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OPINIÓN

La maldición de la presidencia

Y así se va Rajoy, con todos los frentes abiertos y una profunda crisis de Estado . Que aprenda su sucesor. Sin proyecto político no hay camino

Mariano Rajoy, aplaudido en el Congreso , antes de perder la moción de censura.
Mariano Rajoy, aplaudido en el Congreso , antes de perder la moción de censura. AP

En verano de 2008, Rodríguez Zapatero me dijo en una comida en la Moncloa: “Este régimen es muy presidencialista, los ministros sólo están para dar gusto al presidente”. Es decir, no hay parapeto que proteja al habitante de la Moncloa: los tomates van directamente a su rostro. En un régimen muy jerárquico, con un peso grande del ejecutivo sobre los demás poderes del Estado, la figura del presidente está muy mitificada. Empezando por el nombre: le llamamos presidente cuando en realidad es un primer ministro. Y éstos son por definición los fusibles del Estado.

El régimen español está construido sobre dos legitimidades la aristocrática y la democrática, minimiza las responsabilidades del Jefe del Estado y centra la política en la figura del presidente. La legitimidad aristocrática no se toca, a la monarquía se la derriba o se la ampara, no hay término medio. Los flujos de la realidad social y política confluyen todos sobre este primer ministro con aura de presidente, en tanto que portador de la legitimidad democrática.

Su responsabilidad se agranda además por el carácter extremadamente jerárquico de los partidos: el líder lo es todo, tiene siempre la última palabra, en el país y en casa. Lo cual marca el perfil de los ministros: la exigencia de obsequiosidad y obediencia al jefe limita las posibilidades de iniciativa propia y afirmación personal.

Puesto que el presidente tiene la última palabra en todo —en el gobierno y en el partido— es responsable de todo. Y esto es lo que no quiso ver Rajoy mientras las aguas de la corrupción inundaban su partido. Por eso casi todos los presidentes acaban mal. En los años de vértigo de la transición Adolfo Suárez sucumbió a la traición de los suyos, sin tiempo a consolidar su obra, aunque su enérgica imagen en el Congreso cuando el golpe de Tejero salvó su dignidad.

Felipe González aguantó los embates de una derecha renovada hasta el último momento, pero salió marcado por el Gal y la corrupción que simbolizaron la degradación de los gobiernos socialistas. Aznar quiso evitar la maldición, quizás conocedor de marrones que ahora se ha tenido que tragar Rajoy, y puso fecha a su retirada, pero en su soberbia sucumbió a la tentación de Bush por la guerra de Irak y se hundió por la pésima gestión del 11-M. A Rodríguez Zapatero le destruyó su incapacidad para anticipar la crisis y su giro brusco hacia la ortodoxa en la primavera de 2010 cambio la historia del PSOE: desde aquel momento cayó en picado. Sólo Calvo Sotelo, el presidente olvidado, se fue sin mácula: se hizo cargo del país al día siguiente de un golpe de Estado fallido y lo entregó un año y medio más tarde con los golpistas juzgados y en condiciones para que la izquierda volviera al poder.
Pero ningún final ha sido tan catastrófico como el de Rajoy: por primera vez, un presidente sale humillado por una moción de censura cuyos votantes estaban unidos por un solo objetivo: echarle. En pleno debate sobre la sucesión de Aznar, le pregunté a Rajoy si aspiraba a ser el candidato y cuáles eran sus planes: “Vivimos tiempos en que es muy difícil hacer un proyecto político, me dijo. Lo mejor es estar por ahí”. Y allí estaba y fue el elegido. Su fracaso es precisamente creer que basta con estar por ahí. Y es una lección a no olvidar. Con esta mentalidad, uno se instala en el principio de que “no hay alternativa”, que puede ser útil como coartada para plegarse a la ortodoxia de la austeridad, pero que es a la larga paralizante porque aleja de la realidad ciudadana y conduce a confusiones como que sentido común equivale a nunca pasa nada. 

Esta actitud antipolítica de Rajoy es la clave de su fracaso: elusión de responsabilidades en la corrupción y en la cuestión catalana, incapacidad de dar batallas políticas dónde hay que darlas (por ejemplo, en Cataluña), impotencia para afrontar la crisis de gobernanza que ha liquidado el bipartidismo. Su famosa capacidad de resistencia, de la que algunos han hecho un mito, sólo era terreno fértil para cualquier conflicto que se abriera. El nunca tuvo respuesta política que aportar. Y así se va con todos los frentes abiertos y una profunda crisis de Estado. Que aprenda su sucesor. Sin proyecto político no hay camino. El de Sánchez, hoy por hoy no lo conocemos.