Curiosa paradoja: la obsesión por dormir bien nos está volviendo insomnes

Los expertos del sueño consideran la ortosomnia un detonante de nuestros frecuentes desvelos. Esta es la historia de un término vinculado a los ‘wearables’

Malte Mueller (Getty Images/fStop)

Que si este mes me llega la letra del coche. Que a ver si puedo cuadrar las vacaciones con todos los compañeros. Que si se me calentó la boca demasiado, que seguro que Fulanito está echando pestes por mi comentario de esta mañana... Cualquier cosa nos quita el sueño. Es normal. Lo que no es habitual es que la mera contemplación de la posibilidad de no dormir bien nos deje en vela toda la noche. Pero sucede, y tiene nombre. No poder dormir por el estrés que genera preocuparse justo por ello se llama ortosomnia, y es un fenómeno cada vez más común.

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Siempre se ha valorado la calidad del sueño en función de lo mucho o poco que cuesta salir de la cama y de la cantidad de bostezos a lo largo de la mañana. Pero los wereables, estos dispositivos inteligentes en forma de pulsera o reloj, cuya penetración en todo el mundo está aumentando en los últimos años, lo ha cambiado todo. Como era una estimación aparentemente subjetiva, antes podíamos otorgar a los bostezos —o no— cierta validez. Ahora, a ver quién se atreve a llevarle la contraria a todos estos gadgets ‘inteligentes’, que miden desde las pulsaciones que tenemos hasta cómo nos movemos mientras dormimos. El problema es que tener un Pepito Grillo que haga balance día sí y día también de cuántas horas hemos pasado en brazos de Morfeo, y si las hemos aprovechado al máximo, bien puede llegar a ser contraproducente. La obsesión por dormir bien, por maximizar el descanso según los parámetros de estos artefactos, incluso puede llegar a provocar insomnio.

Cuando querer que todo salga bien es un mal plan

Los primeros en dar la voz de alarma sobre la ortosomnia, los mismos que inventaron el término recurriendo al prefijo procedente del griego ortho, “perfecto”, y somnia, “descanso”, en latín, fueron unos investigadores de Chicago (EE UU). Lo hicieron en un estudio de casos publicado en la revista Journal of Clinical Sleep Medicine en 2017, en el que advertían de que los dispositivos inteligentes estaban llevando a la gente al insomnio. El fenómeno (ya lo sugiere la palabra) es similar al que se produce entre las personas que se obsesionan por llevar una alimentación extremadamente sana, que se conoce como ortorexia y que puede acabar arruinándote la salud.

Es una conducta que no está catalogada como un trastorno, pero los expertos constatan que se trata de un comportamiento cada vez más común en nuestro país: “En este momento no se encuentra en ninguna clasificación médica sobre trastornos de sueño pero, dado que los profesionales lo percibimos cada vez con más frecuencia, sí que es algo que podemos preguntar en consulta a los pacientes”, reconoce Celia García Malo, neuróloga de la clínica Instituto de Investigaciones del Sueño. Tampoco hay cifras exactas de la prevalencia de la ortosomnia a nivel nacional, pero se sabe que una fracción de quienes la han experimentado ya sufren un trastorno de sueño.

Hay muchos tipos de insomnio, ¿cuál es el que te impide dormir por las noches?

Las causas más comunes del problema son muy variadas, y cada uno de los distintos orígenes demanda una solución diferente

“Muchos desarrollan verdadero miedo al momento de tener que irse a dormir, anticipando que será otra noche terrible”, dice la especialista. De esa obsesión nace un control minucioso “de cómo ha sido el sueño esa noche, la iniciativa de relacionarlo con cosas que se ha hecho el día anterior o incluso crear rituales por la creencia de que pueden ayudar a dormir bien”. García Malo apunta que, si bien la ortosomnia puede afectar a “cualquier persona en determinadas épocas de su vida, con más estrés o ansiedad”, podría ser más frecuente “en hombres de mediana edad” que tienden a ser “perfeccionistas, autoexigentes, controladores, planificadores, con menor capacidad de adaptarse a los cambios…”.

Para estas personas (y no solo para ellas), los wearables que miden las pulsaciones, cómo se mueven en la cama y el tiempo que pasan tumbados cada noche, pueden ser una guía fiel… pero no siempre fiable. Los resultados que arrojan no son indicativos de un buen descanso, según las conclusiones de algunos científicos que se han preocupado de medir su efectividad. Por ejemplo, un estudio publicado en la revista Sleep comparó las pulseras de una reconocida marca con los test de polisomnografía que se utilizan habitualmente en el estudio del sueño, y determinó que la falta de precisión caracteriza a este tipo de dispositivos. El trabajo se publicó en 2015 y, a día de hoy, la cosa no ha cambiado mucho. “Dan datos generales, cuando en el día a día en la consulta sabemos que normalidad pueden ser muchas cosas”, apunta García Malo.

No obstante, la experta rompe una lanza a favor de las pulseras, que “ayudan a que la población tome conciencia sobre hábitos de vida saludable” con su capacidad de monitorizar diferentes funciones biológicas, como los pasos y la frecuencia cardíaca. “Pero si una persona padece insomnio, pese a que el dispositivo pueda indicarle sueño fragmentado o ausencia de sueño profundo, habitualmente será necesario hacer una polisomnografía —un estudio de sueño completo— para conocer las causas de este problema y así poder buscar un tratamiento que sea efectivo”. Tomar conciencia de la importancia del sueño, sí; sustituir al médico, nunca; obsesionarse, jamás.

El secreto de un buen descanso

Todos los expertos y fuentes consultados coinciden al afirmar que el secreto de un buen descanso está en la introspección. “Hay que monitorizarlo como lo ha hecho nuestro cerebro durante miles de años, es decir, a través de nuestras propias sensaciones”, sentencia Carles Gaig, neurólogo y especialista en sueño del Hospital Clínic (Universidad de Barcelona) y coordinador del Grupo de Estudio de Sueño de la Sociedad Española de Neurología. Lo que hay que observar son aquellos indicios que todos conocemos: levantarse cansado, haber tenido problemas para conciliar el sueño, haberse desvelado con mucha frecuencia durante la noche, bostezar desde primera hora de la mañana, necesitar varios cafés para funcionar, ver si se nos cierran los ojos en el trabajo o si pasamos el día anhelando una siesta... Si te pasa, no hay duda: necesitas dormir más (y mejor).

Pero, ¿cuánto más? Es una pregunta muy personal. “Deberíamos dormir siete horas o más, aunque varía según la persona”, señala Gaig. En la cifra influyen infinidad de factores, como la genética, la edad y los ritmos circadianos. La calidad del sueño no solo dependerá del cuánto, sino también del cómo. Gaig recuerda que ciertos hábitos como “echarse una siesta a partir de las tres de la tarde (especialmente si duran más de 30 minutos), o acostarse y levantarse cada día a una hora totalmente distinta”, empeoran la calidad del descanso. Algunos estudios apuntan que el uso del móvil y tablets antes de dormir tiene el mismo efecto porque la luz que emiten engañan a nuestro ritmo circadiano y lo alteran, evitando que el cuerpo se ponga en ‘modo reposo’. Y una investigación publicada en 2011 concluyó que comer copiosamente antes de acostarnos también puede afectar negativamente a la calidad del sueño, especialmente durante la fase REM.

A partir de los dos años y medio, el descanso sirve sobre todo para limpiar nuestro cerebro, según una investigación hecha pública el pasado septiembre en la revista Sciences Advances. “Cuando dormimos, este funciona de una forma diferente a cuando está despierto, pues se eliminan sustancias tóxicas que se han producido durante la vigilia”, señala Gaig, quien añade que también se dan funciones de remodelado cerebral que afectan a la memoria. “Cuando estamos despiertos, las neuronas hacen conexiones entre sí, cuando dormimos, el cerebro tiene la oportunidad de remodelar estas conexiones, o bien reforzándolas —las que son importantes— o eliminándolas. Hace una especie de poda”, describe el experto. Pero es importante que el sueño sea seguido. Lo contrario puede derivar a largo plazo en dolencias tales como la depresión, hipertensión y diabetes. También fomenta la obesidad y aumenta el riesgo de ataque al corazón, reduce el apetito sexual y aumenta la probabilidad de desarrollar enfermedades neurológicas como el ictus y el alzhéimer. Y se ha observado que la falta de descanso debilita el sistema inmunológico y reduce la efectividad de las vacunas... no es momento para dejar de soñar.

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