Literatura

La gran mentira de Patricia Highsmith

La narradora estadounidense, en su centenario, mantiene su relevancia como inventora de una nueva forma de contar historias policiacas

La escritora Patricia Highsmith.
La escritora Patricia Highsmith.

Cuando se cumplen cien años de su nacimiento, la obra de la escritora estadounidense Patricia Highsmith —Forth Worth, EE UU, 19 de enero de 1921–Locarno, Suiza, 4 de febrero de 1995— cobra una nueva relevancia. Si hay un tema que une sus mejores libros —la serie de Tom Ripley, El temblor de la falsificación, alguno de sus cuentos recogidos ahora por Anagrama en un solo volumen— es la idea de la mentira como forma de vida. En la era de las noticias falsas y de los hechos alternativos de Donald Trump, la posibilidad de que se pueda construir toda una vida sobre una mentira, y vivirla tranquilamente, resulta especialmente poderosa. En ese sentido, Highsmith adelantó el tema central de novelas que han tenido un impacto enorme en los últimos años, como El adversario, de Emmanuel Carrère, o El impostor, de Javier Cercas.

El otro argumento sobre el que pivota la literatura de Highsmith, texana afincada en Suiza, que prefería los gatos (y los caracoles que mantenía como animales de compañía) a las personas, es que el crimen se encuentra escondido en el corazón de la vida cotidiana: cualquiera puede ser un asesino o una víctima. Sus historias no hablan de policías y ladrones, ni sus personajes pertenecen al mundillo de los sospechosos habituales: sus protagonistas son casi siempre seres normales envueltos en un torbellino criminal. O, como en el caso de Ripley, se trata de criminales que logran construir una fachada anodina de respetabilidad. Extraños en un tren, que Alfred Hitchcock llevó al cine en 1951, reúne esos dos temas: dos personas aparentemente normales (uno de ellos es un psicópata, pero lo disimula muy bien) se cruzan en un viaje anodino y lo que empieza casi como un juego acaba en una tragedia.

Lo que trajo el gato, uno de sus grandes relatos, que forma parte del libro La casa negra, arranca con una familia que está tranquilamente divirtiéndose con un juego de mesa cuando aparece el felino de la familia con dos dedos humanos en la boca. Este cuento, ahora reeditado, también puede servir para resumir su obra: la muerte, el crimen, siempre están ahí fuera. Rescate por un perro, sobre una pareja que se enfrenta al secuestro de su mascota; El juego del escondite, ambientado en Venecia, sobre un padre obsesionado por la muerte de su hija, de la que culpa a su yerno; o El hechizo de Elsie, sobre una modelo en el Greenwich Village neoyorquino con un asesinato insospechado, son libros que reflejan ese mundo un poco psicopático y siempre inquietante que supo construir Highsmith.

En el prólogo a la nueva edición de sus cuentos, Anagrama ha rescatado un texto del gran novelista inglés Graham Greene que resume ese universo literario imprevisible, en el que los personajes siempre acaban metidos en líos siniestros: “Nada es seguro al otro lado de la frontera. No estamos ya en el mundo que creíamos conocer, sino en otro que, de un modo aterrador, parece más real que la casa de al lado. Los actos son repentinos y espontáneos y los motivos a veces tan inexplicables que solo podemos darlos por válidos”. Greene y Highsmith compartían una enorme afición por ambientar sus novelas en escenarios repartidos por medio mundo, con personajes que visitan la sucursal de American Express en busca de mensajes o dinero, implicados en asuntos turbios y que se encuentran con otros personajes como ellos en esa extraña tierra de nadie en la que transcurre su vida.

El temblor de la falsificación somete al lector a una inquietud constante sin que, por lo menos en las primeras páginas, pase nada especial. Las vidas de tres expatriados se cruzan en la ciudad tunecina de Hammamet, descrita con una precisión obsesiva, hasta que como siempre las cosas empiezan a complicarse. Sus protagonistas son arrastrados por problemas aparentemente insignificantes que acaban por ser letales. Greene la consideraba su “novela más lograda”. “Y si me preguntaran de qué trata, contestaría: ‘De la aprensión”, escribió.

Ningún personaje se identifica tan profundamente con la literatura de Highsmith como Tom Ripley, ese mentiroso, asesino, estafador, que vive plácidamente en un pueblo burgués de los alrededores de París sentado sobre una montaña de mentiras y crímenes. Desde la primera novela, publicada en 1955, El talento de mister Ripley (llevada dos veces al cine) hasta la quinta y última, Ripley en peligro, de 1991, Highsmith construye un personaje que debería resultar odioso, pero que es imposible no encontrar atractivo. “Hay muchas clases de libros de suspense que no dependen de héroes psicópatas como los míos”, escribió en su libro Suspense, un compendio de consejos literarios. “Los narradores que deseen escribir libros parecidos a los míos se encuentran con un problema extra: cómo hacer que el héroe sea simpático o, al menos, que sea razonablemente simpático”. En el caso de Ripley estamos hablando de un asesino tan implacable como irresistible.

La persona detrás de esta fascinante literatura del mal era, por decirlo con circunloquios, bastante compleja. Maruja Torres la entrevistó para este diario en 1995 y relata que la conversación empezó de la siguiente manera a las 10.00. “Preguntó: ‘¿Bebe usted por las mañanas?’. Yo miré el reloj de soslayo y luego la miré a ella. ‘Desde luego’. Y funcionó”. Su biógrafa Joan Schenkar empieza así su minucioso repaso de su vida (casi 800 páginas): “No era simpática. No era educada. Y nadie que la conociera bien habría dicho que era una mujer generosa”.

Sus diarios completos, de los que se conoció algún adelanto en 2019 y que serán editados este año en inglés (en español llegarán de la mano de Anagrama en 2022), son demoledores: en ellos aparece como antisemita, racista y homófoba, pese a que era lesbiana y, además, rompió un tabú muy importante con la novela El precio de la sal, de 1952, en la que se basó la película Carol: relatar una relación homosexual entre dos mujeres que no acaba en tragedia. “Odiaba a los judíos y a los negros; era, además, una lesbiana que odiaba a las mujeres”, señaló sobre sus diarios a The New York Times su biógrafo Andrew Wilson.

Sin embargo, en el centenario de su nacimiento, sus libros siguen ahí, editados, leídos, adaptados al cine. Su obra mantiene intacta la poderosa atracción que ejerce, la sensación de que, a través de ella, nos asomamos al abismo del que todos tratamos de huir. Schenkar recuerda al final de su biografía una frase que Patricia Highsmith anotó el 1 de enero 1947 como ‘Brindis de año nuevo’: “Brindo por todos los demonios, por las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: que no me den descanso”. Y apostilla: “Nunca se lo dieron”. Y gracias a ello tenemos una de las obras más brutales, rotundas e inquietantes de la literatura del siglo XX.

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