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SALÓN DEL LIBRO DEL PARÍS

Barcelona hace prodigios en París

Notable afluencia de visitantes en el pabellón de actividades literarias y culturales catalanas en el Salón del Libro

Enviado especial, París
Eduardo Mendoza en París.
Eduardo Mendoza en París.

Pocas veces un 0,5% del espacio de un recinto ferial debe dar tanta guerra, amén, salvando distancias, del pueblo de Astérix. Pero así fue el caso ayer de los 200 metros cuadrados en los que se concentran las actividades literarias y culturales de la presencia catalana en la 33ª edición del Salón del Libro de París, que ayer abrió sus puertas. El espacio hizo honor a su lema, Barcelona, ciudad de prodigios,porque la capital catalana, invitada de honor, acaparó la atención del público el primer día.

Lo cierto es que todo es un poco extraño en esos 40.000 metros cuadrados de una convocatoria que, tras la de Fráncfort y Londres, es la tercera en importancia en Europa del sector. Para empezar, unos carteles alertan en la entrada de la existencia de revendedores de entradas. Por 10 euros (y solo por un día), el visitante accede a un salón que es una extraña mezcolanza de una feria profesional tipo la española Líber con la catalana diada de Sant Jordi: los puestos rivalizan sin cuartel con la presencia de los autores, que no paran de firmar, y con un sinfín de charlas y conferencias. Para aderezarlo aún más, las casas editoras compiten en visibilidad con los espectaculares puestos de las publicaciones institucionales de áreas regionales como La Provenza o Aquitania. Y, salpicándolo, curiosidades como las ediciones del Ejército de Tierra francés, ayer con la presencia de cuatro de sus autores-estrella (y nunca mejor dicho): dos coroneles, un teniente coronel y un capitán.

Ruiz Zafón, Mendoza y Gallardo, entre los primeros autores en firmar sus obras

En ese particular meelting-pot editorial, el pabellón de Barcelona promovido por el Institut Ramon Llull, tiene un bien jugado discreto encanto: bajo un suelo que reproduce las baldosas gaudinianas del paseo de Gràcia que está causando sensación y una fotografía del ya inconfundible skyline de la ciudad, unas graderías acogen los actos, en una especie de trastienda de una gran librería con textos de autores catalanes publicados tanto en castellano, como en catalán y francés, acompañado de títulos de autores locales vinculados de algún modo a Barcelona y Cataluña.

En total, se superan las 500 referencias, que están haciendo las delicias de los asistentes, a tenor de los responsables de la ventas, en manos de la FNAC francesa, que comentaban en voz baja que el movimiento de caja era por momentos superior al que se estaba registrando en el espacio de Rumanía, país invitado este año a la feria y que no ha empezado con muy buen pie tras la renuncia a última hora de algunos de sus escritores estrella.

“El reclamo hoy de la marca Barcelona es muy fuerte”, exponía ayer como explicación la editora de Grup 62 Ester Pujol, que tampoco olvidaba la particular fidelidad de Francia a la literatura catalana, que convierte el país en el segundo mercado receptor de estas letras, con una media de 15 títulos traducidos al año. Eso quedaba manifesto en casi cualquier rincón del Salón: una aglomeración de casi 150 personas rodeaba a Carlos Ruiz Zafón durante su intervención en Radio France a media tarde; mientras, en el espectacular pabellón de Actes Sud, el Victus de Albert Sánchez Piñol lucía en un gran friso fotográfico no muy lejos del Momento mori de Sebastià Alzamora. En ese mismo sello, entre las novedades del matrimonio Auster (Paul y Siri Hustvedt) y en posición preferente estaba la traducción de Anatomía de un instante, entre otros títulos de Javier Cercas, o una nutrida representación de la obra de Baltasar Porcel. Espectacular es también el trato que ha recibido Le cahier gris de Josep Pla por Gallimard, que lo ha lanzado estos días y que un ejemplar del cual fue a parar la noche del jueves durante la inauguración oficial a las manos del mismísimo presidente francés, el socialista François Hollande, que también visitó a la delegación catalana.

Hollande acabó el recorrido inaugural con un ejemplar de ‘Le cahier gris’ de Pla

Con esas coordenadas, y el notable trato que la prensa francesa está deparando a la ciudad barcelonesa, no es de extrañar que unas 70 personas se concentraran a una hora tan intempestiva como las tres de la tarde para escuchar a Sergi Pàmies y Jordi Puntí, si bien es cierto que iban acompañados por el futbolista francés y jugador azulgrana entre 2006 y 2008, Lilian Thuram, también escritor. Si bien el encuentro versaba sobre los puentes entre cultura, sociedad y fútbol, casi todo se centró en lo último. El futbolista-escritor hizo gala de nuevo de su bien amueblada cabeza para asegurar que el Barça es “efectivamente más que un club: noté cómo la institución está por encima de los jugadores, y eso que son muy grandes”; que la entidad es también “un modelo de globalización inteligente al contar con una masía que inculca sus valores a niños de todo el mundo, como Messi o Iniesta”. Pàmies y Puntí no podían más que asentir y pespuntear con la historia de las cargas simbólicas del club y coincidir entre ellos con la “bella oportunidad perdida” de que la participación de los jugadores del Barça en  las victorias de la selección española no se hayan manipulado en aras a una supuesta “nueva España” y hayan llegado en el peor momento de las relaciones Cataluña-España. “Tampoco se le puede exigir al fútbol que haga lo que no hace la cultura o la política”, sentenciaron casi al alimón.

El éxito de público se mantuvo más o menos constante en otras charlas, por ejemplo las que protagonizaron los escritores Javier Calvo, Jordi Bonells i Mercè Ibarz y, sobre todo, en algunas de las firmas posteriores. Especialmente notables fueron las que congregaron el prodigioso Eduardo Mendoza y Sergi Pàmies, no menos espectaculares que las de los dibujantes Miguel Gallardo, Rubén Pellejero y Jordi Bernet, especialmente este último, con gente trayéndose una silla para esperar que estampara su firma en sus integrales de Torpedo o en episodios de Claro de luna. Un poco por sorpresa ha pillado a los organizadores la solicitud del público en adquirir ejemplares en las lenguas originales, ya en catalán como en castellano. Por cierto, de esa polémica, ni un comentario: “Si la ciudad invitada es Barcelona, que estén autores de las dos lenguas es de sentido común: cualquier exclusión hubiese provocado un mal irreversible”, resumía Pàmies entre firma y firma.

Ante las colas y el interés despertado ayer por las letras catalanas, igual el futuro está en las ventas al extranjero, porque las nacionales dan grima: según cifras que barajaban ayer algunos editores catalanes, las ventas de libros han caído en España entre febrero de 2012 y el mes pasado un 15%. El sector editorial y Barcelona tendrán que hacer muchos más prodigios.