LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Las lecciones de la peor pandemia de la historia

La peste asoló Europa durante siglos sin que se conociese el origen, la causa ni el tratamiento. De esa epidemia vienen la cuarentena, el equipo protector de los médicos, el cierre de fronteras y los bulos que desencadenan odio y violencia

Dos arqueólogos desentierran una fosa común con víctimas de la peste en Londres.
Dos arqueólogos desentierran una fosa común con víctimas de la peste en Londres.Crossrail

Durante la peor pandemia de la historia los enfermos veían una imagen terrorífica antes de morir. Una figura negra con un sombrero de ala ancha les miraba desde el otro lado de unos anteojos redondos. Su cara era de pájaro con un pico largo y deforme. En una de sus manos enguantadas llevaba una vara larga con la que examinaba al enfermo, la mayoría de las veces para comprobar si ya estaba muerto. Era el médico de la peste.

Este atuendo es en la actualidad uno de los disfraces más populares en los carnavales de Venecia. Se remonta a las epidemias de peste que asolaron Europa y que llegaron a aniquilar a un tercio de su población. En muchas ocasiones la tasa de letalidad era casi del 100%. Se ignoraba su origen, su causa, su contagio, su tratamiento. Causaba tanto terror que se evitaba nombrarla con eufemismos como “el mal que corre”.

La peste negra llegó a Europa en un barco de marineros enfermos procedentes del mar Negro en 1348. En sucesivas oleadas durante los siguientes cuatro siglos mató a cientos de millones de personas. Pasaron cinco siglos hasta que se identificó el causante de la enfermedad: la bacteria Yersinia pestis transmitida por la picadura de pulgas. Estos insectos viajaron por el mundo a bordo de ratas que a su vez eran transportadas accidentalmente por los humanos en carros y barcos por las principales rutas comerciales, primero la de la seda desde el foco original en Asia y luego por todo el Mediterráneo. Entonces como ahora la actividad humana hizo explotar la pandemia.

Siete siglos después de la peste negra, el médico Mark Earnest de la Universidad de Colorado (EE UU) recuerda esta semana el día que entró en una habitación para examinar a su primer paciente de covid. Iba cubierto por dos capas de guantes, delantal, mascarilla y gafas protectoras. “Sentí una oleada de culpabilidad”, escribe en la prestigiosa revista New England Journal of Medicine, “llevaba un traje de protección contra catástrofes que me hacía irreconocible y que no era para proteger a mi paciente, sino a mí”. Earnest se sintió como un médico de la peste.

Es asombroso comprobar cuántas de las cosas que estamos viendo durante la peor pandemia del siglo XXI se inventaron de urgencia en la del XIV

Pero la figura terrorífica del médico de la peste es un símbolo del resurgimiento del conocimiento y la ciencia frente a las creencias religiosas o fantásticas. El pico de la máscara iba relleno de perfume y vinagre porque en teoría desinfectaba el aire pestilente que desprendían los enfermos y que se pensaba causante de la infección. Todo el cuerpo iba sellado, envuelto en una túnica encerada para evitar el contagio. Y esa vara era ya una medida para guardar la distancia de seguridad. Era un primer ejemplo del equipo de protección de los sanitarios.

“Con la peste de 1348 empieza la era moderna de la sanidad”, resume el médico italiano Sergio Sabbatani. Es asombroso comprobar cuántas de las cosas que estamos viendo durante la peor pandemia en lo que va de siglo XXI se inventaron de urgencia en la del XIV.

En Venecia —una ciudad en medio de una laguna— se designaron islas a las que se llevaba a los convalecientes y donde debían permanecer todos los extranjeros llegados por barco durante 40 días, la cuarentena —del italiano quaranta—. Los barcos que estaban libres de enfermedad ondeaban bandera amarilla, que aún hoy designa la letra q, de cuarentena.

“Algunos había que si podían llegar a la ventana de golpe, se lanzaban a la calle y morían”
Testimonio de un artesano de Barcelona en 1651

Los 40 días son un legado del poder de la Iglesia. “Es el tiempo que Jesús pasó en el desierto sobreviviendo a las tentaciones del diablo y dado que se pensaba que la peste era un castigo divino, así se estableció”, recuerda el historiador José Luis Betrán, autor de Historia de las epidemias en España (La esfera de los libros). El libro detalla el avance de la peste negra por España desde los puertos de levante como Barcelona y Valencia hacia el interior del país durante una epidemia que duró años, que llegó a matar a uno de cada cinco españoles y que fue reapareciendo a lo largo de los siglos causando siempre el mismo terror.

“Algunos había que si podían llegar a la ventana de golpe, se lanzaban a la calle y morían, que como solo había cuidándolos un hombre o una mujer y los enloquecidos tenían tanta fuerza, no los podían parar”, escribe en 1651 el artesano Miquel Parets sobre la peste en Barcelona.

De aquella época datan los primeros intentos de establecer redes de informadores para tener datos reales sobre la epidemia y también el oscurantismo y la manipulación de datos para evitar que la noticia de una epidemia trascendiese, pues fue entonces cuando empezaron a cerrarse ciudades enteras para contener la peste, explica Betrán. De aquella época datan teorías erróneas con un asombroso parecido con la actualidad, como que la peste había sido fabricada de forma deliberada. La teoría alimentó el odio hacia los posibles culpables, los judíos, que fueron perseguidos y asesinados en muchas ciudades europeas, desde Barcelona hasta Estrasburgo.

Por la peste se establecieron los primeros cierres de fronteras y cordones sanitarios y la obligación so pena de muerte de que los viajeros entrasen por puestos de control donde hacían cuarentena, se les fumigaba y cubría de vinagre. Imitando a Venecia, muchas ciudades y reinos crearon comisiones de sanidad pública formadas por superintendentes que “venían a controlar la carne, el pescado, los crustáceos, la fruta, el grano, el vino, el agua, la construcción de hospitales, cementerios, lazaretos, funerales, medicinas, médicos, pobres, viajeros, prostitutas”, relata Sabbatani.

Los médicos y cirujanos, sanitarios de la época, eran víctimas frecuentes de plaga. En la Venecia de 1348, de 18 médicos de la peste registrados, cinco murieron y otros 12 abandonaron su profesión por miedo al contagio.

Algo así vivió Juan Tomás Porcell cuando aceptó el encargo de acabar con la epidemia de peste en Zaragoza en 1564. Todos sus antecesores en el cargo habían enfermado o muerto. Porcell estuvo al cuidado de 2.000 infectados en el hospital improvisado para la epidemia a las afueras de la ciudad. Cada día recorría las calles recogiendo nuevos enfermos. Veía imágenes dantescas; niños recién nacidos abrazados a sus madres muertas a los que las nodrizas tenían que alimentar con su propia leche a riesgo de contagiarse, pues también ellos tenían la peste.

Intentando salvar a un niño Porcell hizo historia de la medicina. Practicó una autopsia a una mujer embarazada muerta de peste. Consiguió sacar al bebé del vientre aún vivo, pero falleció al poco tiempo. El médico hizo al menos cinco autopsias sistemáticas para analizar el daño a los órganos, la composición de los bubones y los ganglios inflamados, sobre todo allí donde picó la pulga, que solía ser la axila o la ingle por la presencia de vello. Esto supuso todo un récord para la época, pues no se sabe de otro médico con el valor de arriesgarse a hacer autopsias a apestados. Porcell sobrevivió a la peste y describió sus hallazgos en un tratado médico escrito en castellano que circuló por toda Europa.

La peste sigue causando brotes esporádicos. En 2017 dejó 2.300 infectados y más de 200 muertos en Madagascar

Sin proponérselo, Porcell creó la disciplina de la patología clínica que aún se practica en los hospitales y “anuncia lo que será la revolución científica de las siguientes generaciones”, resalta la historiadora de la ciencia Consuelo Miqueo. Su caso “es paradigmático de una actitud moderna por basar sus propuestas preventivas y terapéuticas en la experiencia, en la observación clínica y anatomopatológica de un número muy alto de casos (2.000), analizando variables con un procedimiento que se halla en la base de la moderna epidemiología clínica”.

La primera vez que un ser humano vio al verdadero causante de la peste no lo supo identificar. Fue en 1658, cuando Athanasius Kircher tomó sangre de un apestado y la puso bajo su rudimentario microscopio. Vio moverse por el líquido unos extraños corpúsculos de forma cambiante. La causa de la enfermedad innombrable solo se descubrirá en 1894, cuando Alexandre Yersin y Kitasato Shibasaburo identificaron de forma independiente el bacilo Yersinia pestis. Habían pasado 546 años de la llegada de la peste negra a Europa.

A pesar de que hay tratamientos antibióticos efectivos, la enfermedad sigue causando brotes esporádicos, sobre todo en regiones pobres, pero también en países desarrollados como EE UU. El último brote, de 2017, dejó 2.300 infectados y más de 200 muertos en Madagascar.

Hay un último paralelismo entre el pasado y la actualidad. La peste supuso la primera vez en la historia en la que el mundo se globalizó por el efecto de un solo microbio. Siete siglos después, estamos en la misma situación.

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