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Análisis:

Oscuridad en la América de Springsteen

El libro 'American Madness', recién editado en España, repasa la creación de 'Darkness on the Edge of Town', disco esencial del músico estadounidense que cumple 30 años desde su publicación

Verano de 1976. Bruce Springsteen es la promesa más rompedora y esperanzadora del rock'n'roll estadounidense desde la irrupción de Bob Dylan gracias a ese hipersónico disco llamado Born To Run, publicado un año antes, con el que infló todo tipo de corazones solitarios y corroídos en la América de la incipiente música disco y el rock progresivo, las desastrosas mentiras de Watergate, la sangre quemada de la guerra de Vietnam y el acero afilado de la crisis económica y la deflación de los setenta. El chico de Nueva Jersey, 27 años, ha abierto de nuevo de par en par la verja del inocente sueño del rock'n'roll. Pero el radiante muchacho de las calles está a punto de vivir su calvario y adentrarse en una oscuridad artística que cambiará su vida.

El camino a ese infierno personal y su consiguiente redención a través de la música es el tema principal de American Madness, el libro sobre la creación del álbum Darkness on the Edge of Town, una de las obras esenciales del rock de todos los tiempos y que ahogó hasta el extremo a su creador. Un texto que lleva la firma del periodista y escritor Julio Valdeón Blanco, quien se sumerge con pasión y amplios conocimientos en el universo de un disco colosal y una época de claroscuros para Springsteen y Estados Unidos. Lo hace con varias entrevistas a personajes como Jon Landau, manager del músico, Dave Marsh, periodista y biógrafo oficial, o fotógrafos de las sesiones del Born To Run y el Darkness como Eric Meola y Frank Stefanko. También cuenta con testimonios de fans y coleccionistas.

Publicado por la editorial Caelus Books, que ha sacado otros cuidados trabajos sobre Kurt Cobain o REM, es además un recorrido visual de fantástica calidad gracias a la aportación de fotografías de archivo y otras inéditas sobre aquellos años, desde un Springsteen jugando al pinball con el resto de la E Street Band hasta su asistencia en primera fila, cerveza en mano, a un concierto del desaparecido Warren Zevon, uno de sus ídolos menos conocidos por el gran público.

Tocar o morir

Estos días de tormento son una historia de sobra conocida entre sus aficionados. En 1976, Bruce se enfrenta en los juzgados por los derechos de sus canciones con Mike Appel, que era su productor desde sus inicios con esa audición para el fantástico John Hammond en los estudios de Columbia. Después del éxito de Born To Run y su gira correspondiente, Springsteen tan solo contaba con 3.000 dólares en su cuenta corriente. Calderilla para un cantante por el que suspira medio país y único en copar portadas de Time y Newsweek. El parón al que se verá sometido por los pleitos le llevará a dejarse el alma en la composición y la carretera. Urgía tocar. Tocar o morir, mientras recuperaba el control de sus canciones.

Tal vez, la historia hoy reconozca con más justicia que Apple no fue tan malo en esta película pero sí que Springsteen fue tan ingenuo como pareció. Como tantos músicos desde los anales del negocio, el de Nueva Jersey no se preocupaba en lo que firmaba, tan solo en desarrollar su obra y tener su oportunidad de plasmarla. Porque el creador de Darkness on the Edge of Town no difiere mucho del principiante que residía en una habitación alquilada de Asbury Park mientras vagaba de garito en garito. Sin importarle los números ni consumir drogas, es un tipo obsesionado con el rock, que no para de escuchar la radio conduciendo de noche por interestatales mientras entra "en conexión con el resto de la raza humana a través de la música", como escribe Valdeón. La única diferencia es simple y dolorosa: el chaval "con una gramola en la cabeza" ha besado el suelo tras subir a lo más alto, se ha mirado a los ojos y ha escuchado los silenciosos aullidos del mundo que habita en tinieblas.

Nueva frontera

Toda vez adquirido el control sobre su obra, ya sin Appel y con Landau al frente, Springsteen cruza con decisión su propia frontera y está dispuesto a conocer sus heridas y las de los demás. El chico-esperanza del rock transmuta su pletórico rollo hipster en un crudo y certero estilo noir. Es por eso que el autor del libro contextualiza magistralmente las influencias cinematográficas que se asocian al cantante. El regusto amargo del heroísmo americano de John Ford, la melancolía de Elia Kazan, el esteticismo del neorrealismo italiano o las radiografías humanas de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola giran en el cosmos de este trabajo. Springsteen adoraba el séptimo arte y lo devoraba, y en este disco su música está entre el documental y la obra maestra de autor, donde transitan personajes anónimos con impresiones radicales que llegan a la fibra.

Tanto como el cine, el cantante amaba los coches. Un amor que podía encandilarse hasta el paroxismo como en la revisión de sus composiciones. La toma final de Racing in the street, la epopeya de los autos, una road movie con el llanto oculto de un western, fue la número 46. Bruce era y es, aunque ya bastante menos, un perfeccionista nato e irremediable. En la espectacular gira de presentación del disco era normal verle revisando la acústica de los pabellones de una fila a otra. Todo tenía que sonar en todas partes como la locomotora sonora que había en su cabeza. Hoy, las marchas han cambiado y el mismo artista llega justito a los conciertos que se celebran en estadios y recintos que atentan contra la música.

Sonidos primigenios

En Darkness on the Edge of Town, se reafirma como un adorador de los sonidos primigenios. Un álbum en el que late el primitivismo más arrebatador del rock, repleto de guitarras abrasivas, como la de Steve Van Zandt y la del propio Bruce, y el buen hacer de los recién incorporados Max Weinberg, a la batería, y Roy Bittan, al piano. La E Street Band se rasga las vestiduras. Pero, a diferencia del eclosionado punk, Springsteen no conecta con el nihilismo. Es un romántico con los pies en el suelo, un hombre de la calle que conoce el envés de los sueños, mientras bebe de los clásicos como Hank Williams, Chuck Berry y Elvis Presley y comparte feedback con coetáneos como Patti Smith, Martha Reeves & the Vandellas o Southside Johnny.

El disco era una cuestión de vida o muerte. Siempre en sentido artístico, entiéndase, aunque quién sabe, siendo un joven Springsteen el protagonista y viéndole por aquellos días en sus conciertos. Como asegura Valdeón, por los numerosos documentos oficiales y extra oficiales de la época que se conocen, se "vaciaba" en cada actuación. Es aquí cuando nace la leyenda de la E Street Band como la máquina del rock más grande del mundo. No se conoce testigo directo que diga lo contrario. Springsteen dejó un reguero de bootlegs, que prenden en el reproductor, y un catálogo de outtakes, como The Promise, Rendezvous o Outside Looking in, que le elevan a una categoría extrahumana o, al menos, para los menos entusiastas, bastante por encima de gran parte de la producción del resto.

Y eso que hubo críticas que vapulearon el álbum. Plumas especializadas que señalaron con el dedo el fracaso que había protagonizado el autor de Darkness on the Edge of Town. Una de ellas clamaba al final: "¡Springsteen!, por favor, por tu propio bien: abre los ojos del todo, resucita y déjate cegar de nuevo por la música". Ciertamente, había mucha oscuridad, oídos sordos y luces fundidas en una América deteriorada. Y en ella, Springsteen no renunciaba a vivir, tampoco a morir, mientras pagaba el precio por desear cosas que solo se pueden encontrar, allá en la noche en la que otros no se adentraban.