Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Poder con pies de barro

El enfático discurso del PP de Zaplana, de Barberá o de Camps no se sustentaba sobre algo mínimamente sólido sino en un decorado montado con altas dosis de autosuficiencia, sectarismo, corrupción e incompetencia

El poder valenciano tenía los pies de barro. Pese al entusiasmo de sus propagandistas y a la fascinación que suscitó en ciertos actores del debate público (que santa Lucía les conserve la vista), el enfático discurso del PP de Zaplana, de Barberá o de Camps no se sustentaba sobre algo mínimamente sólido sino en un decorado montado con altas dosis de autosuficiencia, sectarismo, corrupción e incompetencia. El estrepitoso cierre de Canal 9 viene a confirmarlo, en vivo y en directo, de la manera más obscena. Puede parecer asombroso, pero es real el hundimiento de un tinglado que se alimentó con ingentes cantidades de dinero público y de demagogia.

Sobre el esqueleto de una inmadura institucionalización del autogobierno, su renqueante discurso modernizador y su perplejidad identitaria, la derecha valenciana levantó un espejismo, una monumental estafa colectiva que captó, elección tras elección, la adhesión reiterada de una mayoría social durante dos décadas. Los costes de semejante maniobra están a la vista. Tiene cierta ironía que mientras Ràdio Televisió Valenciana se venía abajo, un juez ordenara detener a la que fue la cúpula de la Caja del Mediterráneo. Ya sería hora, por ello, de que Gerardo Camps dejara de hacer ridículos juegos malabares ante sus colegas de partido para justificar inversiones paupérrimas de su jefe y explicara en público cómo hundió las cajas de ahorros.

Digo Gerardo Camps, que era un plenipotenciario consejero de Hacienda, pero podría repasar la nómina de políticos con explicaciones pendientes hasta abarcar la lista de cargos públicos y el organigrama completo del partido que preside Alberto Fabra. Un dirigente, este último, de tan poco talento que no ha sido capaz de gestionar con cautela, ya no la reconversión, sino la voladura del gran aparato de propaganda. Probablemente porque, aunque se haya quedado sin decorado, solo se siente alguien si mantiene la pose de quien nada tiene que pactar, ni negociar con la oposición, ni con los trabajadores de RTVV, ni con el sursuncorda. Para eso usufructúa la última mayoría absoluta de su predecesor, el nada añorado Francisco Camps.

Fabra es lo que queda del PP despojado de su monstruoso disfraz valenciano, la viva imagen de un enorme fracaso. Recibe órdenes de Madrid que ya no puede reciclar en medidas supuestamente tomadas en interés de los valencianos porque carece de poder alguno de prestidigitación. Rajoy, que es en última instancia el responsable, no entiende lo que pasa en Cataluña (podría haberlo intentado cuando se fotografió ante el Congreso con montañas de firmas contra el Estatut del denostado tripartito, aquella norma que despejaba el camino a un problema que hoy parece cegado), y tampoco lo que ocurre en Valencia. Es un gallego que ignora la amalgama de especificidades que conforma España. Y eso ya tiene mérito. Que los valencianos dejen de montar el número es un lema inscrito en el ADN de su mandato. Y las instituciones valencianas pagan las consecuencias. ¿Qué autogobierno es el que carece de televisión pública? ¿Qué hecho diferencial, lingüístico y cultural, puede defenderse sin medios de comunicación que lo reflejen? Dice nuestro Estatut que somos una “nacionalidad histórica”. Pero ahora mismo vemos tiritar, desnuda, lo que queda de nuestra autonomía. Y en el Palau de la Generalitat, más que un Consell parece que se haya instalado una funeraria.

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