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Reportaje:

El inquietante mundo del cuerpo

'Arte y medicina' muestra en el Museo Mori el sueño del hombre de derrotar a la muerte a través de instrumentos, dibujos y complejos utensilios

Quedan atrás las Fiestas del Olvido del Año, singular celebración con que los japoneses borran de la memoria lo ocurrido el año anterior. Durante los primeros días de enero, de obligado recogimiento y reflexión para los tokiotas, muchos eligen acercarse al Museo Mori, situado en el piso más alto de la torre del mismo nombre, en las Colinas de Roppongi. Además de contemplar toda la ciudad, allí se puede ver una de las apuestas artísticas más audaces y sugerentes del panorama internacional. Arte y medicina somete a examen la compleja relación que desde siempre han mantenido el arte y la ciencia. Lo que trata en realidad de conseguir la exposición es contar la historia de un sueño imposible: el intento eternamente fallido por derrotar a la muerte. El escenario del conflicto es el cuerpo humano, destinatario de la mirada doble que de manera perenne han dirigido sobre él artistas y científicos.

Una de las secciones más intrigantes tiene por objeto exponer la increíble variedad de instrumentos de los que a lo largo de los siglos se ha servido la ciencia médica para combatir toda suerte de males físicos. El apartado dedicado a la ortopedia demuestra sin lugar a dudas que los mayores alardes de la imaginación humana no son patrimonio del temperamento artístico. Entre los objetos expuestos figuran un artilugio compensatorio de la práctica de la masturbación, un ojo de cristal presentado en un estuche como si fuera una joya de valor incalculable o un muñeco articulado diseñado en el siglo XVI cuyo parecido con el traje de un astronauta no puede ser mayor. Ya en nuestro tiempo, los expertos en robótica y biogenética han conseguido que el paciente pueda mover una silla de ruedas o una extremidad artificial mediante la activación de impulsos cerebrales.

El conjunto transmite una inconcreta sensación de inquietud. En un rasgo de humor que permea sutilmente el espíritu que preside la exposición, se pueden contemplar objetos tan peregrinos como el bastón de marfil labrado de que se servía Darwin, cuya empuñadura es una pequeña calavera con dos esmeraldas engastadas a modo de ojos. En la misma vitrina podemos admirar una sección de la dentadura postiza del primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, así como las zapatillas de Miss Florence Nightingale, pionera de la enfermería de guerra y eximia escritora. Las ilustraciones anatómicas de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y del filósofo francés René Descartes complementan las que aparecen en publicaciones de los siglos XVI a XVIII, como la Opera Chirurgica de Fabricio de Aquapendente, el Captorum Microcosmicum, de Johann Remmelin, o el Tratado de Anatomía de Andreas Vesalius. Aunando las visiones artística y científica de Oriente y Occidente, la muestra incluye láminas procedentes de tratados indios, tibetanos, chinos o japoneses, en un recorrido que abarca más de cinco mil años, desde los textos ayurvédicos hasta las terroríficas representaciones de Kawanabe Kyosai (1831-1889) o, ya en nuestros días, las visiones más bien humorísticas de Maruyama Oky.

Históricamente, apenas queda nada sin tratar, desde los teatros de intervenciones quirúrgicas y las autopsias recogidas en directo por los pintores del barroco europeo hasta las representaciones de la estructura de la doble hélice del ADN realizadas por su descubridor, Francis Crick. Uno de los momentos más e inquietantes (y más profundos) de la exposición es la serie de rostros fotografiados por el alemán Walter Schels. Realizadas a gran escala y agrupadas por parejas, la instantánea de la izquierda recoge la expresión del sujeto fotografiado aún con vida. La de la derecha registra el mismo rostro instantes después de su muerte. Varias obras realizadas a finales del siglo XX sirven de antesala a propuestas artísticas más actuales. Corazón (1979), de Andy Warhol, da paso a Reciclaje, escultura del artista chino Bai Yihuo en el que un carro de reparto transporta una víscera de gran tamaño, alegoría entre ominosa y burlona del mundo de los transplantes de órganos. Figura postrada (1977), de Francis Bacon, nos ofrece la visión atormentada de un paciente que podría ser cualquiera de nosotros. No podía faltar Damien Hirst, el artista más cotizado de nuestro tiempo y uno de los más polémicos. New York, pieza de 1989, es un botiquín pertrechado con el delirante arsenal farmacéutico presente en millones de hogares del mundo posindustrial.

Maia, óleo fechado en 2007, reproduce con todo lujo de detalles la operación de cesárea a que se hubo de someter la compañera del artista cuando dio a luz al hijo de la pareja. La exposición juega constantemente con los límites de la percepción. En consonancia con una de las tendencias más acusadas del discurso artístico actual, la literalidad es desplazada por una ironía que no logra sepultar ciertas formas de terror que anidan en los pliegues más ocultos del subconsciente. Un video instalado junto a una sobria meditación pictórica de signo minimalista titulada Argumento de Ninguna Parte (2000), del filipino Alvin Zafra, nos revela que el material que recubre la obra que estamos contemplando son los residuos de una calavera humana laboriosamente pulverizada a mano a lo largo de 14 días. Las 6,500 lentejuelas que centellean prendidas de la falda de gasa del traje nupcial confeccionado por Susie Freman y Liz Lee, son otras tantas píldoras anticonceptivas recortadas de las láminas de plástico metalizado en que vienen preparadas. Conforme a los cálculos de Freman y Lee, la cantidad correspondería a 25 años de consumo del fármaco.

Free, un bebé de tamaño natural que flota en una hornacina de metacrilato, es una escultura realizada con leche descremada en polvo. Cuando nos fijamos en los rasgos faciales de dos niños que juegan a Gameboy recostados en una pared, descubrimos que son dos clones humanos que han envejecido antes de alcanzar la pubertad. Lee Byung Ho consigue acelerar aún más el proceso. Su "Busto de la Vanidad", necesita 30 segundos para trasformar la belleza de una adolescente en la efigie de una anciana decrépita ante los ojos atónitos del espectador.

En El Asilo, instalación del francés Gilles Barbier vemos a Superman, Wonderwoman, la Masa, Cat Woman y otros súper-héroes del mundo del cómic reproducidos a tamaño natural y sometidos a la misma suerte que padecen los millones de ancianos de los que nuestra sociedad no sabe cómo disponer mientras aguardan la llegada de la muerte. Hay mucho más en esta fascinante exposición. Con certera ironía, los artistas ponen a prueba la inestable relación entre ética y estética. ¿Tiene derecho el brasileño Eduardo Kac a exhibir un conejo transgénico inyectado con una sustancia fluorescente que le hace brillar en la oscuridad como si fuera una obra de arte? ¿Cuál es el valor estético resultante de implantar una oreja de silicona capaz de conectarse a internet en el brazo del propio artista, como ha hecho el australiano de origen griego Stelarc?

La exposición se cierra con tres obras enigmáticas: ocultos entre unas alas que remedan la estructura del genoma humano, unos micrófonos repiten cinco sonidos en una serie de permutaciones infinitas; un dispositivo biogenético genera cantidades ilimitadas de cuero artificial; por último, de las ramas de un árbol que crece contra el horizonte de las colinas de Roppongi brotan minúsculas cabezas humanas. El resultado es estéticamente gratificante o aterrador, según la distancia desde la que se contemple la obra de arte. Suponiendo que todo esto sea arte, cabría matizar. Pero lo es. Se podría argüir que al hacer suyos los avances de la tecnología en punta aplicada a la ciencia, los artistas crean un lenguaje tan inaccesible al gran público como el propio discurso científico, pero si algo demuestra esta exposición es justamente lo contrario. Al igual que ocurre con la literatura, el arte está cada vez más sometido a criterios comerciales que lo banalizan. La ciencia está a salvo de semejantes manipulaciones. En algún lugar tenía que estar el límite. Arte y medicina propone un regreso a los orígenes y una indagación así sólo se puede realizar desde la más radical autenticidad.