Como la lluvia ácida

Un Bob Dylan en estado puro reivindicó figura, voz cavernosa y sonido agreste en Barcelona

Pasaban pocos minutos de la hora prevista para el inicio del concierto, las 21.30 horas, y el público ya comenzó a palmear impaciente. Público adulto no acostumbrado a esperar por lo que ha pagado. No solo esperaron, sino que encima hicieron cola, larguísima, antes de entrar en el Poble Espanyol de Barcelona, donde luego Dylan volvió a ejercer de Dylan rascándoles los oídos con un concierto áspero, de perfiles mellados y servido por una voz de ultratumba, ronca y rota. Sí, Dylan en estado puro, quizás un Dylan algo fatigado e incluso más áspero que en otras ocasiones. Pero Dylan al fin y a la postre. Poco a poco caló, con parsimonia y tenacidad, y la satisfacción entre su público fue perceptible al final de la actuación. Dylan, en positivo o negativo, siempre es fiel a sí mismo.

Comenzó con una pieza conocida, aunque como en él resulta habitual, hasta lo más familiar resulta extraño. Así abrió con Rainy day women 12 & 35, masticando la letra hasta hacerla apenas una papilla informe. La voz ya denotó ser una especie de ronquido exagerado quizás a voluntad.

Desde el inicio se confirmó que los tiempos en los que Dylan se sentaba de perfil al público y tocaba el teclado ya forman parte de la historia. Dylan -¿un intento de rejuvenecer?- tomó la guitarra a las primeras de cambio, para volver al teclado en el cuarto tema, un Just like a woman en el que el público, casi por única vez en el concierto, pudo participar coreando el estribillo. Porque sí, Dylan fue fiel a esa costumbre tan suya de malear los temas a su antojo, haciéndolos casi irreconocibles, alargándolos o acortándolos en función de su estado de ánimo.

Además de la guitarra, el cantante, encabezando un quinteto al que presentó justo antes del último tema, también tocó la armónica, lo que comenzó a hacer ya en el quinto tema, High water, para reiterar su uso en varias composiciones del repertorio. No era una armónica constante, tocada con brío, sino más bien el fruto de un soplido discontinuo y breve que hizo pensar en escasa potencia pulmonar. El repertorio iba avanzando y cada vez que comenzaba una canción el público aguardaba para descifrar su letra y título, produciéndose leves aplausos cuando los más conspicuos desentrañaban el misterio. Por ejemplo Tangled up in blue, sexto tema de los 17 interpretados, tardó en hacerse evidencia, bastante menos que Cold irons bound o incluso que Highway 61 Revisited, pieza tan popular que ni el propio Dylan puede enmascararla.

Quizás por ello, por esa especie de juego al gato y al ratón que el compositor establece con el público, éste, acaso deslumbrado por la potencia del mito, tal vez desubicado ante las tornas de las canciones, quizás simplemente ensimismado, apenas mostraba calor y adhesión al artista cuando este concluía las interpretaciones. Como si cayera una tenue lluvia persistente, un sirimiri sin apenas salpicaduras. En el caso de Dylan, esta lluvia resulta particularmente ácida, una lluvia de desencantos formulada en clave de música popular. Es por ello que en el concierto hubo folk, country, rock e incluso swing ?Spirit of the wáter? , pero todo tocado de forma áspera e incluso amarga.

Con el público dejándose llevar poco a poco, el concierto tomo velocidad de crucero. Tombstone blues, Ballad of thin man y Like a Rolling Stone ya lo enfilaron hacia un desenlace que rematarían Jolene de su último disco, y una casi irreconocible Blowin' in the wind. No fue el mejor Dylan que se ha visto por estos lares, pero fue Dylan. Y es bastante.

Bob Dylan, en su concierto del jueves en Barcelona.
Bob Dylan, en su concierto del jueves en Barcelona.GIANLUCA BATTISTA

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