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Juntas

Las vecinas, que siempre han estado al otro lado del descansillo de la escalera y de la vida, se vuelven más vecinas y aportan consuelo, calor conocido

Thomas Tolstrup
Thomas Tolstrup Getty Images

En mi juventud había dos tipos de madre en relación al tema de tener pareja: estaban las que te decían que te quedaban muchos años por delante y que era mejor que pasaras tiempo con tus amigas y aquellas que entendían que el amor romántico debía situarse en el centro de tu actividad.

Recuerdo, incluso, que cuando alguien de mi grupo se echaba un “amiguito”, como decían los mayores, y pasaba “demasiado” tiempo con él, solía caerle una bronca del resto. Poníamos de relieve, no sin cierta indignación, lo importante que éramos, puesto que la conocíamos mucho antes que aquel advenedizo. No obstante, si la relación terminaba, la recibiríamos en el mismo banco del parque y sin rencor.

Buena parte de las madres que, en esa época, daban consejos de un signo, del contrario o a mitad de camino entre ambos, rondan ya los setenta y, por desgracia, algunas se han quedado viudas. Muchas de esas mujeres carecen de un círculo sólido de gente con las que entrar, salir o estar, debido a que renunciaron a su vida personal para centrarse únicamente en cuidar a sus familias. Ahora, con bastante más edad que las chiquillas que fuimos y a quienes aconsejaban, lamentan la pérdida y tratan de recomponerse. Algunas empiezan de cero, con la timidez, el miedo y la angustia que supone tener delante una hoja en blanco, pese a haber escrito muchas páginas con trazo recto y firme a lo largo de su existencia. Les toca caminar sin sus compañeros y la mayoría lo hace, dado que lo hace, pero con dolor y con nostalgia. Es entonces cuando las vecinas, que siempre han estado al otro lado del descansillo de la escalera y de la vida, se vuelven más vecinas y aportan consuelo, calor conocido, alivio contra la soledad pertinaz y pasan a llamarse amigas.

Como en todo, la recuperación o el acostumbramiento tienen sus fases. Primero va el recogimiento, el no querer ver a nadie; un poco más tarde, comienzan a recibir visitas cortas en casa, manteniendo conversaciones que son lamentos largos y luego, poco a poco, abandonan el hogar y se dejan llevar por una calle que al principio, pese a haberla transitado siempre, les baila, como si fuera un zapato que les quedara grande. Pero no están solas, van en cuadrillas y así rellenan los huecos y se insuflan ánimo cuando los días vienen grises aunque brille el sol bien alto.

Las mujeres de ayer viven, están y son también hoy. Las hay que son muy activas, y se apuntan a clases en la Universidad Popular, ya que, en su momento, no pudieron estudiar tanto como les hubiera gustado. También es común que funden o se unan a clubes de lectura, con el fin de devorar las obras a las que no prestaron atención por estar metidas en mil fregaos propios y, sobre todo, ajenos. Luego están los cursos de informática, útiles para ponerse al día, subir fotos y tener a mano información sobre la familia. La hora de gimnasia, en el parque o a cubierto, tampoco suele faltar. En el sitio al que va mi madre, les ponen el “Dúo Dinámico” y recuerdan mientras se mueven y se mueven recordando… juntas y en el barrio.

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