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Justine Triet, cineasta: “La pareja es un intento de democracia que casi siempre termina en dictadura”

La directora francesa, ganadora de la Palma de Oro de Cannes, reinventa con ‘Anatomía de una caída’ el ‘thriller’ judicial y describe la pareja como un espacio político

Justine Triet, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2023 con 'Anatomía de una caída', fotografiada en París a mediados de noviembre.
Justine Triet, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2023 con 'Anatomía de una caída', fotografiada en París a mediados de noviembre.Ed Alcock

Es un interior desordenado, lleno de cosas por todas partes, prendas de ropa esperando a ser plegadas, restos del desayuno en la mesa de la cocina, un pollo que alguien olvidó en el horno hace tres días. La primera sensación es que aquí vive un niño pequeño, como acabará resultando cierto. Justine Triet (Fécamp, Normandía, 1978) reside en un dúplex modesto situado en una calle estrecha de un barrio de París que en otro tiempo fue obrero. Su hija mayor, preadolescente, no ha ido al colegio porque está enferma y baja las escaleras reclamando algo que llevarse a la boca. Su compañero, Arthur Harari, aparece por la puerta con una baguette bajo el brazo pocos minutos después, rematando una coreografía familiar que parece retratar a una tribu excedida, desarreglada, humana.

La viñeta doméstica despierta cierta simpatía, por lo alejada que está de su imagen pública como nueva pareja de moda del cine francés. Él, por ser el director de aclamadas películas como Onoda, 10.000 noches en la jungla, además de uno de los actores más magnéticos de su generación. Y ella, por haber ganado la Palma de Oro en Cannes con Anatomía de una caída, lo que convirtió a Triet, que hasta entonces había dirigido tres proyectos interesantes pero irregulares, en uno de los nombres clave del nuevo cine de autor europeo. La película, que llega a los cines españoles el 6 de diciembre, ha sido el fenómeno del otoño francés (1,2 millones de espectadores) e incluso aspira a conquistar alguna nominación al Oscar. Su distribuidora en Estados Unidos, Neon, hace campaña por la estatuilla en las categorías principales, después de que la película de Triet fuera (inexplicablemente) descartada por Francia para representar al país en la carrera por el Oscar, en favor de una apuesta más conservadora: un drama culinario con Juliette Binoche de protagonista.

La directora, de paso por París entre dos viajes transatlánticos, no lo lleva especialmente bien. “No soy la persona más sosegada del mundo. El éxito, igual que el fracaso, no es algo que me haya aportado serenidad”, dice. Anatomía de una caída, a la que ha dedicado los últimos tres años de su vida, es la historia de una escritora acusada del asesinato de su marido, también autor, cuyo cadáver ha aparecido sobre la nieve, como si alguien lo hubiera empujado desde el balcón de su chalet en los Alpes franceses mientras una canción de 50 Cent sonaba a todo volumen. ¿Será culpable del crimen esta mujer de aspecto gélido, bisexual declarada, con un grueso acento extranjero y toda la pinta de ser poco de fiar? La película parte de este fútil comienzo para deconstruir el personaje de la femme fatale, tan clásico en el cine de juicios. Aunque su película acabe siendo, por encima de todo, la autopsia de una pareja, una disección de los turbios mecanismos que rigen cualquier matrimonio.

Samuel Theis y Sandra Hüller, en 'Anatomía de una caída', de Justine Triet.
Samuel Theis y Sandra Hüller, en 'Anatomía de una caída', de Justine Triet.JUSTINE TRIET

“Cuando empiezo a trabajar en un proyecto, nunca sé de qué quiero hablar. Mis películas están hechas de líneas que se cruzan”, afirma Triet. Esta vez, quiso dar una vuelta de tuerca al subgénero judicial e inspeccionar la institución matrimonial, a la que lleva prestando atención desde su primera película, La batalla de Solferino (2012). Pero también sabía que sería “una película sobre la duda, y que esa duda lo impregnaría todo”. Y, por último, que su protagonista sería la alemana Sandra Hüller, la revelación de Toni Erdmann, que es lo que sería Cate Blanchett si hubiera nacido en Renania del Norte. Ya le propuso un pequeño papel en su anterior filme, El reflejo de Sibyl, que a ambas les supo a poco. “Sandra añadió cosas a la película que no estaban en el guion. Para empezar, no la interpretó como una víctima, ni como una madre modélica, ni como una seductora. Su personaje no es un ángel. Más bien tiene una parte monstruosa”, apunta la directora. “Cada vez hay más películas en reacción al MeToo, películas de hombres que se sienten culpables y colocan a una mujer que salva el mundo en el centro de sus relatos. Yo no tengo esa visión”.

“Seamos sinceros: lo raro es que una pareja funcione. En la mayoría de los casos, es un infierno. Yo quise adentrarme en ese infierno”

La cinta desprende una visión pesimista de la pareja. Triet la describe como un invento condenado a estropearse, como una de esas máquinas que la obsolescencia programada deja fuera de servicio en pocos años. “La imagen de la pareja en la película es más mediocre y vergonzosa de lo que tenía previsto”, admite la directora. “Y, a la vez, si reflejase mi auténtica opinión, hubiera sido todavía más horrible. Puntualiza que Anatomía de una caída no habla de su vida, pese a que todo el mundo lo dé por hecho: la escribió a cuatro manos con Harari —­con quien comparte el mismo oficio, como los protagonistas de la película— durante el confinamiento. “Mi vida diaria no es tan interesante, ni soy lo suficientemente narcisista para centrarme en ella. Antes de conocer a Arthur, a los 31 años, viví muchas historias de amor, igual que él. Hay muchas cosas en la película que vienen de mis relaciones pasadas, incluso en la escena de la pelea”, añade sobre una magistral secuencia de enfrentamiento en el que se resuelve, en parte, el misterio del filme. “Seamos sinceros: lo raro es que una pareja funcione. En la mayoría de los casos, es un infierno. Yo quise adentrarme en ese infierno”.

En la película, una foto de los protagonistas durante su juventud relata una historia que queda fuera de plano: ese momento, no tan lejano, en que todo iba bien. Hasta que, en cuestión de meses, las ilusiones que tenían a los 30 se convirtieron en el amargo desencanto propio de los 40. “Siempre hay un momento en el que la vida de una pareja se convierte en una batalla. Quería recordar que hubo una época en que esa pareja se quiso, aunque siempre es difícil hacer eso. Una de las cosas que las películas reproducen peor son los momentos de alegría. El dolor y el sufrimiento son mucho más fáciles”, afirma.

Justine Triet, fotografiada cerca de su casa, en el distrito 10 de París, el pasado 8 de noviembre.
Justine Triet, fotografiada cerca de su casa, en el distrito 10 de París, el pasado 8 de noviembre.Ed Alcock

Para Triet, la pareja es un espacio político, sometido a continuas mesas de diálogo, a las puñaladas traperas entre supuestos aliados, al peligro de un golpe de Estado emocional. “La pareja es una tentativa de democracia que casi siempre termina en dictadura”, sonríe Triet. Su película también es un comentario sobre la fiscalización de nuestra vida privada, como demuestra el largo proceso que da forma a la segunda mitad de la película. A falta de poder descubrir la verdad, el tribunal se contentará con escenificar un juicio moral a la protagonista. “Fui a ver decenas de juicios para documentarme y me di cuenta de que, en realidad, la verdad era algo accesorio. Un tribunal es, sobre todo, un lugar donde la sociedad se expresa moralmente”. En un momento dado, al personaje de Hüller le recriminan algo que ha escrito en un libro de inspiración autobiográfica, como si fuera una prueba flagrante de su culpabilidad. Triet se inspiró en lo sucedido en juicios franceses a escritores a quienes se les reprochó lo que habían escrito (por ejemplo, Édouard Louis, al que acusaron de mentir cuando se declaró víctima de agresión sexual aludiendo al carácter semificticio de sus libros). Triet parece insinuar así que hay que separar el hombre, o la mujer, y su obra. “No, yo creo que es muy difícil separar”, corrige Triet, involucrada en los colectivos por la igualdad en el cine francés. “Pero no se puede usar un libro como instrumento en un juicio ni tomar la creación artística como un espejo que proporciona un reflejo idéntico”.

Como sus tres filmes anteriores, este vuelve a hablar de la dificultad de ser una mujer libre y emancipada en una sociedad que, pese a las apariencias, no siempre se lo pone fácil. Sus protagonistas son mujeres que pagan muy caro el precio de su libertad, que descubren que la igualdad era, en parte, una ilusión. Que los condicionantes biológicos siguen pesando y que serán castigadas por comportarse igual de bien o de mal que un hombre. Que las consideran culpables de haber emasculado a los varones que las rodean. Y que, en caso de conflicto, serán llamadas al orden y devueltas al lugar subalterno que siempre ocuparon. “Es cierto que hay un aspecto viril en mis protagonistas”, asiente Triet. “Es una cuestión que no es consciente, pero que está en mi cine. Tuve dos modelos de mujer: el de mi abuela, que pese a venir de un entorno muy pobre —la Normandía rural de mediados del siglo XX— fue muy feminista, y el de mi madre, que, pese a haberlo tenido más fácil, acabó en casa encerrada con tres hijos, dos de los cuales no eran suyos sino de mi padre. Vivió una vida de privación, cosa que nos recordaba a menudo. Por eso, cuando tuve hijos, me resultó impensable que mi compañero no se ocupara de ellos por lo menos la mitad del tiempo. No quise reproducir el modelo de mi madre”.

“En un juicio la verdad es algo accesorio. Un tribunal es, sobre todo, un lugar donde la sociedad se expresa moralmente”

Salimos a pasear por el barrio. Al bajar las escaleras, Arthur está instalando una sillita de bebé en la bicicleta de Justine. “Lo hace solo porque ha venido la prensa, para que crea que es un hombre sumiso”, se carcajea ella. “Eso es, escríbalo, por favor”, responde él. Firmar el guion a cuatro manos les gustó, pero no repetirán la experiencia. Los dos dicen, por separado, que sintieron que sacudía los cimientos de su relación. “Y, a la vez, tuvo una utilidad: sin esta cinta aún llevaríamos todos esos temas dentro. Al darles una forma novelesca o estética, porque una película es un proceso de transformación estética, hemos logrado crear, a partir de estos asuntos turbios, una forma de belleza e incluso de nobleza”, afirma Hariri. ¿La sublimación freudiana de toda la vida? “Eso es. Creo mucho en eso”.

Triet nunca quiso hacer cine. En realidad, iba para pintora. “Siempre pinté mucho, era una niña muy callada, solitaria y tímida, en el límite del autismo. Pintar era mi manera de expresarme”, dice. Estudió en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París, donde entendió que iba a morirse de hambre y se acabó especializando en montaje audiovisual. Creció al sur de París, en un barrio sin atributos donde su padre trabajaba como proyeccionista en un cine, mientras su madre oscilaba entre oficios como correctora, recepcionista y modelo. Su familia de clase media tenía una peculiaridad: eran budistas. “Cada verano, pasábamos las vacaciones en un templo con 300 personas de toda Europa”, recuerda. En realidad, Anatomía de una caída no era la película que debía rodar en 2022. Su idea inicial era recordar su infancia en estas comunidades espirituales. “Pero es un tema demasiado cercano a mis padres, que siguen vivos, y lo descarté. En cualquier caso, lo rodaré algún día”. ¿Se considera budista? “No, soy la persona menos zen del mundo. Nunca he podido meditar, porque eso era algo que hacían mis padres”.

Justine Triet y Jane Fonda
Justine Triet, con su Palma de Oro, al lado de Jane Fonda, que se la entregó en el Festival de Cannes en mayo pasado.ERIC GAILLARD (REUTERS)

El triunfo de su filme, que la ha convertido en una de las tres directoras que tienen la Palma de Oro (junto con Jane Campion y Julia Ducournau), le da miedo. “Como espectadora, he visto a directores que tienen mucho éxito y que luego se dedican a hacer verdadera mierda. Hay que ir con cuidado”. Hace poco más de una década rodaba documentales sin un solo euro, con la ayuda de amigos. “Hasta los 30 años viví con la renta mínima de inserción”, recuerda. Un día descubrió que los profesionales del cine podían vivir de ello, gracias al beneficioso sistema francés para los trabajadores discontinuos del espectáculo. Por eso, cuando ganó el premio en Cannes, pronunció un virulento discurso contra Macron, su proyecto de reforma de las pensiones y el peligro de erosión de ese modelo único en Europa. La tildaron de desagradecida, como una niña mimada. “Lo viví como uno de los mayores momentos de libertad de mi vida. Y lo quise aprovechar. Lo pagué un poco caro, es cierto, pero no me arrepiento”. A imagen y semejanza de las mujeres que protagonizan sus películas.

‘Anatomía de una caída’. Justine Triet. Estreno en cines el 6 de diciembre.

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Álex Vicente
Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.
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