescubrió su obra más en Europa que EE UU, con exposiciones en Hamburgo, Londres o París, y pudo volver a trabajar como a ella siempre le gustó, sin tanta parafernalia de la moda actual. Su último encargo lo recibió para la revista Vogue en 2004.