IDA Y VUELTAColumna
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Contemplación de Paco Gómez

El oficio de sastre debió de enseñarle al fotógrafo esa concentración que solo se consigue en la conjunción de la mirada y la destreza de las manos

'Maniquí' (1975), fotografía de Paco Gómez.
'Maniquí' (1975), fotografía de Paco Gómez.FRANCISCO GÓMEZ / (C) ARCHIVO PACO GÓMEZ / FUNDACIÓ FOTO COLECTANIA

Las fotos de Paco Gómez en la Academia de San Fernando son un secreto bien guardado en el interior de otro secreto. La Academia de San Fernando es un museo prácticamente secreto que tiene una fachada formidable y está en el mismo centro de Madrid. Me alegró verla con mucho público, a pesar de las cautelas de la pandemia, en la gran exposición fotográfica de Galdós del año pasado, reflejo de un libro de Publio López Mondéjar, que tiene una visión erudita y generosa de la fotografía, y que encarna en sí mismo la historia completa de ese arte tantas veces maltratado en España. Pero lo habitual de las salas de la Academia es que haya poca gente y reine el silencio, lo cual favorece la contemplación y la acompaña de algo tan esencial para ella como la pérdida del sentido del tiempo. Silencio y tiempo detenido lo envuelven a uno cuando se detiene, por ejemplo, delante del Sueño del caballero, de Antonio de Pereda, donde un ángel afable le muestra a ese hombre dormido el catálogo de todos los vanos bienes terrenales que irá perdiendo con el paso de los años y le serán arrebatados del todo por la muerte: el oro, las perlas, los naipes, la música, las rosas, las máscaras del carnal y del teatro, las armaduras, los mapamundis, las mitras, las coronas, las tiaras papales, las armas de fuego, los saberes de los libros. Las “vanidades” de Antonio de Pereda son menos truculentas que las de Valdés Leal. En el retrato de la fugacidad de las cosas hay celebración y melancolía, no denostación acusadora.

En realidad yo no venía a la Academia para ver a Pereda, ni a Zurbarán, ni a Goya, como otras veces, sino en busca de las fotos de Paco Gómez, pero el museo secreto mantiene en secreto sus propias iniciativas, y en la fachada del edificio no hay ningún cartel que anuncie la exposición. Las medidas de seguridad vuelven más cavernoso el gran vestíbulo de duros bloques de granito. El mostrador de información de la entrada ha desaparecido. En los muros desnudos no hay ningún cartel. Se abren ante mí las puertas automáticas y un bedel que parece alarmado por mi irrupción viene hacia mí esgrimiendo una de esas pistolas siempre algo amenazantes de toma de temperatura. Me la aplica quirúrgicamente a la muñeca. Por un momento ha parecido que iba a tomarme el pulso además de la temperatura corporal. Como tiendo a desalentarme ante la menor inconveniencia, imagino que me he equivocado, que la exposición de Paco Gómez terminó hace tiempo, que es en otro sitio. Aun así, le pregunto por ella al bedel, que hace un vago gesto vertical, implicando una gran distancia. “Eso va a ser arriba del todo”.

Uno no puede escalar estos peldaños punitivos de la Academia de San Fernando sin preguntarse cómo sonarían sobre ellos los pasos lentos de don Francisco de Goya. A Goya lo imagina uno corpulento y fatigado, tal vez hosco, subiendo con determinación, la cabeza borrascosa inclinada hacia delante, las manos a la espalda, confinado en la campana de vidrio de la sordera. En la sala que hace de taquilla y de tienda tampoco hay el menor indicio de la exposición de Paco Gómez, ni un cartel, ni un catálogo, pero sí un gesto animoso que vuelve a señalar hacia arriba. Veo al fondo siluetas de cuadros y no puedo resistirme. El ascenso a la tercera planta queda ahora postergado. Cómo voy a resistirme a Ribera, a Zurbarán, a Murillo, a Alonso Cano, a Pereda, a Goya, si además voy a tenerlos casi en exclusiva para mí. Los blancos de cal de los hábitos cartujos de Zurbarán son los mejores blancos que ha dado la pintura. Las manos severas y sensitivas de los monjes sostienen plumas de escribir y grandes libros abiertos. La pintura es una disciplina de quietud y silencio. Un bodegón con limones de Juan de Zurbarán, discípulo de su padre, muerto a los 29 años, me prepara aún mejor, sin que yo lo sepa todavía, para el encuentro con las fotos de Paco Gómez.

La tercera planta de la Academia de San Fernando es la más secreta de todas. Tantas veces que he venido al museo y no había subido a ella nunca. Como una cámara recién descubierta en una pirámide, está llena de tesoros. Hay una Cupletista descarada y fumadora de Gutiérrez Solana que lo deja a uno paralizado ante ella con el hipnotismo de sus ojos. Hay algunos de esos pequeños bocetos al óleo que hacía Sorolla en un momento sobre un trozo cualquiera de cartón con una fulminante maestría como de pintor japonés. Hay tramas metálicas irisadas de Manuel Rivera, a quien yo conocí hace muchos años en Granada, junto a mi amigo Juan Vida, y un lienzo grande, rotundo de colores, tocado de humorismo y poesía, de Juan Navarro Baldeweg.

Y en una sala recogida y de iluminación tenue están por fin las fotos de Paco Gómez. “Los obstáculos en mi camino se convirtieron en mi camino”, dice Nietzsche. Si no hubiera dado tantas vueltas y no hubiera tardado tanto en llegar a ellas, no me causarían una impresión tan profunda esas imágenes. Paco Gómez es un artista tan contemplativo como los zurbaranes, tan extasiado ante la simple belleza de las cosas inmóviles, alzadas sobre la fugacidad del tiempo por el puro acto de la atención. A Paco Gómez, que se llamaba a sí mismo fotógrafo aficionado, su oficio de sastre debió de enseñarle ese grado de concentración espiritual que solo se consigue en la conjunción de la mirada y la destreza de las manos. Paco Gómez fue un Morandi y un Frederic Mompou de la fotografía, un místico a la manera de Sánchez Cotán, de Mark Rothko, de Juan Gris. Su sensibilidad hacia las formas limpias y las texturas ricas y ásperas de las superficies alteradas por la intemperie lo acerca a la gran pintura abstracta: trasmite la materialidad de una pared cubierta de carteles, o del muro de una medianera, con la fuerza tangible de un cuadro de Tàpies. Y al mismo tiempo, perteneciendo a la edad de oro de la fotografía testimonial, Paco Gómez conjuga su ensimismamiento contemplativo con la cotidianidad de la experiencia común, la precisión documental de su tiempo: igual que Francisco de Zurbarán muestra el barro de las baldosas y el tejido de los hábitos blancos de sus frailes, y su hijo Juan, la piel rugosa y delicada de unos simples limones.

Paco Gómez. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid. Hasta el 20 de junio.

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