Inundaciones en Bahía Blanca: las caras de la vergüenza
Negar el cambio climático, como lo hace con una cara descolocada de ira el presidente argentino Javier Milei, debería ser considerado una violación a los derechos humanos

“Todavía hay esperanzas”, escribió este miércoles en sus redes sociales la mamá de las niñas de uno y cinco años desaparecidas en medio del devastador temporal que afectó la ciudad de Bahía Blanca, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina, hace más de tres semanas. El 7 de marzo pasado, casi 300 milímetros de agua, prácticamente la mitad del promedio anual para Bahía Blanca, cayeron sobre esta ciudad bonaerense en cuestión de horas; este jueves, dos estudios de atribución, de Climate Meter y del World Weather Attribution, señalan lo que debería ser una obviedad: el vínculo con el cambio climático. Ya no quedan personas evacuadas en los centros de asistencia bahienses, pero hay quienes no regresaron ni regresarán a su hogar. La tormenta se cobró al menos 16 vidas; entre ellas, la del chofer que intentó mantener a las dos hermanas a salvo en medio del temporal. Tenía hijos de la edad de ellas.
Negar el cambio climático, como lo hace con una cara descolocada de ira el presidente Javier Milei, debería ser considerado una violación a los derechos humanos. La atmósfera más caliente, producto de la acumulación de gases de efecto invernadero, contiene más humedad, y por eso puede generar estas descargas violentas en cualquier lado, en cualquier momento. No hay lugar seguro. En 2017, dos fenómenos ocurridos en un lapso de apenas horas sepultaron en un barro duro como el cemento a la ciudad de Comodoro Rivadavia, cuna de la industria petrolera en Argentina. No hubo muertos de milagro, pero las heridas están. En cambio, en 2013 sí hubo muertes que llorar (y muchas) en La Plata y Buenos Aires, por inundaciones parecidas: súbitas y bestiales.
¿Todavía hay esperanzas? Ojalá. Pero si no aceptamos la ciencia que nos permita adaptarnos a estos fenómenos nuevos y descarnados, tampoco seremos capaces de defender la vida. Milei puede parecer un meme, pero la verdad es que a la tozudez negacionista se aferra también el resto de la clase política nacional. Hay consenso por donde se lo busque sobre que la industria de los hidrocarburos se debe expandir ad infinitum en la Argentina, ya que la Patagonia posee, a unos 3.000 metros bajo el suelo, uno de los yacimientos más ricos en gas y petróleo no convencionales a nivel mundial. Su nombre tiene el peso de una premonición: Vaca Muerta.
En Vaca Muerta se necesitan unos 100 millones de litros de agua pura de deshielo que corre por el río Neuquén para inyectar, con químicos, arena en un solo pozo (hay miles) y así poder estimular, mediante la fractura hidráulica, la roca que contiene los productos fósiles. Toda esa agua que entra, sale sucia. No hay dónde meterla. Los basureros petroleros no paran de hincharse de toxicidad. Tampoco paran los sismos. Cuando se mira con una cámara infrarroja cada pozo, cada tanque o caño, estación de bombeo o batería de separación, se ve el rostro oculto del petróleo y el gas. El metano, invisible al ojo desnudo, emana alegre de cada eslabón de la cadena petrolera junto con compuestos volátiles aromáticos que, entre otros efectos no deseados, causan cáncer.
La entonces presidenta Cristina Kirchner dio el puntapié a Vaca Muerta con la nacionalización de los activos de Repsol en YPF, pero sus sucesores (Mauricio Macri, Alberto Fernández y Javier Milei) continuaron con generosos subsidios al gas y a obras públicas como el gasoducto Nestor Kirchner, cuya construcción ocupó titulares de diarios como si se hubiera tratado de una gesta nacional. Nunca se llegó a utilizar en pleno, e irónicamente —o no—, a raíz de la tormenta en Bahía Blanca un complejo de operaciones de ese mismo caño, ahora rebautizado Perito Moreno, quedó totalmente bajo el agua.
Argentina tiene una roca poderosa en Vaca Muerta, pero nunca podrá igualar a su principal competidora en calidad, la cuenca Pérmica de Texas, sin la infraestructura necesaria para exportar todo aquello que se extrae con tanto costo ambiental y humano. Las principales petroleras de la Argentina lo saben bien y por eso, junto a Shell y Chevron, se disponen a arrasar con una frontera más: el Golfo San Matías y la Península Valdés. Ahí donde la Unesco reconoció como patrimonio mundial de la humanidad un ambiente lleno de vida, hogar de pingüinos, ballenas, delfines, orcas, caballitos de mar, el poder económico y político ve un agujero vacío donde poner un puerto petrolero, un barco gasificador y una gigantesca terminal de gas “natural” licuado.
¿Cómo miran los políticos y empresarios que aplauden estos y otros proyectos a quienes hoy buscan denodadamente a las niñas perdidas en Bahía Blanca? ¿Qué dirán a los productores rurales que perdieron todo, ya sea por esta inundación o por la sequía que, en simultáneo, azota otras regiones de la Argentina? ¿Y a los que esperaron ayuda arriba de un techo para encontrar, después, absolutamente todo destrozado? Cuando como sociedad terminemos de conectar los puntos que unen la quema de combustibles fósiles, los proyectos para explotarlos, y los fenómenos meteorológicos extremos que fustigan sin piedad nuestra casa y nuestros cuerpos, lo que veremos caer, con la fuerza del agua, serán sus caras. De la vergüenza.
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