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Marc Levy se adentra en la cotidianeidad de la resistencia francesa

El 'bestseller' francés se inspira en la experiencia de su padre para narrar la lucha de un grupo de jóvenes extranjeros contra la ocupación nazi en 'Los hijos de la libertad'

Marc Levy (Boulogne-Billancourt, Francia, 1961) tenía 25 años cuando descubrió el pasado que ocultaba su padre. El joven Levy acompañó a su progenitor a una ceremonia oficial del Ministerio de Defensa en Toulouse. Allí había una veintena de personas de unos 65 años, más o menos la edad de su padre, y todas recibieron una medalla. Levy le preguntó a qué se debía todo aquello. "Nada importante. Cosas del pasado", le respondió. Pero, mientras se iban, un amigo de su padre se le acercó y le susurró -recuerda Levy- que si quería saber la historia de su padre, ahí tenía su tarjeta y que le llamara. Así lo hizo, y aquel tipo le mostró una mesa llena de atestados policiales de los años cuarenta en los que se leía un nombre en clave: Jeannot. "Ese es tu padre".

Allí se dio cuenta de que su padre, Raymond, y su tío, Claude, habían sido unos jóvenes refugiados judíos centroeuropeos que pasaron a integrar la resistencia durante la ocupación de Francia por el Tercer Reich. Ese pasado del que nunca nadie le habló es el que Levy narra ahora en su penúltima novela, Los hijos de la libertad (Roca editorial), que ha sido un éxito de ventas en Francia (500.000 ejemplares vendidos en 2007) y que cuenta la historia de un grupo de 30 jóvenes extranjeros que se ven obligados a luchar contra el gobierno colaboracionista del mariscal Phillipe Pétain, desde la Brigada 35 de la resistencia, en Tolouse.

La acción se desarrolla desde la caída de Francia, en 1943, cuando el país queda dividido en dos (el norte, con París bajo el yugo nazi, y el sur, administrado por el gobierno títere de Vichy) y hasta la liberación de París, en 1944. Levy describe el ambiente de pequeñas escaramuzas, delaciones, traiciones y lealtades inquebrantables que abundaron en aquella Francia que acogió a los que huían de los fascismos europeos. "Es un libro sobre la dignidad. Ni el arma más poderosa podrá arrebatársela a un hombre que ha decidido luchar por la dignidad", ha advertido hoy Levy, durante la presentación del libro en Madrid.

Una historia verdadera

"Es una historia verdadera, cada línea del libro es verdad, y cada anécdota y cada nombre. Las personas existieron y han pasado por todo lo que se cuenta", ha asegurado el autor. Con chaqueta, el pelo revuelto y barba de tres días, Levy, arquitecto de formación y autor de la exitosa Ojalá fuera cierto (llevada al cine por Steven Spielberg con Reese Witherspoon y Mark Ruffalo), ha avisado de que no ha querido escribir otra novela más sobre los horrores de la guerra sino "sobre la parte del ser humano que puede existir en tiempos de guerra". Por ello se ha centrado en las vivencias cotidianas del grupo de jóvenes formado por "polacos, húngaros, judíos, comunistas y republicanos españoles refugiados de la Guerra Civil española".

Tras descubrir el pasado paterno, Levy se tomó su tiempo hasta que decidió volcarlo en una novela. "Me llevó otros veinte años entender y reunir la verdadera historia de la vida diaria de los resistentes", ha precisado el autor. Su padre nunca quiso comentar lo que le sucedió durante los años de la guerra, pero Levy consiguió recabar sus vivencias gracias a la ayuda de su madre, que le preguntaba disimuladamente a su marido todo lo que su hijo necesitaba.

"Mi padre llegó a comentarme que estaba preocupado porque mi madre parecía obsesionada con la guerra", añadió Levy, entre sonrisas. Años después, Levy padre le explicó la razón de sus reticencias. "Lo único que quiero que recuerdes de mí es que soy tu padre", le dijo, según recuerda el novelista. "No querían ser héroes". Lo mismo le aseguró su tío: "Lo que hicimos no nos convierte en héroes, porque eso significaría que había más opciones, y entonces no las había. Así que al final haces lo único que puedes hacer, y eso es lo que te hace humano".

La diferencia entre resistencia y terrorismo

El mérito de aquellos muchachos, según Levy, fue que "aunque el odio los convirtió en objetivos, nunca se dejaron contagiar por el odio". "El odio no les impidió que se casaran y que tuvieran hijos, ni que los hicieran crecer con dignidad". Esa es también, añadió Levy, la diferencia que hay entre resistencia y terrorismo. "Si un terrorista lee el libro, notará la diferencia. Los resistentes nunca mataron a un inocente".

Finalmente, Levy padre leyó las galeradas. "No recordaba que fuera tan duro", fue su balance sobre la obra. "Creo que fue su manera de decirme que había contado la verdad". Otras de las personas cuyas vivencias recoge el libro mostraron un parecer similar. "Dos semanas después de la publicación del libro, me llamó por teléfono Damira, uno de los personajes del libro. Me dijo que tras leer la novela había pasado seis horas con amigos a los que pensaba que no vería más", recuerda Levy. "Creo que así confirmó que no la había traicionado".

Inoculados por el virus del odio

La situación a la que se vieron abocados de la noche a la mañana fue tan traumática que Levy ha recurrido a un símil de ciencia ficción para ilustrarla. "Se trata de 30 adolescentes que no se conocen y que se despiertan un día y se dan cuenta de que todo lo que les rodea ha cambiado. Es como si un virus hubiera inoculado el odio a todo el mundo excepto a ellos", plantea el novelista. "Sus derechos han sido cancelados. No pueden trabajar, ni estudiar ni caminar libremente. Y cuando preguntan por qué, la respuesta es: porque no sois uno de nosotros. Luego los no contaminados se convertirán en amigos e intentarán matar al virus y no a los contaminados", avanza Levy.

Los hijos de la libertad es un relato que permite sobre todo "entender lo que pasaba por la mente de esas personas de la resistencia", pero también plantear cuestiones como la de la identidad nacional: "Preguntando a los políticos de qué está hecha la identidad nacional, algunos muestran una bandera pero casi nunca pueden responder. Estos chicos me dieron la respuesta. Polacos, húngaros, italianos y españoles y también algunos franceses. Muchos murieron en Francia gritando ¡Vive la France! con un acento extranjero", señala Levy. Y concluye: "La identidad nacional no tiene nada que ver con la piel ni con dónde he nacido, sino que tiene que ver con a dónde perteneces y con los valores por los que estás dispuesto a luchar".