Opinión
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Éxtasis y parálisis del secesionismo

Para recuperar la fallecida ilusión del unitarismo, vuelve la gloriosa estafa política de las “estructuras de Estado”

El triunfo incuba derrota. O, como lo formula el poeta, “in my beginning is my end”, que escribió el gran T. S. Eliot. En el principio está el final. Las casas “se alzan y caen”.

La causa del independentismo llegó el 9-N de 2014 a su éxtasis. Alcanzó con la celebración del sucedáneo de referéndum su más alta cota de movilización social y de seguimiento político. Pero , paradoja, ese éxito supuso al mismo tiempo su estancamiento; un declinar de su dinámica y una rotunda quiebra de la unidad entre sus promotores. Al menos por un largo tiempo —nunca en política está todo dicho—, el frente atraviesa horas valle.

El éxito numérico de movilización del 9-N fue rotundo: 2,3 millones de participantes, con gran mayoría secesionista y sólo un 15% en contra, los de más moral que el Alcoyano. Pero —in my beginning is my end— los 1,8 millones de papeletas independentistas solo acrecían en un 1,4% las de las elecciones anticipadas de 2012, para un censo que había aumentado en un 14%, merced a jóvenes de 16 años y extranjeros. El envés del éxtasis era el estancamiento.

Los conceptos de éxito y fracaso son siempre relativos. Pero existen dos criterios de evaluación inapelables: las conclusiones de los convocantes de una iniciativa, si son negativas para sí mismos; y la evolución de su estrategia desde aquella. Ambos baremos arrojan un resultado claro.

Los propios convocantes concluyeron que, en el mejor de los casos, “al independentismo le falta medio millón de votos para vencer”, como bien sintetizaron Xavier Barrena y Fidel Masreal (El Periódico, 30 de noviembre). Tras dos años largos de movilización permanente, exaltada por la indiferencia inmovilista del Gobierno central, la causa “no sumaba”, no alcanzaba ni de lejos el umbral indispensable como requisito de cierta homologación.

Más grave. Desde el 9-N las encuestas empezaron a dar cuenta de una inflexión en la opinión de los catalanes. En diciembre, el Centre d'Estudis d'Opinió indicaba que regionalistas, autonomistas y federales sumaban un 56,1%, contra un 36,2% para el secesionismo, que cosechaba el peor resultado desde 2012 (44,3%). Y en pregunta binaria —sí o no a la independencia, sin otras alternativas— este cedió por vez primera su preponderancia a los contrarios: perdería por 44,5% a 45,3%.

En las elecciones del 27-S, nunca se podrá plebiscitar nada porque unas elecciones implican opciones múltiples y no binarias

Claro que eso siempre se puede revertir en unas elecciones, porque priman el voto rural/comarcal, y una minoría de votos populares puede encaramarse a una —aunque exigua, quizá la mitad más uno— mayoría de escaños parlamentarios. Eso, gracias a la ley electoral española que la Cataluña-sujeto político jamás ha sido capaz de sustituir ni complementar. Pero con los resultados actuales ni de lejos llegaría a la mayoría reforzada de los dos tercios que el Estatut (no la Constitución ni ningún Estado enemigo) exige para su autorreforma: con más razón aún más para anular todo el Estatut, cambiar de estatus y saltar a la independencia.

Y en eso estamos ahora, en las elecciones del 27-S, que nunca podrán plebiscitar nada. Porque unas elecciones implican opciones múltiples y no binarias. Y porque todos los parches Sor Virginia de hojas de ruta comunes son meras hojas de parra tapando la desnudez de la quiebra del unitarismo. O resultan fallidas (como hasta ahora) o serán ambiguas como solo pueden serlo entre partidos que discrepan, tienen distintos líderes y responden a diferentes clientelas. Y por tanto, serán inanes.

Es precisamente la perspectiva de unas elecciones inmediatas lo que ha acabado quebrando el frente soberanista, ya muy socavado antes de la fiesta del 9-N. Ante una convocatoria de este género, por más patriotismo que se exude, cada partido tiende a subrayar su perfil propio, esto es, sus diferencias. Con el pésame anticipado a las plañideras populistas del fenecido unitarismo y de cualquier otra suerte de cesarismo monolítico, este fenómeno no es puro egoísmo partidista. Se le llama pluralismo democrático.

Por eso resurge el eje izquierda/derecha, o progresismo/conservadurismo en la política catalana. Por eso la irrupción de un nuevo partido radical-populista (Podem/Podemos) añade inquietud a los partidos del poder —Convergència y Esquerra—, al desafiar el monopolio de la representación de los irritados sociales que parecían haber absorbido. Por eso se detectan síntomas de que la socialdemocracia puede resucitar.

Por eso, despejadas las nubes de la ilusión ilusionista que a muchos empañaron la vista durante dos años largos, vuelven a interesar cosas tan peregrinas como que el Govern no haya hecho nada relevante en ese plazo, aparte de permitir que la Administración de la Generalitat trabajase, aunque fuese recortada y peor.

Por eso, para volver a obnubilar a los que despiertan del letargo, resurge ahora la gloriosa cantinela de la erección de “estructuras de Estado” independiente. Una estafa política en toda regla: ¿con qué legitimidad se puede empezar a construir un Estado cuando se ignora si los ciudadanos lo desean? Peor: ¡si existen fuertes indicios de que están en contra!

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