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OPINIÓN i

La calidad democrática en las redes

Twitter ha suspendido o desactivado cuentas falsas, destinadas a condicionar el debate público en Cataluña. 131 cuentas detectadas estarían vinculadas a Esquerra

Un usuario de Twitter con un móvil.
Un usuario de Twitter con un móvil.

Las democracias modernas se enfrentan a un gran peligro, su conversión en sistemas iliberales, al que pueden acompañar dos instrumentos, el populismo y el abuso de las redes sociales. Son dos realidades diferentes, que responden a fenómenos diversos, aunque a veces pueden retroalimentarse y fortalecerse mutuamente.

En cualquier caso, sabemos que la información ya no es monopolio de periodistas y de las grandes cabeceras, sino que, también, puede ser conseguida y, sobre todo, difundida a través de las redes sociales. También en el ámbito de la información se difumina la necesidad de intermediarios, como ocurre con los partidos políticos en el ámbito institucional o con los sindicatos en el ámbito laboral. El debilitamiento de la intermediación puede ser consecuencia de la adopción de nuevas formas de participación democrática, donde la ciudadanía participará en los procesos de toma de decisión de una forma más directa. Sin embargo, por lo general, la difuminación de los intermediarios trae causa de la implantación de discursos populistas, muchas veces la antesala de sistemas iliberales. Bajo el paradigma populista, las élites políticas son corruptas casi por definición, mientras que el pueblo aparece como un ente homogéneo y virtuoso, que no necesita de instituciones que hagan de correa de transmisión entre la decisión y la ciudadanía. También los medios de comunicación tradicionales suelen pasar a encarnar todos los males de las élites políticas y económicas, viendo como su reputación y su función de prescripción de desvanece.

Inventar noticias, deformarlas u ocultarlas se ha convertido en un fenómeno relativamente común

Es evidente que los medios de comunicación en España, especialmente la prensa escrita, presentan vínculos económicos con entidades financieras de distinta índole. No obstante, las cabeceras logran todavía, a trancas y a barrancas, mantenerse en su función democrática de contribuir a la creación y desarrollo de la opinión pública plural. Se han cometidos errores, algunos clamorosos, pero los lectores conocemos, aunque sea superficialmente, las debilidades de cada medio, lo que nos permite acercarnos a ellos con las correspondientes cautelas.

En el ámbito de las redes sociales los límites están todavía por definir. Hace unos años leíamos como internet primero y las redes sociales después podían convertirse en un instrumento para compartir de información global, libre de la intromisión de los poderes públicos y económicos. Es innegable que internet se ha convertido en una fuente inagotable de intercambio de ideas, hechos, datos, noticias, e informaciones. Pero sabemos hoy que la manipulación informativa también ha tomado este nuevo foro ciudadano, con todo lo que esto implica. La aparente neutralidad del debate público en las redes ha dejado paso a la utilización de los instrumentos que aquellas ofrecen para que personas o grupos, públicos o privados, y poderes políticos intenten condicionar la conversación global que se genera en internet. La desinformación es una realidad de nuestro contexto informativo, donde inventar noticias, deformarlas u ocultarlas se ha convertido en un fenómeno relativamente común y con una difusión exponencial sin límites. Ahí están los casos de Facebook, los bots rusos influyendo en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas o los centenares de cuentas falsas de twitter desactivadas en Venezuela en los últimos meses.

Si las bases del pluralismo están en juego, no cabe mirar hacia otro lado porque, esta vez, son de los nuestros

En nuestro entorno político, Twitter ha suspendido o desactivado recientemente cuentas falsas, destinadas a condicionar el debate público en Cataluña: fomentando el voto el 1 de octubre, desprestigiando a Ada Colau, o promocionando a Alfred Bosch, consejero de Exteriores de la Generalitat, quien, por cierto, tiene igualmente atribuida la competencia de potenciar la transparencia y el buen gobierno, también en las redes. Según las informaciones de Twitter las 131 cuentas detectadas estarían vinculadas a Esquerra Republicana de Catalunya.

El hecho de que existan cuentas falsas que intenten manipular la voluntad política de la ciudadanía es muy grave, porque, además, revela la falta de instrumentos con los que se cuenta para defenderse de este tipo de intrusiones en nuestros derechos políticos. Asimismo, resulta especialmente seria la falta de respuesta ofrecida por los supuestos responsables de las cuentas, Esquerra. Las explicaciones ofrecidas en foro parlamentario han sido prácticamente inexistentes, limitándose a rechazar toda responsabilidad al respecto. Sorprende, además, que el resto de partidos y la ciudadanía no insistan en la obligación política de dar una explicación clara y completa. Si no ha sido Esquerra, ¿quien ha sido? Ciertamente no contamos todavía con un catálogo de derechos digitales, pero sí existen instrumentos clásicos de exigencia de responsabilidad política y de defensa de la calidad de nuestra esfera pública que no estamos activando. Cuando las bases del pluralismo están en juego, no cabe escurrir el bulto y mirar hacia otro lado porque, esta vez, son de los nuestros.

 

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