Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
62ª BERLINALE

Una buena jornada, pero no española

Un fotograma de 'Dictado'.
Un fotograma de 'Dictado'.

El comienzo de Dictado, dirigida por Antonio Chavarrías, puede provocar en cualquier sensibiidad normal una mueca de estupefacción ante la brutalidad que presenciamos. Que alguien se corte las venas siempre es turbador y horroroso, pero si el que lo hace con excesiva naturalidad es un padre que está compartiendo la bañera con su pequeña hija te puede asaltar una sensación devastadora. Solo sabemos de este hombre traumado que ha intentado comunicarse con su amigo de la infancia y éste le ha esquivado. A partir de ahí y de la adopción provisional de la cría que hacen el amigo que no atendió al suicida y su mujer, ambos profesores y sin hijos, se desarrolla una trama perteneciente a ese genero tan de moda que recibe la pomposa definición de terror psicológico. Las películas al parecer ya no son de terror, como se las ha definido toda la vida, sino que hay que añadir en muchos casos la trascendente matización del psicologismo.

Evidentemente, tiene que haber un enigma pavoroso en la relación que mantuvieron en la niñez el sensato profesor y el autodestructivo. Habrá que recurrir continuamente a los flashback, ese recurso narrativo tan peligroso que no acostumbra a dar resultados brillantes en el cine. También será necesario crear una atmósfera que presagie todo tipo de oscuridades en personajes con apariencia y conducta diáfanas. Y, por supuesto, se requiere un notable talento para que ese clima que pretende ser inquietante empape y angustie al espectador. Es el universo en el que han centrado casi siempre sus historias dos extraordinarios buceadores del mal como Alfred Hitchcok y Roman Polanski. Deduces que el autor de Dictado admira profundamente a los dos, pero eso no es suficiente para lograr una buena película de terror y ¿psicológico?

Agradeces a Chavarrías que no utilice ese recurso tan socorrido de abusar de los sustos y que dosifique hasta la nimiedad los golpes de efecto, pero lo lamentable es que esa contención tampoco está acompañada de sutileza ni desasosiego. Casi todo es naufragio. La intriga no se mantiene, los diálogos pretendidamente naturales resultan forzados o asépticos, no me creo lo que expresan gestualmente, ni lo que dicen, ni cómo lo dicen los otras veces sugerentes y eficaces Bárbara Lennie y Juan Diego Botto y tampoco me convence la cría, a pesar de la empatía que se supone siempre provoca un niño amenazado. Paradógicamente, resulta muy atractivo sentir angustia y miedo en el cine. En mi caso, este inane Dictado no lo consigue.

Paolo y Vittorio Taviani, que ya superan los 80 años, no solo no padecen previsible senectud mental, sino que incluso se atreven a hacer experimentos en la original César debe morir, como el de utilizar a presos reales interpretando en una cárcel el Julio César de Shakespeare. Esa gente presumiblemente iletrada y con condenas muy largas otorgan una veracidad notable en su representación de esa tragedia sublime sobre la conspiración, el dilema moral entre el amor a un padre espiritual que pretende ejercer la tiranía, la traición, la maquiavélica manipulación que el político hace con la plebe. Esos improvisados actores no solo comprenden y viven el papel que interpretan. También descubren que lo que sienten sus personajes puede ser aplicable a su propia vida dentro de la prisión.

Igualmente, está muy bien contada, con matices y complejidad, la película alemana Barbara. Dirigida por Christian Petzold, describe la tensa supervivencia de una endurecida médico que ha sido desterrada de Berlín a un sombrío pueblo de la Alemania del Este en 1980, sus dudas entre la necesidad de escapar de allí y el compromiso ético, profesional y afectivo que ha establecido con los mas débiles. Hay sensibilidad nada ostentosa, un retrato que desprende veracidad sobre un ambiente tan temeroso como asfixiante.