Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
LECTURA

'La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945)'

Un libro de Secundino Serrano que alza la voz contra el silencio y el olvido, y que reivindica a toda una generación, la de los republicanos españoles que consiguieron derrotar a Hitler

Fragmento literario: Capítulo 1: República de fugitivos

Concepción Fernández, madrileña del barrio de Chamberí, estaba casada con Román Vargas, soldado de la República. Huyendo de las tropas rebeldes, que habían entrado el 26 de enero de 1939 en Barcelona, llegó a Figueras. Concepción quería compartir la suerte de su marido, y la acompañaban cinco hijos menores de edad. Un día salió a por alimentos, seguida de los tres mayores, y dejó a dos niñas en el alojamiento colectivo; en el intervalo, la aviación de los «nacionales» atacó el lugar. Cuando Concepción Fernández regresó al refugio encontró a sus hijas muertas y apenas le dio tiempo de unirse a la columna de vencidos que serpenteaba camino de la frontera. Coincidiendo con esa tragedia que se añadía a miles de calamidades parecidas, el 1 de febrero a las diez y media de la noche se reunió el Parlamento republicano en los sótanos del castillo de San Ferran de Figueras. Los 62 diputados eran conscientes de que asistían a un acontecimiento histórico, y la asamblea aprobó por unanimidad una proposición que decía: «Las Cortes de la nación, elegidas y convocadas con sujeción a la Constitución del país, ratifican a su pueblo, y ante la opinión universal, el derecho legítimo de España a conservar la integridad de su territorio y la libre soberanía de su destino político». La sesión se levantó cuando pasaban cuarenta y cinco minutos de la medianoche. Era la última vez que las Cortes republicanas se reunían en suelo español. Mientras Concepción Fernández empujaba su dolor hacia el exilio, sin tiempo para honrar a sus muertos, la República agonizaba en la villa de Figueras, a veinte kilómetros de la divisoria pirenaica.

Fracasados los últimos intentos de conseguir una paz sin represalias, por mediación franco-británica, había que acercarse a la frontera a matacaballo. Como fuera. Mientras los soldados aguantaban como podían la avalancha rebelde, los civiles arrastraban sus mínimas pertenencias y todo el horror de los últimos meses. «Había mujeres que acarreaban sobre sus cabezas cestas llenas de ropa mojada, con cuatro o cinco criaturas llorosas cogidas a sus faldas. Había toda la miseria y la desesperación imaginables y las que no pueden imaginarse», escribe Federica Montseny. Abundaban los niños entre las primeras oleadas de extrañados, y entre ellos los hijos de Concepción Fernández: Conchita, Manuel y Antonio. Algunos pequeños sucumbieron al frío, y a la desnutrición, y a las enfermedades; y también a la metralla. Una imagen golpea el recuerdo de los supervivientes: las madres locas de dolor que abrazaban a sus hijos difuntos, que se negaban a enterrarlos, incapaces de aceptar la realidad. En ese revoltijo de cuerpos y miedos también se movían los adolescentes y los viejos. Antonio Gardó Cantero refiere cómo la aviación ametrallaba las columnas de civiles: «Cuando los aviadores terminaron las bombas de mano que nos tiraban con toda impunidad, nos arrojaron las cajas de embalaje de aquellos elementos de destrucción y muerte». En pocos días, un tropel de civiles se agolpó en la áspera orografía pirenaica, azotada sin descanso por la ventisca, sobre todo en los pasos fronterizos de Port-Bou-Cerbère, La Junquera-Le Perthus, Camprodón-Col d'Arès-Prats-de-Mollo y Puigcerdà-La Tour de Carol-Osséja. Pero la frontera era sólo un medio entre otros de escapar: hubo pilotos que trasladaron a sus familias en avión, y barcos de todo tipo fondeaban en puertos y playas del Mediterráneo francés1.

Aunque las autoridades se mostraban contrarias a la entrada masiva de los republicanos, la noche del 27 al 28 de enero abrieron pasillos para los civiles. El 31 de enero se autorizó el paso de los heridos; la amputación de miembros por falta de cuidados creció de modo exponencial en los últimos días y el miliciano mutilado se convirtió en otra imagen habitual de la retirada. Pero la cuestión clave en la frontera residía en conocer si Francia permitiría la entrada de los soldados. Desde un punto de vista técnico, la solución parecía sencilla: los gobernantes franceses no habían reconocido los derechos de beligerancia de los bandos en guerra y por lo tanto no estaban obligados a responsabilizarse de los vencidos conforme a los convenios internacionales. Las autoridades, pese a todo, no tuvieron el valor de adoptar una decisión que se adivinaba catastrófica y asilaron a los milicianos. Un testigo de la época sostiene que «probablemente les obligaron a ello, tanto las armas que llevábamos la mayoría de los hombres, como los rostros asustados de aquella avalancha decidida a cruzar a cualquier precio»2. Un análisis retrospectivo ajeno a lo que acontecía en la realidad.

A las ocho de la mañana de un 5 de febrero friolento se permitió el acceso de los soldados por Cerbère y al día siguiente, a partir de las cuatro y media, por Le Perthus, lugar de entrada de la mayoría de los milicianos. El día 6 salieron de España las autoridades más representativas: Manuel Azaña, presidente de la República; Juan Negrín, jefe del Ejecutivo, y Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes. Melladas las relaciones institucionales, horas más tarde lo hacían los presidentes catalán y vasco, Lluís Companys y José Antonio Aguirre. Otros importantes personajes también buscaron refugio en Francia. Algunos, con polémica incluida. Desde sectores republicanos se censuró con dureza no exenta de amargura la actitud de Francisco Largo Caballero, antiguo presidente del Gobierno, y Luis Araquistáin, que utilizaron ambulancias para trasladar «archivos y enseres domésticos», como si la tragedia que discurría en derredor no les concerniera. Las facilidades para los notables republicanos se producían lógicamente por doquier. Federica Montseny alude a cómo fue sacada de las filas de desgraciados «ante las maldiciones de los miles que esperaban». Pero los privilegiados tampoco escaparon a los rigores del exilio. Montseny fue detenida el 29 de octubre de 1941 y estuvo encarcelada en la prisión de Périgueux; se libró de la muerte y la deportación pero la obligaron a vivir a salto de mata. Largo Caballero pasó parte de la guerra mundial en el campo de exterminio nazi de Sachsenhausen-Oranienburg3.

Entre los días 5 y 13 de febrero pasaron a Francia todos los integrantes del Grupo de Ejércitos Republicanos de la Región Oriental. Aunque el 6 ya habían entrado más de 50.000 soldados, el grueso accedió a territorio francés entre los días 9 y 11. Fue una operación más o menos ordenada teniendo en cuenta las circunstancias, y se produjeron detalles de gran estilo. José del Barrio, jefe del 18º Cuerpo de Ejército, penetró con sus hombres el 11 de febrero, con un día de retraso sobre lo previsto, porque quería alcanzar Francia en impecable parada militar, incluido el Himno de Riego, con los hombres aseados y encuadrados en sus unidades respectivas. No buscaba la admiración de los franceses sino testimoniar que eran el Ejército de la República y no la patulea anunciada por la prensa. Los últimos soldados atravesaron la frontera el 13 de febrero por Camprodon-Col d'Arès. Entre ellos se encontraba Narcís Falguera, encargado de inventariar a los hombres que pasaban —«quedamos para cerrar la puerta»—, quien refiere con tristeza que, de los 2.700 soldados que componían su unidad en las Navidades de 1938, sólo quedaban 629. Avel•lí Artís-Gener, que también pasó en este grupo, ha descrito las dificultades de la ruta, cómo se deslizaban los pies entumecidos entre la nieve helada y el riesgo de precipitarse por los barrancos. En la frontera afloraron los gestos y las emociones. Antes de entrar en Francia, algunos milicianos recogían y guardaban un puñado de tierra española. El anarquista Borrás califica la acción de blandengue, supersticiosa, que enmascaraba lo que había ocurrido en España: la derrota, los recuerdos de la lucha, la revolución. Las diferentes unidades republicanas pasaron armas —las que no consiguieron destruir—, y camiones, y muchos caballos y mulos4. Con el Ejército entraron en Francia entre 5.000 y 6.000 miembros de las Brigadas Internacionales que habían continuado en España después de la despedida oficial de noviembre de 1938. También lo hicieron unos 2.000 soldados «nacionales» apresados en los últimos combates en Cataluña; conducidos hasta Amélie-les-Bains y Elne, las autoridades francesas los devolvieron a España.

Los rebeldes sellaron la frontera el 13 de febrero y el recuento provisional de refugiados se imponía como primera tarea. Una Comisión del Ministerio de Asuntos Exteriores, presidida por Jean Mistler, cifró en 350.000 el número de los refugiados, repartidos del siguiente modo: 163.107 civiles (niños, mujeres, ancianos, no clasificados) y 190.000 combatientes (180.000, en los campos de concentración y unos 10.000, en hospitales). Los socialistas franceses elevaron a 400.000 los españoles instalados en Francia entre el 27 de enero y el 12 de febrero. El informe Valière evaluó en 440.000 los refugiados, repartidos entre 220.000 soldados, 170.000 mujeres, niños y ancianos, 40.000 inválidos y 10.000 heridos. También la prensa publicó sus cálculos. Le Midi Socialiste estimó el número en 450.000, de ellos 220.000 combatientes, y La Dépêche rebajaba a 359.000 los evacuados. Finalmente terciaron en la polémica los historiadores. Los más destacados especialistas del exilio español abundan en magnitudes que oscilan entre los 453.000, incluyendo civiles, y el medio millón. En el galimatías de los números, la pretensión de una contabilidad exacta entra de lleno en el territorio de la ficción. En muchos casos, la querella de las cifras busca enmascarar la naturaleza del exilio, ningunear la aportación de los republicanos a la resistencia contra Hitler y, sobre todo, trasladar una imagen amable de la dictadura franquista. El descontrol de la llegada, la clandestinidad de muchos de los refugiados, la distribución por territorio francés y el movimiento simultáneo de repatriación imposibilitan un arqueo riguroso; resulta difícil hasta consignar aproximaciones. La memoria de los supervivientes carece de fiabilidad, ciertamente, pero los recuentos oficiales también fueron manipulados en función de los intereses políticos. Y algunos testimonios aportan información más precisa que las interminables ristras de números. Jean-Maurice Herrmann, corresponsal de Le Populaire y Le Midi Socialiste, quedó sobrecogido por la marcha de los republicanos: «Es de noche. Las estrellas brillan en lo alto. El frío entumece los dedos. El rugido de los motores hace vibrar la tierra. El éxodo de los catalanes parece continuar indefinidamente... un pueblo entero, prefiriendo el exilio a la esclavitud, desfila sin detenerse, sin apresurarse, sin una queja, desde el alba»5.

Hubo españoles a quienes las fuerzas sólo les respondieron para morir en una tierra libre. Como Antonio Machado, poeta mayor comprometido con el ideario republicano, cuya vida se apagó en el Hostal Quintana de Colliure el 22 de enero de 1939. Eulalio Ferrer ha evocado su encuentro con el maestro en Banyuls: «En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente, como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro. Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más abrigo». Enfermo y agotado, el escritor andaluz fue víctima de una evacuación caótica y de la desidia de la Administración francesa. Tres días más tarde fallecía Ana Ruiz, su madre. La muerte de Machado se convirtió en símbolo de una República errante abandonada por todos. En un bolsillo de su abrigo raído, su hermano José encontró un papelito con estas palabras enigmáticas: «Estos días azules y este sol de la infancia»6.

POLÍTICA DE LOS FRANCESES

Los expatriados de Cataluña representaban el cuarto flujo de españoles que atravesó la frontera francesa. Coincidiendo con las conquistas de los rebeldes, la población que se consideraba amenazada marchaba a Francia, cuando no podía desplazarse directamente a zona republicana. Había, no obstante, una diferencia radical entre uno y otro movimiento migratorio, y era que mientras el de Cataluña se aventuraba como definitivo los anteriores se juzgaban provisionales. De hecho, la mayor parte de los soldados que salió en las tres primeras retiradas regresó a los campos de batalla.

La campaña de Guipúzcoa en 1936 empujó a Francia entre 15.000 y 20.000 personas, 16.239 según las recientes evaluaciones de Pedro Barruso. Pero los paisanos volvieron rápidamente: de los 4.678 civiles vascos que salieron a raíz de la toma de Irún, 4.582 estaban en sus poblaciones de origen un mes después. Como es lógico, la situación fue distinta entre los militares, la mayoría de los cuales se reincorporó al Ejército republicano. El epicentro del conflicto se desplazó entre mayo y octubre de 1937 hacia el frente Norte, cuyo desplome ocasionó otro importante movimiento de población. En un reciente estudio se especifica que en toda la campaña del Norte, desde la caída de Irún hasta la de Gijón, se evacuaron 95.777 vascos, la mayor parte de los cuales regresó a Cataluña; y entre 40.000 y 60.000 salieron de nuevo cuando la retirada de febrero de 1939. Como es natural, también marchaban entre ellos 40.087 santanderinos y asturianos. En total, la campaña del Norte llevó a 135.864 españoles camino del exilio. Entre junio de 1938 y enero de 1939 la frontera francesa estuvo cerrada de manera oficial, aunque continuaron las repatriaciones7. El tercer y último movimiento migratorio previo a la caída de Cataluña lo ocasionó la conquista del Alto Aragón, entre abril y junio de 1938. Según Stein, en abril cruzaron la frontera de 15.000 a 17.000 soldados, 8.000 durante el mes de junio. La mayoría fue repatriada, el 90 por ciento a la zona republicana. Como había ocurrido en los movimientos anteriores, el grueso de los huidos regresaba al país. No obstante, en cada oleada se establecía en Francia un cierto número de españoles. Casi todos ellos fueron dirigidos al territorio que se extiende entre los ríos Loira y Garona, con el fin de alejarlos de la frontera. Una fuente de solvencia, la historiadora Geneviève Dreyfus-Armand, consigna que a finales de 1938 había en Francia 40.000 españoles desplazados, incluidos los niños8.

Antes de que arribaran a Francia los primeros extrañados de la guerra ya había en el país vecino una importante colonia española formada por emigrantes económicos. Procedían del mundo rural, y eran por lo común reacios a las teorías emancipadoras de la izquierda; conocidos como los extranjeros de las tres pes: plebeyos, pobres y piadosos. Los franceses no tenían mejor opinión de los trabajadores españoles, y los calificativos convocaban tópicos ofensivos: zafios, indolentes, prolíficos, sucios, inconstantes. Entre los emigrantes y los exiliados no existió por lo general simpatía alguna. «La mayor parte de los emigrantes no se entendieron con los exiliados porque ellos querían principalmente ganar dinero. La gente de la inmigración económica hacía verdaderas barbaridades: trabajaban a destajo hasta 20 horas del día para comprarse un coche. Para muchos de nosotros esa actitud era de lo más ruin», expone Floreal Samitier. Manuel de Castro eleva las críticas: «No será entre ellos donde nosotros vayamos a buscar resistentes porque nos arriesgaríamos a toparnos con un franquista». La colonia española de emigrados en Francia —ocupada en el sector primario— era la tercera en número, después de la italiana y la polaca, y estaba asentada sobre todo en los departamentos fronterizos del Mediodía: Bajos Pirineos (en la actualidad, Pirineos Atlánticos), Altos Pirineos, Ariège y Pirineos Orientales. También había un alto porcentaje en Gers y Gironda, además de en ciudades como Marsella y París. El punto de inflexión coincidió con la República. En 1919 había 255.000 emigrados españoles en Francia, 323.000 en 1926 y 352.000 en 1931; al estallar la guerra de España, unos 120.000. La disminución residía sobre todo en dos variables: la crisis económica y las naturalizaciones9.

Pero el descenso del número de españoles en Francia después de la proclamación de la República también se debía a que algunos regresaron a la patria para vivir los nuevos tiempos. Porque no todos los emigrantes económicos —o de la «vieja emigración»— eran conservadores a machamartillo. En las minas del Gard-Alès trabajaban en 1948 medio millar de españoles que mantenían fuertes vínculos con España y estaban politizados en extremo. Pese a que los exiliados exhibirán siempre sus diferencias con los emigrados económicos, algunos de éstos ayudaron a los primeros. La familia Galindo, por ejemplo, incrementó el arrendamiento de tierras para acoger, conforme a la legalidad, a familiares y amigos que de otro modo hubieran terminado en los campos de internamiento. Uno de sus miembros, Pedro Galindo, asegura que la emigración también ayudó a la República durante la guerra con dinero, armas y alimentos. Él mismo viajó en un convoy fletado por los «sudetas» —así eran conocidos los emigrantes— con destino a Barcelona. «Yo iba con la ilusión de contemplar grandes banderas republicanas pero no vi ninguna, todas eran de partidos y sindicatos. Vi banderas de todos los colores menos la tricolor. De hecho, nos recibieron a tiros porque todos querían apoderarse del convoy. La división entre los republicanos fue una decepción para mí, y se me quitaron las ideas de quedarme como voluntario». Otros sí lo hicieron, aunque desconocemos el número de emigrantes que regresó a España para incorporarse al Ejército republicano una vez comenzada la guerra. Sólo disponemos de dos cifras: Sugier indica que en el departamento de Gard, en febrero de 1937, habían vuelto 103 españoles para alistarse en el Ejército Popular, la mayoría de ellos mineros. Rubio apunta que entre 1935-1938 regresaron a España como máximo unos 1.700 emigrados económicos. También sabemos que algunos «sudetas» se enrolaron en las Brigadas Internacionales para combatir la sublevación de los militares. Pese a los desencuentros, la pasión por España uniformaba a emigrados y exiliados. María Llenas, española que vivía en Francia desde 1919 y participó de manera activa en la Resistencia francesa, declara: «Fuimos unos emigrados por fuerza, por miseria y por hambre, pero que llevamos todos España en lo más profundo de nuestras entrañas. Somos españoles a parte entera. Así me educaron mis padres y así moriré: ¡Española!»10.

La Primera Guerra Mundial y la correspondiente movilización de los jóvenes franceses, junto a la neutralidad española, había auspiciado el desplazamiento de trabajadores agrícolas hacia Francia, necesitada de mano de obra. Pero después de la depresión económica de 1930 empezaron a sobrar extranjeros. En una coyuntura de creciente aversión a los foráneos, se produjeron dos oleadas sobre Francia que apuntalaron los movimientos xenófobos: judíos perseguidos a raíz de los decretos de Nuremberg de 1938 y polacos que escapaban a la ocupación nazi. La combinación de gobiernos mediocres, las crisis perpetua de la III República y la saturación de emigrantes permitió el arraigo de un discurso patriotero, incluso en ambientes de izquierda. Pierre Laborie lo expresa de manera atinada: «En un país fatigado y paralizado por el miedo, el extranjero cristaliza precisamente todas las fuentes del miedo». En ese marco histórico adverso discurrió el éxodo republicano. Un Gobierno del Frente Popular, impugnado por los demagogos, fue incapaz de efectuar una tarea de didáctica política imprescindible para que no fraguara la inquina a todo lo diferente.

Durante la guerra civil española, Francia abordó el problema de los expatriados con aprensión, en la línea patriótica, pese a que gobernaban los frentepopulistas. Las primeras disposiciones de la Administración francesa se publicaron los días 20 de julio y 6 de agosto de 1936. Tanto una como otra incidían sobre una presencia molesta pero que todavía no alarmaba. En el primer caso, se permitía a los refugiados residir en el departamento de llegada, y en el segundo, como consecuencia del incremento de evacuados, se les alejaba hacia regiones del interior. Naturalmente, la solución deseada por los franceses, sobre todo cuando se trataba de combatientes, era el regreso a España; apoyándose en la política de no intervención, el refugiado decidía a cuál de las dos Españas se reincorporaba. Pero el arsenal normativo contra los republicanos se fue haciendo cada vez más especializado y restrictivo, y el 27 de septiembre de 1937, con los últimos estertores del frente Norte, adquirían vigencia los decretos que obligaban a repatriarse a los varones entre 18 y 48 años. La medida concernía sobre todo a las regiones de Aquitania y Midi-Pyrénées, especialmente al departamento de Bajos Pirineos, vía de entrada para los confinados del frente Norte. Dos días después, otra norma imponía la salida de Francia a todos los que entraron con posterioridad al 18 de julio de 1936, y todo ello con independencia de las circunstancias personales. Pero tampoco existía unanimidad legislativa en los diferentes departamentos. En Bajos Pirineos se permitía la presencia de españoles no incluidos entre los 18 y 48 años, mujeres y niños, siempre y cuando contaran con familiares en Francia que se hicieran cargo de ellos11.

El socialista Marx Dormoy, ministro del Interior, firmó el 27 de noviembre de 1937 un decreto que autorizaba exclusivamente la permanencia en Francia de quienes pudieran mantenerse sin trabajar o fueran acogidos por familias. Quedaban al margen mujeres, ancianos, niños y heridos. El problema fue que también el franquismo ponía condiciones para el regreso. A los soldados que pretendían volver a la «zona nacional» les exigían incorporarse al frente, aunque cambiando de bando, y a los civiles, clasificarlos antes de reanudar sus actividades anteriores a la guerra12. La llegada al poder de Édouard Daladier el 10 de abril de 1938, que en la práctica significaba el final del Frente Popular, empeoró las circunstancias. El encargado de tutelar la nueva política respecto a los exiliados en tiempos de xenofobia fue Albert Sarraut, ministro del Interior, quien el 14 de abril de 1938 apuntó que se necesitaba una «acción metódica, enérgica y rápida para liberar a nuestro país de los excesivos elementos que por él circulan». Pero Sarraut no se comportó como un cirujano de hierro, y evitó en lo posible repatriar por la fuerza. La situación se enredó poco a poco y las disposiciones represivas se desplegaban en cascada. El 2 de mayo de 1938, Daladier presentó otro decreto para combatir a los inmigrantes irregulares, que incluía servicio de vigilancia de fronteras, normas sobre matrimonios con extranjeros y requisitos para nacionalizarse; quienes lo contravinieran serían vigilados y castigados. El 12 de noviembre de 1938 se permitió el internamiento de los extranjeros «indeseables» que no encontraran país de acogida; eran los precedentes legales que llevaron a los españoles a los campos de internamiento o de castigo, y el primero fue el de Rieucros (Lozère), activo desde el 21 de enero de 1939. Más allá del aluvión normativo, sorprende la actitud de los franceses, que ante la avalancha que se avecinaba —y que les habían anunciado desde 1937 tanto personalidades francesas como españolas— se negaron a considerar siquiera la situación. Al igual que luego frente a los nazis, era como si las autoridades estuvieran incapacitadas para las grandes decisiones. El 17 de agosto de 1939, una orden a los prefectos les exhortaba a redoblar la vigilancia sobre los milicianos españoles y los brigadistas, catalogados como «indeseables» y a quienes habría que tener en una lista, tanto los expulsados como los expulsables, sobre todo entre 20 y 48 años13.

Uno de los objetivos del Gabinete Daladier era mantener relaciones de buena vecindad con Franco. La guerra contra Alemania circulaba ya como hipótesis fundada en las cancillerías europeas y España, pese a su debilidad económica y militar, representaba un problema de primer orden para las colonias norteafricanas de Francia en caso de aliarse con Hitler. Francia y España sellaron el protocolo Bérard-Jordana el 27 de febrero de 1939, y el país vecino se desvinculaba en consecuencia de toda ayuda hacia los republicanos españoles, al igual que Gran Bretaña; la premura del reconocimiento del régimen franquista le pareció excesiva incluso al propio Léon Bérard. El llamado Acuerdo de Burgos era favorable a Franco y apenas entrañaba contrapartidas; fue posible por la querencia de Inglaterra al régimen dictatorial —una verdadera red de intereses económicos y geopolíticos— y los temores de Francia, presionada por el Vaticano. El pretexto de unos y otros era que hostigar a Franco tenía como correlato un aumento de la influencia nazi en España. El Parlamento francés autorizó el reconocimiento del régimen por 323 votos contra 261, y el mariscal Philippe Pétain, cuñado del pintor Ignacio Zuloaga, fue nombrado embajador en Burgos14. Los refugiados fueron utilizados a partir de entonces por los franquistas como moneda de cambio para negociar contrapartidas, dos especialmente: el armamento y el oro del Banco de España depositados en Francia. La negociación semejó un juego de tahúres, con los extrañados como naipes: los franceses querían desembarazarse de los españoles, mientras que los vencedores, después de las repatriaciones masivas de los primeros meses, no manifestaban interés en recibir a individuos considerados izquierdistas. Franco respondió a las devoluciones del armamento y el oro permitiendo el paso hacia España de 50.000 refugiados a partir de julio de 1939. Las últimas repatriaciones y las reemigraciones a América y algún que otro país europeo dejaron el censo de los españoles en Francia en 180.000 en diciembre de 1939, 45.000 mujeres y niños entre ellos15.

La situación de los vencidos se complicó sobremanera con el reconocimiento del régimen franquista: perdían su condición de apátridas. Aunque continuaron siendo válidas las cédulas de identidad emitidas por las autoridades republicanas, a partir del protocolo Bérard-Jordana quedó derogada la Ley Daladier-Sarraut de 2 de mayo de 1938 y la documentación pertinente para moverse por Francia debían expedirla las autoridades franquistas o sus representantes legales. Para los republicanos era otra dificultad adicional: su libertad dependía en parte de la voluntad de los representantes consulares y diplomáticos de Franco. Sobre todo, teniendo en cuenta que las autoridades estaban firmemente decididas a que no hubiera españoles indocumentados fuera de los campos. La solución pasaba entonces por conseguir los salvoconductos provisionales de duración variable. Pero, como apunta Marie-Claude Rafaneau-Boj, «hay que esperar al 17 de agosto para que el mi¬nistro del Interior dé por fin instrucciones para censar a los milicianos y a los antiguos miembros de las Brigadas Internacionales, internados o incorporados en compañías de trabajo, que deseen beneficiarse del derecho de asilo. Los extranjeros de 20 a 48 años de edad que no hayan sido objeto de algún informe desfavorable se inscriben en un registro y se clasifican por edad». Los llamados «indeseables» quedaban fuera de esas soluciones y su destino estaba ligado a la expulsión o a los campos de castigo: el calificativo les venía dado en la mayoría de los casos por su posición ideológica16.

La llegada masiva de españoles había creado un importante problema financiero a los franceses. Ocho francos al día le costaba al erario público cada refugiado, una cifra considerable si tenemos en cuenta el número de ellos. Pero las autoridades también contaron con una «inversión española» para esa financiación: joyas, oro y depósitos bancarios en Francia sirvieron para costear en parte la presencia de los republicanos. Varios países aportaron igualmente fondos para su mantenimiento: Suecia, Noruega, Países Bajos, Suiza, Gran Bretaña y la URSS. En la mayor parte de los casos, el dinero fue administrado por la Cruz Roja. Como ya empezaba a constituir un lugar común la ecuación republicano-comunista, Le Matin pedía que los españoles fueran conducidos a Rusia: «Francia se hará cargo de la organización; los Estados Unidos pondrán el dinero; Gran Bretaña, los barcos; Rusia, la hospitalidad; y Ginebra, las operaciones». El diario alemán Völkischer Beobachter (Observador Popular), de tendencia nazi, parecía apiadarse del «gigantesco sacrificio financiero de Francia por los refugiados rojos españoles». Los confinados eran vistos además por los franceses con desconfianza, un enemigo interior a quien daban cobijo y comida: quintacolumnistas de la revolución17.

ESPAÑOLES EN TIERRAS DE FRANCIA

Las primeras imágenes que los republicanos fijaron en sus retinas al otro lado de la frontera corresponden a las tropas coloniales africanas. Entre los destacamentos encargados de vigilar a quienes salieron por Cataluña se encontraban spahis (caballería africana integrada por marroquíes y argelinos) y tiradores senegaleses (infantería colonial). Fatalidad o cálculo, las autoridades francesas habían encontrado un método infalible de afrentar a sus huéspedes: en el imaginario colectivo de los refugiados, los moros gobernaban las pesadillas más lúgubres después de su participación en la guerra civil. «Para los internados, los spahis eran la sombra de los moros que Franco llevó a España para matar españoles», confirma el guerrillero Victorio Vicuña. Una tradición racista —moro era sinónimo de violento, bujarrón y traidor—, exacerbada por la coyuntura adversa y una historia en común pespunteada de desacuerdos, producía entre ambos grupos un resentimiento sin matices; los senegaleses —«altos, feos y fieros», al decir de Samuel Joukovsky— eran para los exiliados una variedad de argelinos y marroquíes. Algunos testigos distinguen sin embargo la bondad de los senegaleses frente a la maldad intrínseca de los magrebíes. Celso Amieva mantiene que esa diferencia se debía al «odio secular» entre españoles y moros. Muchos testimonios apuntan a los africanos como autores de tropelías sin cuento, y los internados sospechaban que se cobraban en los blancos españoles las humillaciones que sufrían de los franceses. Según el doctor Pujol, «los negros tenían carta blanca sobre los blancos. Podían apalear, insultar, robar, acometer a las mujeres a mansalva, cubiertos por la más magnífica de las impunidades. ¡Y cómo usaban de ese raro y precioso privilegio!». En la playa de Argelès, varios guardianes pagaron con sus vidas la imprudencia de mezclarse entre los expatriados18.

Las declaraciones más templadas ponen de manifiesto que las relaciones no acontecieron tal como las recuerdan muchos internados. El único delito de los africanos consistía en que, para huir de la miseria, se alistaron en unas tropas coloniales que tenían asignada la misión de vigilar a un Ejército vencido; los medios de comunicación proclives a los republicanos aluden a un trato razonable. El comisario Ángel Granada rememora con agradecimiento la actitud de un senegalés que le sacó herido de una fila y lo condujo en brazos a los servicios sanitarios. Los testimonios sobre los spahis en África de Norte resultan positivos, y los trabajadores de Khenchela evocan con gratitud ejemplos de solidaridad. Pero las imágenes repulsivas de los soldados coloniales apenas se diferenciaban de los sentimientos hacia otros cuerpos policiales o militares. Un dirigente socialista definía de este modo a un policía: «Era un típico sargento de gendarmes: gordo, rosado tirando a rojo, lleno de charcutería y de vino tinto. Allí, en los Pirineos, era un verdadero hombre abominable de la nieves». Zafios, arrogantes y brutales eran los calificativos habituales sobre las fuerzas de orden francesas 19.

Senegaleses y spahis formaban parte del formidable dispositivo que aguardaba a los republicanos en la vertiente norte de los Pirineos; además de 50.000 soldados desplazados para contener a las «hordas rojas». Un despliegue inútil. Los testimonios coinciden en que llegaron de manera pacífica, con el propósito de no añadir dificultades a la dramática situación. Los españoles, vocingleros y alborotadores por lo común, se habían transformado en una masa silenciosa y resignada y la economía expresiva era la característica dominante. Algún que otro Vive la France. Gestos atolondrados. Puños en alto cuando aparecían los fotógrafos o había público. Nada más atravesar la frontera, los guardias registraron con minuciosidad a los refugiados. Oficialmente, para requisar las armas, que habían sido inutilizadas antes de atravesar la frontera. Lo mismo hicieron con los vehículos y el ganado de todo tipo acarreado por los fugitivos; los caballos servirían para alimentarlos durante los primeros días. Pero también confiscaban, contra las leyes de acogida, objetos y documentos personales. Unos servidores del orden codiciosos y venales convirtieron la frontera en un zoco donde los confinados se veían compelidos a malbaratar sus pertenencias: anillos, relojes, prismáticos, estilográficas, medallas, alianzas, pulseras... Otros testimonios afirman que sencillamente fueron robados. Después del tercer grado a la dignidad que significó la arribada, empezaron las primeras lecciones de francés: Allez, allez, allez! Allez vite! Courez, courez, courez! Los españoles se impusieron a la perplejidad y al abatimiento por mor de una leve esperanza: en Madrid y Valencia aún resistían las tropas republicanas, aunque la mayoría ya no tuvo oportunidad de intervenir en esa última batalla. Las Juventudes Socialistas Unificadas consiguieron que numerosos jóvenes se apuntaran para regresar al frente de Madrid y se encontraron con un problema insuperable: no disponían de aviones para llegar hasta la capital porque los franceses de Daladier sólo promovían la repatriación a la España franquista. Las potencias democráticas daban a la República por amortizada20.

Los episodios pirenaicos desbarataron el mito de Francia como tierra de asilo. Los españoles hubieran entendido que se impusiera un control exigente en la frontera, incluso que Francia invocara dificultades para acogerlos. Pero nunca olvidarán que fueron tratados como criminales y cobardes. Artís-Gener sostiene que ciertos problemas fueron inevitables, pero que en el recibimiento también influyó un cierto racismo; en el verano de 1940, cientos de miles de belgas atravesaron la frontera y no fueron maltratados como los republicanos. Tampoco el pueblo francés aportó calor al recibimiento, y las reacciones podrían sustanciarse en tres palabras: indiferencia, inquietud, hostilidad. Manejados como animales, observados con prevención, quienes tuvieron la suerte de vivir experiencias positivas las rememoran con ahínco. Porque también hubo pueblos que mostraron un comportamiento intachable con los españoles: Condom, Cravant y Binseles, entre otros. Le Glaneur d'Oloron publicó el 16 de febrero de 1939 una carta de agradecimiento de los confinados al pueblo de Oloron, en el Béarn: «Nos hemos visto abrumados por todas las clases sociales de la población y de un cariño y unas muestras de simpatía que no podemos pagar más que con nuestra palabra y nuestros actos. Los niños, para quienes todo os parece poco; las mujeres, a quienes dais el máximo de facilidades para su gran misión de madres; los hombres, a quienes el respeto y las deferencias son incesantes; todos, absolutamente todos, os decimos lo único que podemos en nuestra desgracia: gracias, muchas gracias, pueblo de Oloron». Félix Santos recoge el testimonio de Leonor Sarmiento, quien revive la actitud del pueblo de Saint-Herain-sous-Souvigny: «Hoy, después de cincuenta años, se me saltan las lágrimas al recordar aquellas muestras de solidaridad». Por lo que a colectivos se refiere, los maestros franceses aparecen aludidos con veneración porque trataron con respeto y humanidad a los niños españoles. Y a los adultos.