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Man Ray, retratista

Un libro recoge los retratos del fotógrafo estadounidense, todo un catálogo cultural de la primera mitad del siglo XX

"Soñaba con convertirse en un pintor de sociedad que solo quería retratar a chicas bonitas". Así describe Neil Baldwin los inicios de Man Ray (1890-1976) cuando este se formaba en la National Academy of Design de Nueva York. "Es el rostro humano lo que me interesa. Cuando veo un rostro que me interesa, me encanta fotografiarlo", solía repetir este genio de la fotografía, que fue domado en sus inicios por otro igual, Alfred Stiegltz, quien más bien le enseñó lo que no tenía que hacer, al tiempo que se metía de lleno en el surrealismo formando pareja con Marcel Duchamp.

Man Ray es París. Allí se trasladó en 1921, en su primera etapa, hasta 1940, cuando la amenaza nazi fue ya insoportable. No volvería hasta 10 años después. En esas dos etapas, sus distintos estudios fueron una referencia de la cultura, los mecenas y la alta sociedad.

12.000 placas se conservan hoy en el Centro Pompidou de Francia, la inmensa mayoría de la obra de Man Ray que sobrevivió gracias al empeño de su mujer Juliet Man Ray, sus amigos o su asistente Lucien Treillard, que se negó a destruir las placas que su jefe le daba para destrozar en su casa, lejos del estudio, para que no se le llenara de cristales.

El libro Man Ray Portraits procede de esos fondos y recoge en bruto placas con retratos, tal y cómo Man Ray las había tomado, sin retoques (algo que él detestaba) ni recortes (algo con lo que solía jugar). El libro está acompañado de dos artículos firmados por Quentin Bajac, jefe de conservación del Departamento de fotografía del Pompidou, quien ha estado al cargo de la clasificación y digitalización del archivo y otro de Clement Chéroux, conservador de la misma institución. Completan la introducción fragmentos de entrevistas al genio, palabras que hacen difícil al lector pasar sin más a los retratos.

Una puerta abre otra puerta, parece ser un buen resumen de lo que le fue pasando a Man Ray. A la capital francesa, residencia oficiosa de los movimientos de Vanguardia, llegó ya con la referencia de haber montando el primer grupo Dadá en Nueva York, todo un pasaporte que le abrió una primera puerta: fotografiar las obras que Picasso producía en París; de ahí a retratarlo solo hubo un paso; y de esa puerta, abrió una más grande, cuyas llaves le dio Jean Cocteau, el poeta, dramaturgo y artista francés, que formaba el epicentro de la escena cultural de esos locos años 20. Cocteau, tras dejarse fotografiar, quedó tan impresionado que fue recomendado a todos sus amigos escritores, poetas y mecenas al retratista estadounidense. De él partió el encargo de retratar el cadáver de Marcel Proust, una práctica más bien propia de la centuria pasada, y que Ray ejecuta de acuerdo con esos estándares propio del retrato de muerto.

"Nadie pagaba por mis copias", escribiría años más tarde en su autobiografía Autoretrato, "pero mis archivos eran cada vez más imponentes y mi reputación empezó a crecer". No se cortaba en asegurar que esos primeros años su obra era "un catálogo de especímenes", compuesta en su mayor parte por la primera línea de la cultura. Y con esa reputación llegó el dinero: en una entrevista en 1975 que referencia Chéroux, la fotógrafa Berenice Abbott, su ayudante en la década de los 20, aseguraba que Man Ray cobraba unos mil francos por retrato, cuando él mismo pagaba a cinco francos la copia de su vecino Atget (aquel fotógrafo de Paris descubierto precisamente por Abbott) y la factura estándar de los retratistas de la época eran 35 francos.

Ray trabajaba por encargo para revistas como Vanity Fair, ilustrando por ejemplo la columna We nominate for the hall of fame y recibía encargos de las principales publicaciones de moda, sobre todo en su etapa en Hollywood tras dejar París en 1950, retratando los últimos coletazos del star system. Su fama fue creciendo pero nunca convirtió su trabajo en una industria, ni tampoco se preocupó en exceso en los papeles y materiales que usaba. Su obra denota siempre algo de arte, de alma, más allá de la frialdad de los encargos marcados por la técnica, que es lo que diferencia a un técnico de un artista.

Vicente Huidoboro, Giorgio de Chirico, Aldous Huxley, Matisse, Joseph Kessel, Pablo Picasso, Joan Miró, cómo no Marcel Duchamp, Stravinsky, Ava Gardner, Catherine Deneave...y así hasta 500 retratos, cada uno con una pequeña ficha biográfica, se recogen en el libro. En ellos se sigue el denominador común de la ausencia de lo que Man Ray llamaba "sonrisa comercial", ese gesto falso, forzado que sigue a la frase "y ahora sonría por favor", y que se "transforma en una mueca de pesadilla". "¿Ser natural? ¡Es lo más artificial que puedes conseguir!", respondía en una entrevista a Photo France en 1951. La solución la encontraba el genio en la técnica, en los esquemas de luz sencillos, nada de artificios lumínicos, y sobre todo en "siempre sugerir una pose, nunca ordenar", para captar al retratado "entre el pensamiento y la acción".

'Man Ray Portraits. Paris - Hollywodd - Paris' está editado por la editorial Schirmer / Mosel.