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¿Qué queda de lo sublime?

La nueva traducción de ‘Acerca de lo sublime’, de Longino, permite interrogarse sobre la vigencia de un concepto en el que profundizaron ilustrados y románticos, que pervive en el arte, el cine o la música actuales, de Anselm Kiefer a Sigur Rós

'Gathas' de la serie 'Curved Elliptical Glass', 2019, de James Turrell, expuesta en el Museo Jumex.
'Gathas' de la serie 'Curved Elliptical Glass', 2019, de James Turrell, expuesta en el Museo Jumex.Florian Holzherr (Florian Holzherr)

El pasado septiembre, la primera clase de Literatura Clásica en el primer curso de Historia del Arte en la Universidad, comenzaba con una pregunta de una alumna: “¿Qué es lo bello?, ¿qué es lo sublime?”. Lamentablemente, no se le pudo dar una respuesta definitiva y unívoca. Pero quizá sea esta imposibilidad una de las características más propias de lo sublime, pese a sus muchas transformaciones: su intangibilidad e inadecuación a todo lo establecido. De ahí su carga iconoclasta, inconformista, incluso revolucionaria; pero también su peligrosidad, su oscuridad, su afinidad con los aspectos nocturnos del alma y del arte. De repente, nos damos cuenta de que, para responder a esa pregunta, en el confusionismo propio de nuestra época, queda involucrado todo nuestro moderno aparato conceptual: tampoco lo bello, lo gracioso o lo trágico gozan para nosotros de la claridad con la que la cultura griega y romana los habían definido e incorporado a todos los aspectos de sus vidas, privadas y públicas. Por eso, antes de abordar la problemática definición de lo sublime antiguo y de su historia, puede que debamos desmontar las mistificaciones de nuestra actualidad. Así, al menos, propone hacer el más reciente estudio sobre este concepto, a cargo del filósofo Haris Papoulias, en su reciente edición y comentario del tratado que sienta las bases de esta discusión, Acerca de lo sublime, de Longino, que ahora recupera Alianza. Se constata en él cómo nuestra posmodernidad neorromántica ha continuado la curiosa deriva de lo sublime desde el idealismo, sustituyendo la contemplación paisajística y arquitectónica del grand tour por el turismo de los cruceros y la emoción del horror y el peligro, evocada por Burke, por la retransmisión televisiva de los bombardeos de las guerras de Irak y Ucrania.

'The Plains of Heaven', 1857, pintura de Charles Mottram según John Martin.
'The Plains of Heaven', 1857, pintura de Charles Mottram según John Martin. Asar Studios / Alamy (Asar Studios / Alamy)

Esos estudiantes de primero de carrera, que siguen haciéndose hoy la pregunta clave por lo sublime, han nacido en la era de internet y las redes sociales. Ellos buscan las emociones de otra manera: en YouTube o TikTok, en los espectáculos de masas, en el Mundial, en Eurovisión… Han crecido bajo el sutil manto de cierto kitsch hollywoodiense, que ha sustituido a Wagner por John Williams y al paseante entre las nubes de Friedrich por los héroes de Star Wars o Marvel. Aunque sea difícil aceptarlo, todo eso, de alguna forma, tiene algo de lo que, históricamente, se determinó como “sublime”. Puede que, hoy, el héroe solitario y genial creador romántico se haya transformado incluso en el golden boy de Wall Street o en el directivo de la start-up tecnológica, que se juega todo en sus saltos financieros al abismo de las criptomonedas y el metaverso. ¿Dónde está, en fin, lo sublime de nuestro tiempo? Como todo nudo gordiano, la solución está en el corte radical. Longino lo sabía. Por eso trataba las palabras como si fueran espadas y el aprendizaje estético como una “lucha”, un agón, con los grandes maestros. Puede que esa sea también la solución actual: afinar la disección quirúrgica para reconocer las fuentes y los desvíos de la reflexión estética.

Es difícil aceptarlo, pero ‘Star Wars’, Marvel o TikTok tienen algo de lo que históricamente se convino en llamar ‘sublime’

Todo empieza con este enigmático tratado griego de época romana, Acerca de lo sublime (Peri hypsous), que pasa de forma subterránea por el medievo y el Renacimiento y es recuperado en el XVII y XVIII, en una conocida querelle entre los “partidos” estéticos que discuten sobre la superioridad del paradigma antiguo o del moderno. ¿Homero o Milton? ¿Sófocles o Shakespeare? En breve, el debate sobre estilos y géneros literarios amplía el foco moral aristotélico con las consideraciones de carácter psicológico y antropológico de Burke y se expande de forma revolucionaria en la filosofía alemana, con Kant, Schelling y Hegel, por mencionar sólo los más conocidos de los muchos que se ocuparon de esta noción. En aquellos dos siglos cruciales para el pensamiento occidental, lo sublime sufrirá su metamorfosis más importante, dejando atrás, paulatinamente, la areté del concepto antiguo y asumiendo una cara cada vez más inquietante. Sería fascinante poder reconstruir y recorrer estas transformaciones, a veces tan evidentes que nadie las ha cuestionado jamás: por ejemplo, el mismísimo nombre de aquello que hoy llamamos “lo sublime”, que resulta de una dudosa traducción por un escurridizo vocablo latino (sublimis, con su cuestionada etimología, acaso de sub-limen) de lo que, en realidad, en griego se refería simplemente a “lo alto” (hypsos). Esta nueva edición ofrece la posibilidad de recorrer todo ese camino con detalle, desde el comienzo obligado: Longino. Además, en España teníamos una vieja deuda pendiente con el autor —a veces lo llamábamos Pseudo-Longino o incluso el “Anónimo”—, que hoy finalmente se subsana.

'Los siete palacios celestes', de Anselm Kiefer, en el Hangar Pirelli de Milán.
'Los siete palacios celestes', de Anselm Kiefer, en el Hangar Pirelli de Milán. Giulio Paolicchi; (Alamy) (Giulio Paolicchi (Alamy))

Pero ¿quién era, entonces, este “santo patrono” de la deconstrucción literaria? Durante mucho tiempo se pensaba en un autor de la Antigüedad tardía, quizás el heroico Casio Longino, que muere tras instigar la insumisión de Zenobia contra Roma. Luego la crítica filológica empezó a cuestionar esta identificación y ahora, según la documentada introducción de Papoulias, Dionisio Longino podría ser aceptado como un autor real, un griego filorrepublicano nacido en época augústea, que retoma todo el arsenal de las nociones clásicas y lo eleva a otro nivel, abriendo las vías hacia una crítica literaria pionera. Estudia a Homero y a Safo, y los detalles geniales de historiadores y oradores, pero teoriza la belleza incluso en la ruina. Busca la altura del estilo no sólo en palabras, sino también en el silencio, y usa fuentes nunca holladas anteriormente, como el Génesis de los hebreos (por ejemplo, en una curiosa coincidencia, hypsistos, o “altísimo”, se llamará al dios monoteísta de los judíos paganizantes del helenismo).

En el concepto moderno no todo es grandeza y elevación, sino también descenso a las tinieblas, como diría Cioran

Después de Longino, se abre un abismo de más de 1.000 años donde tanto el autor como el concepto de lo sublime supuestamente desaparecen. Pero puede que, como propone Papoulias en una novedosa vía de investigación, se puedan rastrear sus huellas en los orígenes de la estética bizantina, del icono claroscuro, a través del neoplatonismo y de otro Dionisio, esta vez el Areopagita, para mostrar cómo lo hypsos sobrevivió y llegó hasta nosotros de otra forma, muy distinta, a las oscuridades burkianas y después románticas. En efecto, se debe a Burke (1757) la búsqueda de las fuentes de lo sublime en las emociones más poderosas, las causadas por el terror y la percepción del peligro. Esto no lo toma de Longino, a quien ciertamente conoce bien, pero tiene claros precedentes griegos en el tratamiento de Aristóteles del terror y la compasión, en la Poética y la Retórica. En la primera, la llamada catarsis se produce en el alma del espectador de la tragedia por esa combinación de emociones, que se estudian también, en la segunda, para dar hondura al pathos del discurso. Con la intuición del peligro en un escenario trágico, Burke sigue a Lucrecio; con lo sublime de la naturaleza a Virgilio. Pero sobreabunda el terror como fuente. No por casualidad la novela gótica y sobrenatural despegan poco después de él.

Espectadores en la Capilla Rothko de Houston, que contiene 14 de sus pinturas negras, en una imagen de 1977.
Espectadores en la Capilla Rothko de Houston, que contiene 14 de sus pinturas negras, en una imagen de 1977.Romano Cagnon (Hulton Archive/Getty Images) (Romano Cagnon (Hulton Archive/Ge)

Otro es el mundo que inau­guran las observaciones de Kant (1764) acerca de lo sublime, piedra angular para la posteridad. Para el Kant precrítico, que también regresa a Aristóteles, la tragedia se distingue de la comedia precisamente por el sentimiento de lo sublime. También es deudor de la teoría humoral, tan cara a la medicina hipocrática, al relacionar la grandeza trágica con la melancolía, que Burton reelaborara a partir de los clásicos un siglo antes. Muy otro es el buen “humor” de la comedia, que carecería de la propiedad de lo terriblemente sublime. Los cuatro temperamentos clásicos —melancólico, flemático, colérico y sanguíneo— están presentes en la estética kantiana y será propio de los nacidos bajo el signo del melancólico Saturno, como ya trataban los antiguos, el genio de la sublimidad. La génesis del creador y artista inspirado, refundido desde la inspiración platónica y el genio aristotélico en una nueva mitología romántica, estaba servida. Los torturados epígonos de Longino bifurcan entonces en doble dirección —hacia arriba y hacia abajo— lo sublime moderno: no todo es grandeza y elevación, sino que existe el sumergirse en las tinieblas del descensus o, como diría Cioran, en las cimas de la desesperación. Spengler hablará del horror —cósmico, lo llama— que embarga el alma del verdadero artista, a la infinita soledad, a las potencias extrañas de la naturaleza y del más allá, como la más sublime de todas las emociones creadoras. De ahí, por supuesto, los vacíos cósmicos de Lovecraft, en las postrimerías de lo gótico y lo terrorífico, pero también, en su cruce con el nacionalismo político, lo sublime autócrata, en Speer o Riefenstahl, con la estética de los totalitarismos. Más allá, hace poco Jon Juaristi mencionaba la estética y política burkiana en Sacra Némesis al hilo de la mitología del terrorismo de ETA. Nada más lejos del Peri hypsous longiniano, desde luego.

Esta estética sobrevive en las postrimerías de lo gótico y lo terrorífico, pero también en su cruce con el nacionalismo

El problema que viene a constatar esta nueva edición y comentario es la distancia entre antiguos y modernos con la gran laguna de una Edad Media más moderna de lo que creemos. Si no, ¿por qué Hölderlin puede hablar de “caer en lo alto”? ¿Por qué Rilke cita un antiguo manual de iconos, y un himno ortodoxo que “remonta a lo profundamente inaccesible”? ¿Por qué Hugo Ball, en el cabaré dadaísta, se viste de patriarca ortodoxo tras escribir un libro sobre santos bizantinos? No sigamos: para las postrimerías de lo sublime griego me remito al imprescindible epílogo de Papoulias sobre el siglo XX, en arte, cine y música, con las sublimidades iconoclastas de Malevich, Kiefer o Sigur Rós. Volver al Acerca de lo sublime, en suma, es regresar a la experiencia longiniana de elevación, éxtasis colectivo y poética exquisita. En esta larga historia, en fin, es obvio que no se podía dar una respuesta unívoca a la pregunta por lo sublime de aquella perspicaz estudiante: sólo cabe rastrear la recepción de las ideas clásicas y cómo, por imitación, contestación, querella y a veces subversión, han producido conceptos de sublimidad que marcan toda revolución estética hasta hoy.

David Hernández de la Fuente es escritor y catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid.

De Hölderlin a Nick Cave

"Lo sublime es así, te jode vivo" (the sublime is like that, it fucks you up). Con estas provocadoras palabras del premio Nobel irlandés Seamus Heaney comienza el prólogo de la nueva edición del Acerca de lo sublime, de Longino, a cargo de Haris Papoulias. Esta nueva traducción supone un giro radical en la recepción de esta importantísima obra griega, que ha tenido una fortuna ambivalente en nuestro país. Su abordaje es el de un experto en estética que conoce la lengua griega en su longue durée y domina la exégesis filosófica entre la antigua Grecia, Bizancio y el idealismo, sin descuidar nuestra actualidad, como se ve en sus diálogos críticos con teóricos y artistas de lo sublime contemporáneo, de Baldine Saint Girons a Jean-François Lyotard, y de Barnett Newman a Anselm Kiefer. Las traducciones de Longino que había hasta ahora en castellano no cumplían el requisito que necesita este difícil tratado, el de combinar exactitud filosófica con acribia filológica. El volumen lo abre una introducción de carácter histórico-filológico sobre la figura y la obra de Dionisio Longino; sigue la traducción del texto, abundantemente anotada con las obras y los personajes mencionados por el autor; pero su prolijo comentario es la aportación más destacada. Casi cada línea del texto antiguo está glosada en una tercera parte, en la que se retoman las expresiones clave, informando de cómo se presentan realmente los conceptos en el texto original, de forma que, a menudo, se abren nuevos horizontes de comprensión. 

Era imprescindible recuperar así a Longino, con toda su carga literal y metafórica, literaria y filosófica, pues hasta ahora no había sido posible leerlo así en castellano. Tras el comentario, Papoulias ofrece un “epílogo intempestivo” sobre lo sublime moderno y posmoderno, que pone en su lugar actual el tratado, con referencias al arte y la estética contemporánea, al cine, a la música o a las series. Esta última parte propone un recorrido filosófico por la cultura contemporánea, de lo sublime retórico a lo sublime histórico: Hölderlin mano a mano con Nick Cave, Anne Carson y Hegel, Hitler y Donald Trump, e incluso eslóganes y guiones de televisión, unidos bajo el evanescente concepto de lo que —por alguna extraña razón— seguimos llamando “sublime”. En suma, es de esperar que esta magnífica edición y comentario, que equilibra la profundidad filosófica y la agudeza filológica, el saber clásico y la actualidad estética, revitalice y justiprecie el Acerca de lo sublime, de Longino, en nuestros días.

Lecturas

Acerca de lo sublime. Longino. Traducción de Haris Papoulias. Alianza, 2022. 432 páginas, 15,95 euros.

Lo bello y lo sublime. Immanuel Kant. Eneida, 2022. 100 páginas. 11 euros.

La teoría de lo sublime: de Longino a Kant. Robert Doran. Traducción de Luisa F. Lassaque. Prometeo, 2021. 382 páginas, 15 euros.

Ventana a la nada. Emil Cioran. Traducción de Mayka Lahoz. Tusquets, 2021. 240 páginas, 18 euros. 

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