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Sintonizados en la calle

Barceloneses y turistas tratan de hacer vida normal, conectados a la jornada histórica en el Parlament

Ciudadanos escuchan el discurso del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en un bar cerca del Parlament.
Ciudadanos escuchan el discurso del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en un bar cerca del Parlament. EFE

Mireia Peinado moja un cruasán en una taza de chocolate mientras hojea una revista del corazón. Faltan 10 minutos para las seis de la tarde, momento en el que su vida y la de los que la rodean puede cambiar dramáticamente, pero Peinado continúa devorando el bollo que le han servido en una cafetería de Barcelona. ¿Está nerviosa? Peinado dice que sí, que cuando llegue a casa verá en televisión con su marido si el president Carles Puigdemont consuma la independencia. “Pero ahora lo que tengo que hacer es ir a recoger la bicicleta de mi hijo, que está en un taller de Mataró. Es que su padre es un loco de las bicis”, dice sin dejar el cruasán.

Peinado acaba de salir del trabajo, en el restaurante Casa Carmen. Cuenta que hoy una clienta argentina, una habitual del menú de mediodía, le ha explicado que “ella ya vivió algo así en su país, y que lo peor está por venir”. Peinado se muestra angustiada ante la incertidumbre: “Me gustaría saber qué pasará mañana”.

En el Paseo de Gracia, las turistas granadinas Ana María y Antonia dicen que no va a suceder nada grave. Descansan un momento antes de visitar la Casa Batlló, de Gaudí. Están contentas de pasar la semana en Barcelona aunque admiten que querían cancelar el viaje, por miedo a altercados, pero no podían recuperar el dinero. El Gremio de Hoteleros de Barcelona informó esta semana de que ha detectado una caída del 20% en las reservas hoteleras de la ciudad.

Desde el banco en el que han hecho un alto en su maratón turístico, se observan dos helicópteros de la policía que sobrevuelan el Eixample. Más allá, un avión de Easyjet se dirige al aeropuerto de El Prat, el mismo que la CUP dice que ya planifica ocupar tras la proclamación de la independencia. Cada uno tiene mecanismos para relativizar la desgracia. Ana María y Antonia quieren convencerse de que todo volverá a la normalidad tras un “tirón de orejas”.

Lourdes y Mercè son amigas, ambas jubiladas, y la tarde del martes es la que tienen libre de ocupaciones familiares y pueden ir al cine.

Mensajes

A las seis y diez entrarán en el Comedia de la Gran Vía para ver La montaña entre nosotros, un filme de acción de una pareja que ha de sobrevivir en la naturaleza. Dicen que es para desconectar, que la vida sigue, pero Mercè admite que su hijo y su nuera, presentes en la manifestación que ANC y Òmnium, han convocado para dar apoyo a Puigdemont, le han prometido que le enviarán mensajes para informarle de lo que suceda en la Cámara catalana.

En la cervecería y bar Otto Sylt, también en la Gran Vía, alumnos de la escuela de restauración de arte Ecore han hecho un alto en las clases para seguir la sesión parlamentaria. El local tiene la televisión conectada con el pleno a todo trapo. “Si vives aquí es normal que te interese y estés pendiente”, coinciden mientras les sirven una nueva ronda de cafés y zumos de naranja. Ataviados con las batas blancas del taller, el más veterano afirma que cada vez que aparece el tema en televisión, apaga el aparato. Dos compañeras coinciden en que están hartas del tema. Solo desean que se acabe ya, pero la profesora que ha bajado con ellos les pide que no digan eso, porque si acaba, querrá decir que Cataluña no es independiente.

Al otro lado de la barra un cliente que se identifica como independentista pata negra increpa al periodista por lo que él considera preguntas inconvenientes. El hombre devora unas patatas mientras continúa excitado con su perorata, hasta que los alumnos de restauración deciden que es momento de irse. Él también acaba por largarse, momento que el camarero aprovecha para apuntar que no todo el mundo es así. El domingo, añade, el día de la movilización por la unidad de España, el Otto Sylt no paró de atender durante el día a familias y ciudadanos amigables, y no fue hasta última hora que aparecieron dos sujetos alcoholizados liándola y haciendo el saludo fascista.

Los bares de la ciudad optaron por dejar sintonizada en televisión la retransmisión del pleno. Ni fútbol, ni videoclips ni concursos: política. En el Bar Estudiantil de plaza Universidad, un local histórico donde han consumido horas debatiendo y bebiendo ínclitos estudiantes de la Universidad de Barcelona, solo una pareja de jóvenes sigue el pleno por TV3. En una mano tienen el móvil para tuitear y al frente, el televisor que a duras penas pueden escuchar porque un camión cisterna está desatascando las cañerías del bar. En la vecina y rival Cervecería Universitat tienen sintonizada Televisión Española. Allí nadie se arrima a la pantalla.

A las siete de la tarde, una veintena de personas hacen cola para subirse al autocar que sale de la ronda Universitat en dirección a Mataró. Estudiantes con sus teléfonos, abuelos con sus nietos y empleados de oficina vuelven a sus hogares pendientes de si pueden irse de puente para el Pilar o seguir con una revolución inaudita.

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