Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El escenario del crimen

La creadora de Ripley desvela el origen y los primeros pasos de su enigmático personaje

La escritora estadounidense Patricia Highsmith en 1987.
La escritora estadounidense Patricia Highsmith en 1987.

En mi primer libro sobre Tom Ripley, éste es un joven de 25 años, inquieto y sin tra­bajo en Nueva York, que temporalmente vive en el apartamento de un amigo. Se había quedado huérfano a una edad temprana y fue criado en Boston por una tía bastante tacaña. Tiene un cierto talento para las matemáticas y la mími­ca, y estas dos habilidades lo capacitan para llevar adelante. por carta y teléfono, un pequeño juego de intimidación a los contribuyentes estadounidenses: les pide un nuevo pago a una oficina del Servicio Interno de Recaudación cuya sucursal. dice, se encuentra en una determinada dirección: la del amigo en cuya casa está viviendo, y Ripley recoge las cartas cuando llegan, aunque no puede hacer nada con los cheques que éstas contienen excepto reírse con una extraña satisfacción.

Cuando Ripley se da cuenta una no­che de que es seguido en las calles de Manhattan por un hombre de mediana edad, su primer pensamiento es que el hombre es, o podría ser, un agente de la policía enviado para detenerle por su fraudulento juego tributario. El segui­dor resulta ser el padre de un conocido de Ripley al que a éste, de entrada, le resulta difícil recordar: Dickie Greenleaf, que ahora vive en Europa, dice el padre. Herbert Greenleaf invita a Tom a cenar al día siguiente, y en la cena Tom conoce a la madre de Dickie y tiene una visión momentánea de las más refinadas cosas de la vida: buen mobiliario, servicio de plata en la mesa, orden y buenas maneras. Estas cosas —se da cuenta Tom, y no por vez primera— constituyen sus aspiraciones. Además, los Greenleafle ofrecen costearle un viaje de ida y vuelta a Italia. Tom acepta ir.

Es la primera vez que viaja a Europa. Llega al pueblecito donde vive Dickie Greenleaf y va a visitarle. Cuanto más tiempo está con Dickie más envidia el modesto pero regular sueldo que a éste le paga un grupo de empresas de Estados Unidos; le envidia su independencia y lo que a Tom le parece su educación en las costumbres de los europeos. Pero cuando Dickie sorprende a Tom probándose uno de sus trajes, se enfada muchísimo y llega al punto de pedirle que salga de la casa. No obstante, se van juntos a San Remo, y Tom mata a Dickie cuando están solos en una lancha motora a cierta distancia de la playa. Tom hunde el cuerpo en el agua con ayuda de unas piedras y se deshace de la motora de la misma manera. Al día siguiente vuelve a la casa de Dickie, donde empieza a inventar historias sobre la desaparición de éste.

A Tom se le interroga sobre el asesinato de Dickie, pero nunca se le acusa del mismo. Es el único asesinato que Tom lamenta profundamente y del que se siente avergonzado, porque es consciente de que lo llevó a cabo por egoísmo, codicia, envidia, cólera. Durante un cierto tiempo asume la identidad de Dickie, se hace con su pasaporte y lo utiliza, redacta un testamento a su favor y lo firma con el nombre de Dickie. El padre de éste, Herbert Greenleaf, se lo cree todo. Tom Ripley está en su camino, independiente y determinado a ascender, a mejorar de posición, según él lo ve.

Recuerdo el lugar donde nació Ripley, en el sentido de ser una imagen de poca importancia en mi memoria. En Positano, en mi primer viaje allí, en 1951, a finales de verano o principios de otoño. Yo estaba en un hotel con un amigo, y nuestra habitación o habitaciones tenían una terraza con vistas al mar y a la playa. La costa forma allí una acogedora curva con unas cuantas barcas de pesca amarradas o ancladas. Sin embargo, la playa está llena de guijarros y resulta desagradable andar por ella. Una mañana, alrededor de las seis, me desperté y salí a la terraza. Todo estaba sereno y tranquilo. Los acantilados se alzaban a gran altura a mi espalda y estaban fuera de mi vista en ese momento, pero sí eran visibles a la derecha y a la izquierda. No había un alma en los alre­dedores, nada se movía excepto una o dos gaviotas; luego me di cuenta de que un joven solitario, en pantalón corto y sandalias, con una toalla echada sobre el hombro, paseaba por la playa de derecha a izquierda. Miraba hacia abajo —quién no lo haría así, a causa de las piedras y guijarros—. Sólo podía ver que su pelo era lacio y oscuro. Tenía un aire meditabundo, tal vez preocupado.

Y ¿por qué estaba solo? No parecía el tipo atlético que se daría un baño frío a solas y a una hora tan temprana. ¿Se había peleado con alguien? ¿Qué era lo que bullía en su mente? Nunca más le volví a ver. Ni siquiera escribí algo sobre él en mi cahier. ¿Qué habría podido decir? Su apariencia era la de otros mil turistas estadounidenses en Europa ese verano. 

Una figura solitaria

Meses después, la escena de la playa vol­vió a mi mente. Mientras tanto, yo había escrito algunos relatos cortos y un par de artículos, por supuesto. Estaba familiarizándome cada vez más con Europa y con la forma de vida de la gente en Fran­cia, Alemania e Italia. Era mi segundo viaje a Europa, iba a durar dos años y tres meses, e incluía Trieste y Múnich. Empezaba a notar no tanto la atracción de Europa, sino la posibilidad de una afinidad con ella, tan profunda e importante que podía no desear ni necesitar discutirla con mis amigos o mi familia. Me vino la idea de un joven vagabundo estadounidense enviado a Europa para, si era posible, hacer regresar a casa a otro estadounidense. Debí haberme dado cuenta entonces de que la idea se parecía a la de The ambassadors, de Henry James. No obstante, la mía iba a tener más de una desviación del tema de James. 

Y luego, cuando pensaba en el primer libro sobre Ripley, cuando escribía las primeras páginas, no estoy segura de que me viniera a la mente la imagen de la playa de Positano con la figura solitaria. La imagen no estaba sobre el papel. Nunca la utilicé en una escena en Positano (di otro nombre a la ciudad). Era algo en mi mente parecido a una fotografía descolorida aunque indeleble, casi olvidada, hasta que años más tarde los periodistas me preguntaron: "¿De dónde sacó usted la idea para Ripley?", y cuando me devanaba los sesos para contestarle, para recordar exactamente dónde, volvió a mí la figura solitaria, y describí su apariencia como la había visto desde una distancia de doscientos o más metros. "¿Conoció usted alguna vez a ese hombre?", sería la siguiente pregunta. No, no estoy segura de que le haya visto nunca de nuevo en un restaurante o un bar de Positano. Permanecí en Positano unos cuantos días más en ese primer viaje, pero no se me ocurrió echar una mirada alrededor buscando al tipo estadounidense que había visto esa mañana temprano. ¿Qué bien me hubiera venido verlo? Detalles más precisos podrían incluso haber estropeado todo. En cualquier caso, cuando tuve una oportunidad de ver de nuevo a ese joven, es decir, cuando estuve en el sur de Italia, la idea del primer libro sobre Ripley no estaba en mi mente.

La playa de Positano

Puedo imaginar dos motivos para que los criminales vuelvan al escenario de su crimen: ver si han dejado alguna prueba incriminatoria, o hacer revivir la emoción o el placer que les proporcionó la realización del hecho —tal vez—. Un tercer motivo, supongo que creíble en algunos casos, es el deseo de ser reconocido, acusado y apresado. Los anales del crimen están llenos de ejemplos de retornos, y los asesinos admiten a menudo un deseo de regresar al lugar y errar por él simplemente para que se les detenga y se les preste atención. 

El trozo de la playa de Positano, que no ha cambiado mucho si se exceptúa que ahora puede albergar algunas barcas y algunas personas más, no ejerce en mí una particular fascinación. Ripley no nació realmente allí, y necesitó de otro elemento para saltar la vida: la imaginación, que llegó muchos meses más tarde.

Las inquietantes andanzas de un canalla seductor

R.D.E.

Con el personaje de Tom Ripley, Patricia Highsmith ha conseguido algo que no está al alcance de cualquier narrador: que el lector se intereses por las andanzas de un sujeto amoral y dañino que, curiosamente, siempre acaba cayendo más simpático que los individuos, no menos turbios que él, con los que se cruza y a los que se ve forzado a eliminar. Han pasado 35 años desde que la señor Highsmith nos presentara al extraño Tom en A pleno sol; 35 años en los que hemos podido seguir la evolución del personaje, desde la más absoluta miseria hasta una cómoda vida burguesa, a través de cinco novelas. Durante todo ese tiempo, Ripley ha dejado de ser un adolescente temeroso y confundido, hijo de unos padres prematuramente desaparecidos que le confiaron a una tía que rea una auténtica rpía, para convertirse en un pilar de la provinciana sociedad francesa que le acogió desde su matrimonio con una rica heredera.

Al principio las cosas no le fueron tan bien. Recordémosle en A pleno sol, pasando hambre en las calles de Nueva York y aceptando un trabajo alimenticio de manos del millnario señor Greenleaf, preocupado porque su retoño, el infeliz de Dickie, anda holgazaneando por Italia en vez de cumplir con sus obligaciones en Nortamérica. Nada tenía que ver aquel Ripley inseguro, que tenía que llevarse a Dickie a casa sin saber muy cómo, con este gentleman farmer que protagoniza Ripley en peligro. Ahora Tom puede eliminar a quien le molesta sin arquear ni una ceja, pero hace años asesinar a Dickie Greenleaf le costó Dios y ayuda. Y es que, a su turbia y ambigua manera, le apreciaba. La ambigüedad sexual de Ripley estaba presente a lo largo de A pleno sol. Por eso nos sorprendimos al encontrarle, 15 años después, felizmente casado una dulce tontita francesa en La máscara de Ripley. Nunca nos hemos acabado de creer que la ame (un cierto cariño y basta), aunque Highsmith intercale a menudo comentarios al respecto. La hipótesis del braguetazo nos parece mucho más convincente. A fin de cuentas, Tom no sólo no quiere tener hijos con Heloise, sino que ni siquiera comparte su dormitorio. Da la impresión de que se ha buscado una cómoda tapadera que le permita seguir con sus trapicheos, en este caso un asunto de falsificación de cuadros que se salda, una vez más, con sangre: la del falsario Bernard Tufts y la del entrometido Murchison. 

Cuatro años después, en El amigo americano, los muertos serán dos mafiosos. Ripley, siguiendo su peculiar escala de valores, no soporta a los chicos de la cosa nostra. Así que los eliminará con la complicidad de un enfermo terminal por el que llega a encariñarse sinceramente.

Y es que Ripley, aunque de un modo oblicuo, experimenta sentimientos hacia la gente con la que se cruza (hombres, principalmente). Y lo mismo le sucede a quienes se cruzan con él.

Este es el caso de Frank Pierson, el extraño adolescente con un horrible secreto a la espalda que se pega a él como una lapa en Tras los pasos de Ripley (1980). Con frank, al que Tom ve, en cierta medida, como alguien muy parecido a Dickie Greenleaf, se repite la ambigua relación mantenida hace años en Italia. Juntos atraviesan varios países mientras la adorable Heloise, como de costumbre, se las apaña muy bien para hacer ver que no se entera de nada.

Ripley en peligro es, hasta el momento, la última aparición pública del extraño Tom. A pesar de su título español, el peligro es aquí menos evidente que en las anteriores entregas de la saga.

Aunque la vida de Ripley es precaria y se basa en una utilización constante de la astucia para hurtar el cuerpo a un pasado de crímenes, timos y asuntos sucios, nuestro hombre, en el fondo, ha vencido al a sociedad y ha sabido utilizarla perfectamente en su beneficio. Su peripecia vital nos recuerda que no es necesario ser bueno para triunfar, sino que una mezcla de maldad e inteligencia da mejores resultados.

Ahí le tenemos, con varios crímenes a la espalda, cultivando sus dalias en el jardín y comiendo langostas a cuya agonía se niega a asistir: nada hiere más la sensibilidad de Tom Ripley que el ruido de las patas de un crustácero contra el cristal del microondas.