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Muestrario de soledades

El CCCB reivindica la emoción en el arte con una exposición sobre el malestar de la ciudad contemporánea

Hubo muchos intentos ayer de definir la exposición Atopia, pero posiblemente una de las más acertadas fuera la de Iván de la Nuez cuando habló de "muestrario de soledades". Por la angustiosa melancolía que desprenden buena parte de las obras y, también, porque eso es, en cierta manera, en lo que se ha convertido la ciudad contemporánea, el tema, por decirlo así, de esta exposición con la que el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) quiere irrumpir en el debate sobre el arte actual.

"Esta exposición surge de una visita a la feria Frieze de hace dos años", explica Josep Ramoneda, que se estrena aquí como comisario de arte en colaboración con el ensayista Iván de la Nuez. "Tuve la impresión de que había un cierto cambio en el arte contemporáneo, que he ido corroborando en visitas a otras exposiciones, en el sentido de que empezaba a recuperar las emociones, las ideas estéticas. Como si hubiera ahora una dimensión más pasional en el arte después de este largo periodo de conceptualismo, procesos documentales y arte político que hemos vivido. Nos pareció, además, que el arte actual expresa muy bien este encuentro del habitante, que no siempre es ciudadano, con la gran ciudad, muestra este malestar de la cultura moderna que es ya casi sólo urbana".

Atopia, el término que le da título, significa "desubicado", "sin un lugar concreto" y, como explica Iván de la Nuez, suele utilizarse especialmente en el contexto médico para referirse a alergias o demartitis sin ubicación concreta en el cuerpo. Es, a la vez, lo contrario de la utopía; la atopía no se sueña, sino que se padece. "La exposición es un relato, pero no está hecha por artistas que hablan sobre el malestar urbano, sino desde este malestar", añade De la Nuez, que recalca, al igual que Ramoneda, la intención que han tenido de dejar hablar a las obras por sí mismas con un mínimo hilo argumental que "no apela a una relación conceptual o teórica entre las piezas, sino que busca provocar una relación emocional que crea el espectador".

De ahí el énfasis de los dos comisarios en recalcar que no hay textos en el montaje de esta exposición, abierta hasta el 24 de mayo. "Ha habido un exceso de explicaciones en el arte contemporáneo", dice De la Nuez. "El arte que se tiene que explicar me resulta sospechoso", añade Ramoneda. Así pues, ni textos explicativos ni contextualización de la obra o del artista. "Para esto ya está Google", comenta De la Nuez.

Entramos, pues, en busca de la emoción del arte. Y no siempre es fácil. Han sido 41 los artistas seleccionados y 169 las obras, la mayoría fotografías y todas realizadas ya en este siglo XXI, que se distribuyen en cuatro grandes apartados con prólogo y epílogo. A veces, la verdad, resulta difícil entender el criterio de selección, pero se sale del recorrido con una mezcla de estupor y fascinación, algo por otra parte habitual en las bienales y otros eventos similares.

De hecho, por mucho que los comisarios insistan en que no es una exposición temática, el montaje parece un paseo artístico por la historia y los temores de la pasada década. Desde la fotografía del alemán Thomas Ruff del atentado de las Torres Gemelas, que abre el recorrido, hasta la del indio Vivek Vilasini en la que mujeres con velo reproducen la Santa Cena en Gaza, que lo cierra. Entre una y otra, las reflexiones y opciones se multiplican.

Están por ejemplo, las imágenes sobrecogedoras de los edificios que quedaron a medio construir en Guangzhou, del artista anothermountainman; las afueras residuales de cualquier parte de Montserrat Soto; el paisaje del inmenso vertedero de México de Andreas Gursky; los reflejos en las ventanas de hotel de Nuno Cera, y los sorprendentes fotomontajes de las aldeas flotantes de la bahía vietnamita de Halong de Dionisio González.

El individuo y su soledad aparecen también en las esculturas, un tanto desagradables, de los niños viejos de Enrique Marty, en las estéticas fotografías con reminiscencias de los años cincuenta de Erwin Olaf y en las imágenes cubanas, originalmente hechas para una revista de moda (la mezcla de artistas es uno de los aciertos), de Phillip-Lorca diCorcia. Hay guiños irónicos ?como las estetizadas imágenes surreales de David LaChapelle?, apuestas combativas ?como el vídeo que entremezcla Tinduf y Barcelona de Rogelio López Cuenca y Elo Vega? y apelaciones al simbolismo ?como la de los seres hundidos en un mar de cables de ordenador de Daniel Canogar?. Como se ve, la ciudad actual ha dado a los artistas un amplio catálogo de malestares para disfrutar en soledad.