La historia de cómo EL PAÍS se transformó el 11-M para contar el horror
Un periodista llama desde un balcón que daba a las vías, reporteros de todas las áreas volcados en el atentado, una edición extra y otra de 50 páginas escritas en 10 horas

Pasadas las 7.30 del jueves, 11 de marzo de 2004, estallaron casi simultáneamente 10 bombas ocultas en 10 mochilas repartidas en cuatro trenes de la red de cercanías de Madrid. Las historias de heridos, muertos, miserables, héroes y culpables contenidas en esa frase son infinitas y empezaron a ramificarse a partir de ese instante. Tal vez cada madrileño recuerde la suya. Yo era por entonces reportero de la sección de Madrid de EL PAÍS, tenía una hija pequeña y, como cada día, mientras desayunaba, oía la radio. Iñaki Gabilondo hablaba en la Cadena SER de un atentado en Atocha, sin precisar demasiado, con la incertidumbre que acompaña siempre a ese tipo de noticias en los primeros momentos, con el conteo creciente de muertos en cada conexión. Entonces me llamó el redactor jefe de la sección de Local, mi jefe, Jesús Duva. El director adjunto del periódico de aquella época, José María Izquierdo, se había levantado sobre las ocho de la mañana, y también había escuchado a Gabilondo. Enseguida fue consciente de que lo que acababa de ocurrir era grave. Desayunó lo más deprisa que pudo y pidió un taxi para llegar cuanto antes al periódico. Fue el primero. Empezó a llamar a los jefes para que estos movilizaran a los redactores. “Muchos ya se habían puesto en marcha por su cuenta”, precisa Izquierdo.
Uno de ellos era Carlos Castro, jefe de sección de España. Oyó los bombazos desde su casa. Empezó a llamar por teléfono, asomado al balcón. A Carlos Arribas, redactor de Deportes, cuya casa daba a la vía del tren de la calle de Téllez, también le despertaron las bombas. Por la ventana vio un tren parado, envuelto en humo, y bajó a ver qué ocurría. Se encontró con gente que salía aturdida, desorientada y herida de los vagones. Deambuló por la zona tan desconcertado como las víctimas. Ayudó en lo que pudo. Le sorprendió ver muchas personas sentadas aún en sus asientos. “¿Qué hace toda esa gente ahí?”, pensó, sin darse cuenta de que eran cadáveres de viajeros fallecidos en el instante de la explosión.
Duva repartió a sus redactores de Local según iba conociendo la magnitud y los escenarios de la tragedia. A mí me mandó a la estación de El Pozo del Tío Raimundo, en Vallecas. En el taxi me crucé con decenas de coches cargados de heridos lanzados a toda velocidad, haciendo sonar enloquecidamente el claxon, en dirección al hospital Gregorio Marañón. Era un síntoma de que la ciudad —mi ciudad— acababa de encajar un golpe atroz y parecía tambalearse. En Vallecas los vecinos, asombrados, asustados, encolerizados, contaban como podían lo que acababan de ver en las vías del tren de la estación de su barrio, más allá de la zona acordonada. Una confusión desquiciada de ambulancias y coches de bomberos y de policía lo invadía todo. De vez en cuando se producían falsas alarmas de nuevas bombas y corríamos de un lado a otro tratando de evitar no se sabe qué.
El actual director del periódico, Jan Martínez Ahrens, era aquella mañana jefe de sección de Sociedad y recibió muy pronto el encargo de coordinar toda la información que iba llegando de los hospitales. Dejó a sus hijas pequeñas en el colegio y se dirigió a toda prisa al periódico. Por el camino vio autobuses llenos de heridos. Nada más llegar se puso a la tarea. Solo en el Gregorio Marañón, en una hora, ingresaron 229 personas. Jamás se había visto un aluvión semejante. Por los hospitales desfilaba también el doloroso ejército de personas que buscaba con desesperación a sus familiares, los llamaban sin parar sin recibir respuesta. Los vecinos de Madrid se volcaron en un impulso inaudito y solidario hacia los centros de donación de sangre, colmados a las pocas horas.
A eso de las 11.30 me dieron la orden de volver a toda prisa porque el periódico iba a sacar una edición especial a la una de la tarde. La Redacción se había reorganizado completamente a fin de volcar todos los recursos en la cobertura del atentado. Cada reportero tenía un compañero que, sentado al lado, leía por encima del hombro para corregir los errores al momento. No habría mucho tiempo para editar después. A mí me correspondió Jorge Marirrodriga, entonces redactor de Internacional, hoy editorialista. El subdirector Félix Monteira gritaba que como la autoría del atentado no estaba clara, no se la atribuyéramos a nadie. Si alguien había puesto ETA en un texto, debía borrar la mención. Cuando esa edición estuvo lista, incluida la primera página, con el titular “Matanza terrorista en Madrid”, el director, Jesús Ceberio, recibió a las 13.06 una llamada del presidente del Gobierno, José María Aznar, que duró menos de dos minutos. Aznar, sin aportar pruebas —y por razones electorales— aseguró que los autores del atentado pertenecían a ETA y Ceberio, en el que ha calificado siempre como el mayor error de su carrera profesional, le creyó la mentira. Aquella edición saldría con el titular de “Matanza de ETA en Madrid”.
Tocaba preparar la edición de por la noche, la que estaría en los quioscos al día siguiente. Los periodistas que habíamos estado en la calle volvimos a la calle. Se sumaron compañeros procedentes de todas las secciones: Deportes, Sociedad, Cultura, suplementos… Acudieron redactores de las delegaciones fuera de Madrid. Se reclutaron, incluso, a las decenas de alumnos de la Escuela de Periodismo, alojada en el mismo edificio que EL PAÍS. Ana Fuentes, entonces estudiante, actualmente presentadora del podcast Hoy en EL PAÍS, recuerda que le encargaron escribir el perfil de una persona fallecida de Guadalajara y que pensó que no iba a ser capaz. Pero lo fue.
Alguien ha definido la Redacción de un periódico como una legión romana, capaz de actuar con el mismo orden, disciplina y eficacia. También es un organismo extraño, que metaboliza bien las crisis y se desenvuelve mejor cuanto mayor es el caos que reina afuera. Ponga usted un mundo patas arriba —o una ciudad— y el periódico encargado de describirlo lo hará con la precisión de un relojero.
Aquella edición tuvo más de 50 páginas dedicadas al atentado, elaboradas en menos de 10 horas. Izquierdo recuerda aún lo larga que era la maqueta: “No cabía ni en la mesa de reunión”. Y del resultado: “Quedó bien, hicimos un buen periódico”. Martínez Ahrens asegura que aquel día EL PAÍS “dio cuenta del atentado en toda su dimensión, no solo en la política y policial: también en la social y ciudadana”. El titular de la portada ya no iba contaminado por la mentira de Aznar: “Infierno terrorista en Madrid: 192 muertos y 1.400 heridos”. Se cerró a la hora.
Ya muy tarde, volví a casa. La ciudad —mi ciudad— estaba vacía, noqueada. La frenética actividad de la mañana —los telefonazos, los taxis con heridos, la gente agolpándose ante los hospitales para donar sangre— dejó paso de noche a una necesidad de recogerse, de refugiarse. En casa, mi hija dormía ajena a todo y verla dormir era una forma de conjurar el atentado. Me merecía un descanso, como el resto de mis compañeros. Al día siguiente volveríamos al 11-M, pero eso sería al día siguiente. Me entraron ganas de fumar —entonces todos fumábamos— y salí a comprar tabaco a un bar cercano, junto al Gregorio Marañón. Dentro encontré una escena que no he olvidado: una veintena de familiares de los heridos que luchaban por su vida en el hospital miraban absortos en la televisión imágenes en bucle de los trenes agujereados. Nadie hablaba. Alguno lloraba o había llorado recientemente. Pensé en las personas para cuyo dolor no había hora de cierre, cuyo dolor se iba a extender a lo largo de toda esa larga noche y de todas las noches.



























































