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La mosca negra crece sin control en la desembocadura del Ebro

El temor de las Terres de l'Ebre es que el insecto dañe la reputación de la zona y erosione su imagen turística

Dos personas pasean por los márgenes de la desembocadura del Ebro
Dos personas pasean por los márgenes de la desembocadura del Ebro

La mosca negra no pica, muerde. Punzantes dentelladas que provocan escozor y enrojecen la piel. Lo padeció recientemente el consejero de Interior, Miquel Buch, que hubo de medicarse para paliar los efectos de los picotazos que recibió durante su estancia en Vinebre para supervisar la evolución del incendio forestal de la Ribera d’Ebre. La mosca negra la sufren continuamente los habitantes de las Terres de l’Ebre, la zona más afectada de Cataluña por esta plaga que coloniza los márgenes de los ríos y prolifera sin control en la desembocadura del Ebro.

Hace casi dos décadas que en municipios como Benifallet, Xerta o Tivenys luchan infructuosamente contra la proliferación de la molesta mosca negra. Vestir prendas de manga larga en verano se ha convertido en una necesidad para unos vecinos que se pasan el día untándose con crema y repelentes. El incendio de la Torre de l’Espanyol —con el desembarco masivo, en los dominios de la mosca, de efectivos de emergencias, medios de comunicación, políticos y representantes de la administración— ha dado difusión a un problema endémico de este territorio, donde a menudo se escucha un agrio pronóstico: “Si la mosca negra la tuvieran en Barcelona, ya estaría solucionado”. Lamento repetitivo, el de las Terres de l’Ebre, donde la comparación con otros territorios alimenta el sentimiento de desamparo y desatención.

Ahora, una vez se ha dado publicidad al asunto, el temor es que la mosca dañe la reputación de la zona y erosione su imagen turística. Desde la propia Plataforma de Afectados de la Mosca Negra se ha salido al paso para templar el discurso. Se reduce su picada más crítica a dos franjas del día, por la mañana y al anochecer, y se indica que durante las épocas de más calor el insecto “ni se ve”. El mensaje pretende preservar el atractivo turístico del sur de Cataluña durante el verano y, en este sentido, se añade que en la renombrada desembocadura del río la mosca no tiene presencia porque la salinidad del agua la repele.

El Consorcio de Políticas Ambientales (Copate) se encarga de aplicar el tratamiento contra la mosca negra. Los técnicos realizaron el pasado miércoles, 3 de julio, la cuarta tanda de fumigación en lo que llevamos de año. A lo largo de toda la parte baja del río se aplica un producto biológico que reduce las poblaciones de mosca y que no tiene efectos para el entorno ni para las personas. Raul Escosa, director del área de salubridad pública del Copate, niega que la población de mosca negra sea más intensa que antaño, pero sí refiere que “es una evidencia” que los tratamientos se aplican tarde. “Las plagas no quieren saber nada de presupuestos ni de procesos administrativos. Al insecto hay que combatirlo durante todo el ciclo”, apunta.

Una persona afectada por las mordeduras de las mosca negra
Una persona afectada por las mordeduras de las mosca negra

Atacar en invierno

El momento óptimo, según Escosa, es en los meses más fríos, porque los insectos son más vulnerables. En la última década, desde que se empezó a tratar la mosca negra como una plaga, solo una vez se aplicaron los tratamientos en época invernal. Escosa lamenta la cantidad de piezas que hay que encajar para poder intervenir a tiempo. “Actuar en el río Ebro exige colaboración entre la administración catalana y la española, hace falta tener todas las autorizaciones y es neceser que la Confederación Hidrográfica actúe sobre el caudal del río”. Mientras, la mosca negra sigue mordiendo.

La proliferación de este insecto tiene una relación directa con el grado de transparencia del agua. Cuanto más clara, más fácil para los macrófitos arraigar en el lecho del río. En cambio, les resulta más difícil alimentarse cuando el agua baja arcillosa.

Los macrófitos son una especie de alga verdosa que, gracias a sus largas y finas raíces, se desarrollan cerca de los márgenes del río. La mosca negra encuentra en los macrófitos un hábitat idóneo para reproducirse y crecer. Escosa resume el cambio observado en el agua: “Antes, te bañabas en el río y no te veías los pies, ahora desde la superficie puedes ver hasta cuatro metros de profundidad”.

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