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Grandes almacenes de hace mil años

Hallados en Santiago nueve silos anteriores a la construcción de la catedral

Silos datados entre los siglos X y XI, descubiertos en el 31 de la rúa do Vilar de Santiago y que quedarán expuestos en una tapería.
Silos datados entre los siglos X y XI, descubiertos en el 31 de la rúa do Vilar de Santiago y que quedarán expuestos en una tapería.

Habría que preguntarle a Bretenaldo. Él sabría qué se guardaba allí entonces y cuánto falta hoy por descubrir. Seguro que el peregrino franco que decidió quedarse, allá por el 930, y pasó a la historia por ser el primer habitante de la ciudad de nombre conocido, fue cliente de los grandes almacenes que había a la entrada de Compostela. El recinto, repleto de silos excavados en el suelo, caía primero fuera de la muralla y un siglo más tarde dentro, cuando tras el paso triturador de Almanzor el obispo Cresconio mandó construir una muralla nueva y mejor, que abrazase también los barrios que habían ido creciendo, como tentáculos, desde el Locus Sancti Iacobi.

Pero Bretenaldo y todos los demás hombres libres que se ganaron el derecho a vivir en la ciudad, y los piadosos y los pícaros caminantes, y el musulmán que se frenó ante la tumba venerada por los cristianos, y los sucesivos obispos levantadores de grandes paredes, acabaron bajo tierra incluso antes de que corriesen la misma suerte aquellos grandes almacenes. Alguien que vino poco después mandó cegar los pozos, muchos de todos los tamaños, de escombro. Alguien, además, ya entre los siglos XIV y XV, ordenó levantar una torre esbelta, con un gran arco de entrada y alguna tronera. Pero estos con tanta gloria, como era de esperar, también enfilaron el camino del camposanto y luego otros decidieron anchear la maravillosa construcción, envolver la cebolla de nuevas capas ganando metros, por un lado, hasta la rúa do Vilar, y por otro, hasta la de O Franco. Y fue preciso, además, rellenar y rellenar de tierra y piedras el hueco airoso de la torre hasta salvar el desnivel de tres metros que existe entre ambas arterias del corazón de Santiago. Entonces, ya nunca más se supo de los grandes almacenes que tuvo la ciudad hace mil años. Hasta que hace cinco, cuando la familia propietaria del inmueble recuperó el bajo tras un largo alquiler de renta antigua, probó a retirar la cal de una pared para dejar la piedra a la vista.

El dueño abrirá un bar de tapas y los pozos se podrán ver tapados por cristal

Entonces salió a la luz el arco de una puerta tapiada, “un arco con unas dimensiones de narices, de 2,60 metros de alto por 1,50 de ancho”. Y al tirar abajo el emparedado, apareció “el tesoro”. “Pero no un cofre con oro y piedras preciosas”, aclara el propietario, José Manuel Otero, impulsor de la cadena Pousadas de Compostela y presidente de la Asociación de Empresarios de Hostelería de Santiago. “Mejor así, porque si no se lo hubiera llevado el Estado”, protesta el empresario, quemado por un lustro de tortura administrativa. Cinco años de controles y papeleo que comenzaron el día en que fue a pedir permiso al Ayuntamiento para una obra de limpieza. Otero Romar se queja porque la Xunta le obligó a pagar de su bolsillo un estudio arqueológico y a vaciar las fosas, que fueron datadas entre los siglos X y XI, “no de cualquier manera, sino con paletín y pincel”. En total, los trabajos de prospección referidos al “tesoro” le costaron “más de 30.000 euros”, algo que habría sido “inasumible” si no fuera que la casa es heredada.

Caixanova halló unos agujeros semejantes, pero mandó taparlos

El inmueble, actualmente dividido en dos propiedades familiares (unos con fachada en el número 31 de O Franco y otros en el portal 56 de O Vilar), lo compró el abuelo de Otero tras hacer fortuna con un restaurante en Río de Janeiro. De vuelta a Santa Comba, la abuela, que quería dar carrera a sus hijos, le pidió que adquiriese el edificio. Nadie podía imaginar que bajo las tablas del suelo se escondía un paisaje lunar salpicado de cráteres. En 50 metros cuadrados (la superficie que ocupa la planta de la torre del siglo XV) fueron hallados nueve pozos, el más grande de cuatro metros de hondo por dos de diámetro, pero un par de ellos caen debajo de paredes maestras, por lo que se sospecha que más allá, bajo los edificios aledaños, puede haber más.

Uno era un pozo de agua; los demás, silos. Los arqueólogos creen que se usaban para guardar grano, hielo y otras mercancías. Igual que los otros que aparecieron también recientemente unas calles más arriba, en O Preguntoiro, en el subsuelo de los antiguos almacenes El Pilar. El edificio lo compró Caixanova para marcar territorio, y justo debajo del proyectado patio de butacas surgieron los silos. La misma arqueóloga que excavó los de El Pilar identificó los de O Franco. Según Manuela Pérez, en el teatro eran una veintena, “de uso colectivo” por los ciudadanos, y “fueron abandonados entre los siglos X y XI”, coincidiendo con la ampliación del cerco de la muralla.

Pero la extinta caja mandó tapar de la vista del público todos sus agujeros. Los únicos que van a poder visitarse, iluminados y cubiertos de cristal, serán los de Otero. Probablemente en verano abrirá Boteco, un local de tapeo con nombre portugués y caipiriñas, en homenaje al abuelo emigrante en Brasil. “La palabra tiene una definición bonita”, ilustra: “Un lugar donde se sirven bebidas alcohólicas, de encuentro entre bohemios, petiscos baratos y una buena conversa sin compromiso”.