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La alucinada orfandad de un niño en el 11-S

Con semejante asociación de talentos en 'Tan fuerte, tan cerca' te esperas lógicamente una película magistral, pero esta desgraciadamente no lo es.

La actriz Isabel Vendrell Cortes sujeta una máscara durante la presentación ante la prensa del documental 'Indignados'. Ampliar foto
La actriz Isabel Vendrell Cortes sujeta una máscara durante la presentación ante la prensa del documental 'Indignados'.

Diez años después de que Estados Unidos sufriera un 11 de septiembre el mayor temblor y desgarro de su historia, son pocas las películas que se han propuesto retratar ese espanto. Alguna de ellas, como la lamentable reconstrucción que hizo Oliver Stone de lo que ocurrió en las Torres Gemelas, no pasará con honores a la historia del cine. Tan fuerte, tan cerca dispone de todos los elementos para que la evocación de aquel infierno resulte modélica. No conozco la novela de Jonathan Safran Foer que ha inspirado esta película, pero lectores fiables me aseguran que es preciosa. El guion lo ha escrito Eric Roth, señor con esplendoroso currículo como evidencian las historias de El dilema, El buen pastor, Munich y El extraño caso de Benjamin Button. La dirige Stephen Daldry, alguien que demostró poseer un notable sentido del drama en Las horas y The reader. La música está compuesta por el profundamente lírico Alexandre Desplat. Dispone de brillantes actores de reparto como John Goodman, Viola Davis y el ya muy anciano aunque siempre extraordinario Max von Sydow. La protagoniza en todos sus planos Thomas Horn, un niño y actor singular (pavor me inspira su doblaje, ya que la sobreexcitación y la anfetamínica verborrea que sufre su personaje se presta a que te entren deseos de estrangularle si suena a falso), al que arropan la cada vez más sobria y veraz Sandra Bullock y un correcto Tom Hanks.

Con semejante asociación de talentos te esperas lógicamente una película magistral, pero esta desgraciadamente no lo es. Y tiene momentos muy hermosos, es conmovedora la relación entre un crío que no puede dejar de hablar y un viejo que, debido a un trauma brutal al haber sufrido en directo el horror de la guerra, decidió no volver a hablar jamás, existe a ráfagas un poderoso aliento poético, pero se alterna con una búsqueda demasiado molesta de la lágrima fácil, la esforzada convicción de que después de una tragedia colectiva todo el personal es solidario y bueno, enigmas que no están bien explicados.

Habla de la pérdida del padre en la masacre de las torres que sufre un crío hipersensible que tenía una relación plena de complicidad y de amor con su progenitor, de su sentido de culpa al haberse quedado paralizado por el miedo el fatídico día en el que murió éste, de su obsesivo rastreo a través de la ciudad de los misterios que él imaginaba en la personalidad del padre para tratar de revivirlo. A veces, la narrativa que utiliza Stephen Daldry logra implicarte emocionalmente en la desesperación activa de ese atormentado niño y en otras hay cosas que te suenan a disparate, a convencional, a la molesta sensación de que te intentan manipular con torpeza. De cualquier forma, yo me sentiría no ya conforme sino feliz si el tono medio de calidad en la Sección Oficial que nos va a ofrecer la Berlinale fuera el de esta irregular Tan fuerte, tan cerca.

No sé si la anterior película pretende testificar además de una factura impecable que es verdadero cine de autor, pero no existe ninguna duda de que los directores de la senegalesa Aujourd'hui y de la francesa A moi seule están convencidos en cada secuencia de que lo son. Mi problema con la primera es que no logro enterarme en ningún momento de qué va el argumento, de si el protagonista pertenece al reino de los vivos o es un fantasma que regresa a sus raíces terrenales, de encontrar un mínimo de sentido a lo que veo y escucho. En cuanto a la segunda, describe con estilo farragoso la relación sadomasoquista que se establece entre una niña y su secuestrador. También la tortuosa adaptación de ella al mundo exterior y a su familia cuando después de una década su raptor la deja escapar. El tema es escabroso y el director pretende hacerlo complejo y sombrío, pero sus intenciones son en vano. Su psicologismo es fatigoso, el aroma es más enfermizo que penetrante, el síndrome de Estocolmo no tiene aquí ningún poder de fascinación para cualquier espectador que aspire a la sensatez.

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