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OPINIÓN

Por una izquierda didáctica

El castigo que el Gobierno del PP está infligiendo a la sociedad española es muy doloroso. Amparándose en la situación económica, que califica de catastrófica, todo recorte presupuestario les parece escaso. La opción de la austeridad ha sido la elegida. Sin ofrecer ninguna alternativa a la debilitada oposición en el Congreso, hace valer su mayoría absoluta como una apisonadora, desoyendo las demás propuestas procedentes tanto de las izquierdas como de los nacionalismos, cuya adscripción ideológica es la conservadora. A las constantes alusiones de la oposición, que reclama otras fórmulas para vencer o atenuar la crisis, basadas en la reactivación de la economía, Rajoy responde como un papagayo que lo prioritario es alcanzar el déficit cero y rebajar la deuda pública. De poco sirve que le adviertan de que la deuda más peligrosa y abultada es la deuda privada, porque para cuando alguien osa decírselo en tono elevado él ya no está presente.

Ahora mismo son muchos más los economistas e intelectuales que pregonan la opción de reactivar la economía sin descuidar la disminución de la deuda, para lo cual es preciso evitar los déficits abultados, pero el Gobierno no está dispuesto a escuchar a quienes hablan pensando en todos los ciudadanos y en su bienestar, sino que lo está para escuchar y repetir lo que le dicta el oráculo de Ángela Merkel. Quienes tienen en cuenta a la colectividad tienen presentes las estadísticas del empleo (crecimiento del paro), las mediciones de los índices de pobreza (en aumento) y los análisis meticulosos que los especialistas dedican a las políticas necesarias para desarrollar el Estado de bienestar. Si el Gobierno no recorre las mismas sendas es porque todos los parámetros negativos juegan a favor de sus intereses ideológicos o partidistas.

Recientemente he leído las aportaciones de dos intelectuales griegos —Costa Gavras y Petros Markaris—, como respuesta a los ajustes y calamidades que vienen sufriendo sus paisanos. Sus reflexiones sirven mucho para el diagnóstico, pero menos para la terapia a aplicar. Costa Gavras afirma: “Es nuestra civilización la que está en crisis, no solo la economía. Es necesario rehacerlo todo, empezar de cero, la economía, el medio ambiente, la sociedad en general”. Markaris ha subrayado: “Ahora quieren que llegue una nueva clase proletaria con personas formadas que, sin embargo, ganan 400 euros al mes. Quieren que las condiciones laborales bajen tanto que aceptemos cualquier cosa, y lo lograrán caiga quien caiga”. ¿Se puede objetar algo a ambas apreciaciones?

Estaría dispuesto a admitir la ineficacia de la política para resolver o atenuar la crisis si previamente los economistas y los responsables financieros fueran capaces de aceptar que sus intenciones ocultas son convertir la economía en un potente instrumento para revertir en un nuevo marco social que acabe con el actual modelo de Estado de bienestar e imponga un nuevo orden ultracapitalista, en el que unos pocos acumulen la riqueza y el poder mientras la inmensa mayoría sufre las consecuencias de los desequilibrios. Quienes obran de ese modo no se comportan como meros economistas, sino que se sirven de la política para apuntalar sus teorías. Por eso deberían las izquierdas políticas redoblar el esfuerzo en el plano del didacticismo. La lucha partidista se empeña en procurar los adeptos de cada cual mediante el descrédito de los otros. Para ello todo vale, recurriendo a posibles corruptelas cometidas por los otros, que son contrarrestadas con denuncias de otras corruptelas o irregularidades en el bando denunciante.

Sin embargo, ejercer un didacticismo serio evitaría que los ciudadanos asumiesen y aceptasen las medidas tomadas por el Gobierno español como inevitables e imprescindibles. ¿Puede ser tal un desahucio que deja a una familia en la calle? ¿Puede ser considerada como inevitable la retirada de la tarjeta sanitaria a una persona jubilada solo porque sea inmigrante? No cabe duda de que las leyes fijan las condiciones que han de ser cumplidas para recibir una atención convencional en cualquier disciplina, pero los derechos humanos básicos deben convertirse en inalienables de la persona.

Es tiempo de ejercer el didacticismo por parte de los progresistas. Los líderes de las izquierdas españolas tienen que asumir ese didacticismo como una urgencia, y desarrollarlo con el máximo rigor. El desempleo desmedido, los índices de pobreza crecientes y el deterioro de las políticas del Estado de bienestar, que apenas significan nada para el PP y la derecha española, deberán espolear a las izquierdas para desarmar ideológica y moralmente a quienes amparados en la inevitabilidad espuria de lo que hacen solo desean sojuzgar y convertir en súbditos a quienes tienen derecho a ser y a vivir como ciudadanos con dignidad.