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Floristas en peligro de desahucio

El Ayuntamiento de Madrid sacará a concurso lo puestos florales que visten la plaza Tirso de Molina, hasta ahora subarrendados a una decena de tenderos

El mercado de las flores de Tirso de Molina.
El mercado de las flores de Tirso de Molina.

Diez horas en un hexaedro de cuatro metros cuadrados. Sin calefacción, retrete ni cámaras frigoríficas para conservar el género. Caiga el sol a plomo o diluvie, la jornada laboral en las casetas que alberga Tirso de Molina está marcada por las vicisitudes, aunque la plaza madrileña ya no se entiende sin sus floristas. El oficio se instaló hace una década en este cruce de caminos entre el Rastro y Lavapiés, tras las obras que redibujaron la zona. Los recién llegados colorearon una superficie gris en la que no faltaban las reyertas entre toxicómanos. Tampoco los hurtos. Pero la incipiente compraventa de claveles, orquídeas o lirios ganó terreno lentamente y sustituyó a otro mercado: el de la droga.

Entonces no había clientes que buscaran flores ni se los esperaba. Los nuevos colonos persistieron y crearon su propia demanda. Sin embargo, la situación legal fue desfavorable desde el principio. Los puestos, propiedad municipal, se cedieron de forma gratuita a Mercamadrid. El consistorio de Alberto Ruíz-Gallardón había promovido anteriormente una convocatoria para adjudicarlos que quedó desierta. La empresa logística de alimentos delegó la gestión en una firma que estafó a los tenderos. Fue Manuela Carmena, hace tres años, quien eliminó ese intermediario y creó nuevos contratos anuales directamente con la concesionaria. Ahora el nuevo Ayuntamiento sacará los locales a concurso.

Mediante esta concurrencia, los floristas tendrán que competir con empresas del sector en igualdad de condiciones. Los pliegos del concurso tendrán en cuenta, además, las propuestas de mejora de los quioscos. “La idea es que contribuyan a mantener la plaza”, explican desde la Junta del Distrito Centro. No parece que el negocio de para tanto: a los actuales inquilinos ya se les hace difícil la renta mensual de 600 euros que pagan a Mercamadrid, como para costear también reformas. Así que el certamen —“programado para acabar con un estatus jurídico anómalo”— podría dejarlos en la calle. La ley les pasaría por encima.

Durante la pasada legislatura, Jorge García Castaño fue el concejal encargado de gestionar esta maraña de intereses. “Si nosotros no convocamos un concurso es porque queríamos garantizar a los floristas su puesto de trabajo. Por eso eliminamos un agente en la cadena de contratos, pero mantuvimos la cesión a Mercamadrid. Fue todo legal. Ahora que el mercado de flores en la plaza por fin funciona, sería injusto echar a los tenderos. Ellos llegaron con todo en contra y han conseguido mantener sus negocios. Además, ese esfuerzo ha contribuido de forma decisiva a regenerar el lugar”, anota. Con todo, el edil de Más Madrid reconoce que una convocatoria abierta, como aquella rubricada en 2006 por Ruíz-Gallardón, es el modo de operar “más legalista”.

Son las diez de la mañana del último día del año y un enjambre de niños se divierte en el área infantil que hay en un extremo de Tirso de Molina. Junto a los toboganes, columpios y demás mobiliario de colores pop, Mukhtiar Singh engalana su puesto. El tramo que discurre entre la primera vez que vendió un ramo de lirios, hace ya un lustro, y el día de hoy está trufado de pesimismo. “Nunca pensé que aguantaría tanto tiempo en la plaza”, arguye. Este indio de 43 años, que ejerció de florista nupcial en su país, se queja de las penurias propias de la venta en la calle: “A veces el viento nos tira todas las plantas y el frío congela los tubérculos”. Pero él quiere quedarse: “Hay pocas cosas en el mundo tan bellas como una flor”.

Mukhtiar Singh, de 43 años, prepara un ramo en su puesto.
Mukhtiar Singh, de 43 años, prepara un ramo en su puesto.

Como los niños que juegan, los indigentes recostados o el Club de Amigos de la Unesco, último baluarte de la libertad de expresión durante el franquismo, Nancy Berrocal también forma parte del complejo ecosistema de la plaza. Lleva en ella 12 años: pertenece a la primera remesa de floristas que ocupó los quioscos. “Nos costó mucho hacernos nuestro hueco. Éramos todos inmigrantes, bregados en el oficio, pero nuevos en Tirso. La gente que vivía en la calle orinaba en las plantas y los toxicómanos entraban a robar en los puestos cuando estabas atendiendo a algún cliente. Teníamos que tener ojos hasta en la espalda”, cuenta.

“Me he percatado de que en la ciudad a mucha gente le daba miedo pasar por esta plaza”, prosigue Berrocal. Este no era un lugar por el que dar una vuelta, pese a su proximidad con el kilómetro cero. Solo algún turista despistado acababa aquí por casualidad. Cuando ella inauguró su puesto, en los alrededores había navajazos y un ambiente enrarecido. Ahora las terrazas están repletas de gente. Incluso en esta época del año, gracias a las estufas de gas que los restaurantes colocan estratégicamente junto a las mesas. Cuando se le pregunta si sus flores tienen algo que ver con ese cambio ella no contesta, solo sonríe.

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