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'Iceberg', la frialdad de la adolescencia

La película de Gabriel Velázquez es la única española a concurso en el certamen de Gijón

Menuda cuna cinematográfica la de Salamanca. "Debe de ser una de las ciudades españolas con más cineastas por cabeza", comenta riendo Gabriel Velázquez. El director y productor, el único español a concurso en la sección oficial de Gijón, es salmantino nacido en 1968. Como su amigo Chema de la Peña, con quien codirigió Sud Express; como Carlos Therón, director de Fuga de cerebros 2; como el maestro Basilio Martín Patino; como el director de La corte del fararón, José Luis García Sánchez; como Isabel de Ocampo, ganadora del Goya al mejor corto y que estos días presenta su debut en el largo, Evelyn; como Antonio Hernández, Ricardo Íscar o incluso -es su ciudad de adopción aunque nació en Ourense-, Rodrigo Cortés. Hasta Carlos Boyero es de Salamanca. "Entre mi generación surgió un pique sano. Piensas: 'Si este puede, ¿por qué no yo?'. Todos estamos conectados profesional y emocionalmente".

El cineasta no ha traicionado a sus orígenes, y en Iceberg, su segunda película como director en solitario tras la infravalorada Amateurs (2008) y la deslumbrante Sud express (2005), ha rodado en su tierra un drama que entrecruza las vidas de tres adolescentes, una película llena de silencios, de miradas lejanas, de historias que no se cuentan y que el espectador ve desde lejos e intuye, dando así todo el significado a su título: de un iceberg solo se ve una octava parte. Le ha costado mucho llegar al resultado final.

Montaje

"Primero hice un montaje con diálogos, con música melancólica. No me gustaba. Después quité bastantes diálogos, y como música puse temas más pop, estilo Sigur Rós. Tampoco funcionaba. Y decidí desnudar la película, quedarme con la esencia. Sin diálogos, con una música ancestral salmantina. Incluso construí los instrumentos y los envié al músico a México, para que allí compusiera a su gusto". Y aún así, no acabó de rematarla. "En noviembre pasado vi que sabía lo que no quería, pero no lo que quería, y se la di a una montadora porque yo no podía más. Necesitaba alejarme de ella". El resultado ha merecido la pena. Iceberg es dura y a la vez fría. "Sí, a propósito. Quité lloros, me alejé del drama fácil. La historia del chaval es en gran parte autobiográfica, porque mi padre también murió cuando yo era crío y también era un cazador al que yo quería emular. Los dos golfos nacen de mis experiencias, de alguna gamberrada mía, y de que todo el mundo conoce a adolescentes así. La niña sufre algo muy duro, pero más sencillo de escribir".

Ahora, en Gijón, Iceberg concursa como única película española en la sección oficial. "Sé que mi público es el de los festivales, y venir aquí, un espaldarazo enorme, enorme. Soy productor y ni siquiera como productor he tenido la libertad que me he dado en Iceberg. He sufrido con ella, pero tenía que pasar por el proceso, reconocerme a mí mismo, sentirme autor... Y que el final sea participar en este certamen supone un gran colofón".

Ahora prepara una historia sobre el folk y, por supuesto, volverá a decantar poco a poco. "No sé si será folk salmantino, español... Quiero contarla a través de un niño y busco personas, no personajes, artistas de verdad y con ellos descubrir qué pasa con el folk, el relevo generacional que se vive ahora". Hasta entonces, acompañará a Iceberg de certamen en certamen, "que espero sean más, aunque que Gijón me haya seleccionado, insisto, es fantástico".