Grace Coddington, una vida de moda

Muchos descubrieron a Grace Coddington gracias al documental ‘The september issue’, pero esta estilista lleva décadas protagonizando y creando memorables imágenes en ‘Vogue’.

Sus memorias ofrecen un relato en primera persona de los protagonistas y los cambios de la industria del último medio siglo.

Grace Coddington en 1974, cuando todavía era modelo / Willie Christie

¿Quién es Grace Coddington? Es una pregunta que muchos se hicieron después de ver el documental The september issue. Aquella película de 2009 mostraba el proceso de elaboración del número más importante del año de la revista Vogue y ofrecía luz sobre la enigmática figura de Anna Wintour, directora de la publicación y una de las mujeres más poderosas de la industria de la moda. Buena parte del éxito de la cinta, sin embargo, reside en que el público se enamoró de Grace Coddington, directora creativa de la cabecera.

El interés por esa mujer romántica y testaruda, que lleva más de 35 años creando memorables imágenes de moda, se disparó. A partir del estreno, en Chelsea –donde vivía y vive– la gente la reconocía; paseando por Manhattan, tras una cena con Nicolas Ghesquière, los móviles asomaban desde los bares. “Grace, Grace. Oh, Dios, es ella”, oía a su paso. Ante la avalancha de preguntas, la septuagenaria inglesa se encontró meditando acerca de algo para lo que nunca creyó llegar a ser “lo bastante vieja o lo bastante interesante”: escribir sus memorias.

Pasamos a Grace, la autobiografía que Turner publica en español. Aunque la estilista sostiene que “The september issue es la única razón por la que a alguien le pueda sonar mi nombre”, el aficionado a la moda lee ese arranque de modestia negando vehemente con la cabeza. En primer lugar, porque esta no es su primera incursión editorial. Publicó un libro que recopilaba sus mejores fotografías en Vogue cuando cumplió 30 años allí y también sacó a la luz sus dibujos de gatos en The catwalk cats. En segundo, porque tampoco esas dos se pueden considerar sus únicas incursiones narrativas. Las sesiones de moda que ha ideado y realizado –primero en la edición británica y luego en la estadounidense de la revista– la acreditan como una de las mejores contadoras de historias de la prensa en los últimos años. La diferencia estriba en que esta vez Grace utiliza palabras. Y en que la que cuenta es su propia historia y no una fantasía.

Y qué historia. El trayecto que separa su infancia en una brumosa playa de la isla de Anglesey, al norte de Gales, de la cima de la industria de la moda no solo muestra una asombrosa capacidad para transformarse, sino que está llena de anécdotas con personajes fascinantes, de Mick Jagger a Helmut Newton. Coddington asegura no haber leído más de dos libros en toda su vida y salta a la vista que su talento es más visual que literario, pero la sucesión de peripecias es tan entretenida y jugosa que se cuenta sola.

Pamela Rosalind Grace Coddington nació el 20 de abril de 1941. Se crio en un hotel costero con poco encanto que quedaba desierto en invierno, sepultado bajo una fina y persistente lluvia. De madre estoica y padre introvertido, fue una niña solitaria y enfermiza que dejó la isla a los 18 años, en 1959, para buscar fortuna en Londres con su amiga Angela. “Anglesey no brindaba muchas opciones: o acabas en una fábrica de relojes o de camarera”, escribe.

Con buen criterio, una amiga de la familia le recomendó un cambio de firma, ya que su tercer nombre era más carismático que el primero. Recortó un cupón de la revista Vogue, que ya era su favorita, y se apuntó a un curso de modelo de dos semanas por 25 guineas en la academia Cherry Marshall. “Ser modelo parecía el modo perfecto de fugarme a un mundo de riqueza y emoción, la oportunidad de viajar y encontrar personas interesantes (…). Además me encantaba ver ropa bonita en bonitas fotografías, y ahí soñaba con estar yo”.

Es inevitable que las memorias de Grace tengan un importante peso visual. Los dibujos le sirven para relatar situaciones como su primera sesión de fotografías, en la que Norman Parkinson le pidió que corriera desnuda por el bosque. Y las fotografías acreditan su capacidad para mudar su aspecto, su olfato para anticiparse a las modas y su sensibilidad para detectar el talento. Un retrato de David Montgomery muestra el corte de pelo de cinco puntas que Vidal Sassoon creó para ella en 1965 y otro de Jeanloup Sieff exhibe el maquillaje de intensas pestañas que hizo suyo antes que Twiggy lo popularizara. A pesar de sus logros, el relato siempre mantiene ingenuidad y candidez. Coddington parece concederle igual importancia a sus célebres amistades que al contenido de la maleta que llevaba de una sesión a otra cuando en estas no había maquilladores ni estilistas y la maniquí debía asegurarse de contar con zapatos negros y sujetador con relleno para ser contratada.

La prometedora carrera como modelo de Grace –a la que John Cowan apodó el bacalao en oposición a Jean Shrimpton, la gamba– se vio truncada “justo cuando empezaba a tomar velocidad” por un accidente de tráfico que le cortó de cuajo el párpado izquierdo en 1961. “Por suerte, me encontraron las pestañas”, escribe con sangre fría. Cinco operaciones de cirugía la tuvieron apartada del negocio durante dos años. Cuando volvió, se inventó ese maquillaje espeso y negro alrededor de las cuencas. “A la gente le gustaba, aunque claramente era una forma de camuflaje, para disimular el estropicio”.

En los años sesenta, Grace vivió a caballo entre Londres y París. Mary Quant, Catherine Deneuve o la casa de David Hamilton en Saint-Tropez salpican el último tramo de su etapa como modelo. Al final de la década, Coddington volvió a Londres y se impuso otro giro vital. Esta vez, con un doble matrimonio. En 1968 empezó a trabajar en Vogue como estilista, y en 1969 se casó con el restaurador Michael Chow. El segundo enlace duró apenas un año, pero el primero se ha demostrado como la relación más larga de su existencia.

Tal vez lo mejor que puede decirse de las aventuras de juventud de Coddington es que no palidecen al lado de un rival tan portentoso como es su posterior carrera de estilista. Cuando Grace Coddington encuentra su vocación, la pasión por la moda desborda el relato y las anécdotas se suceden a una velocidad frenética. Karl Lagerfeld o Manolo Blahnik formaban su pandilla en los años setenta, así que sus cenas y confidencias se mezclan con las delirantes peticiones de Helmut Newton y Guy Bourdin en las sesiones fotográficas. Viajes a Rusia, China o Jamaica y un segundo y también fugaz matrimonio con el fotógrafo Willie Christie se enredan con las primeras colecciones de Azzedine Alaïa y las veladas junto a Linda y Paul McCartney. Si suena agitado, es porque seguramente lo era.

Entre lo más interesante de sus memorias está el análisis del estilo y método de algunos de los mejores fotógrafos de moda. Su punto de vista ayuda a comprender mejor el trabajo de Bruce Weber, Annie Leibovitz, Irving Penn o Steven Meisel. También resulta esclarecedora la descripción que realiza del papel de maquilladores y peluqueros y cómo radiografía a colaboradores como Pat McGrath, Guido o Julien d’Ys. Pero, por supuesto, lo que muchos quieren leer es lo que Coddington opina en realidad sobre Anna Wintour. Y Grace lo sabe.

Los caminos de estas dos mujeres se cruzaron en Londres. Coddington, de hecho, abandonó el Vogue británico en 1987, pocos meses después de que Wintour fuera nombrada directora de la revista. Una oferta como directora de diseño en Calvin Klein y su relación con el peluquero Didier Malige – que vivía en Nueva York y es todavía su pareja– fueron los argumentos que Coddington esgrimió, aunque nunca ocultó diferencias creativas con Wintour. “Ella estaba mucho más interesada en lo sexy que yo”, dijo entonces. Wintour recibió la noticia el día de su 38º aniversario y admitió: “Hubiera preferido otro regalo de cumpleaños”.

En Calvin Klein, Coddington comprendió cuánto echaba de menos las revistas. Cuando, un año después, Wintour accedió a la dirección de la edición estadounidense, Grace llamó para felicitarla y le preguntó a su asistente si creía que la dejaría volver. Anna la citó unas horas después, ese mismo viernes, y le dijo: “Empiezo el lunes. ¿Quieres empezar conmigo?”.

La relación entre ambas mujeres podría considerarse como un antagonismo clásico, necesario para escribir la trama de la moda contemporánea. Pero seguramente entraña bastante más complejidad de la que el público le concedió tras The september issue. “Lo gracioso es que yo no tenía la menor idea de lo muy cascarrabias que soy hasta que me vi en la película. Ahora ya no me sorprende eso que Anna decía antes: que yo era la única persona del sector que a veces logra torcerle la voluntad. La gente en la calle se dirige a mí como si fuera la heroína de ese documental, yo creo que más bien se trataba de mostrar las tensiones creativas que experimentamos Anna y yo trabajando juntas”.

Anna y Grace son dos caracteres formidables y dos formas de entender la moda que en parte se alimentan la una de la otra. Se definen por sus diferencias y probablemente también se enriquecen por ellas. Anna, concede Grace, ha convertido Vogue en una marca global. Pero también tiene reproches. “Las revistas de ahora solo tratan de moda en parte, lo que no nos resulta fácil a las de la vieja guardia como yo”, confiesa. “Me alegro mucho de haber vivido diez años en el Vogue estadounidense cuando aún el elemento crucial era la moda. Desde entonces, Anna ha abierto el foco de forma radical”.

A Coddington no le interesa trabajar con famosos, prefiere centrarse en modelos, con las que establece una relación maternal y protectora. Por eso, Wintour ha renunciado a encargarle las portadas con actrices o cantantes. Tampoco comprende muchas cosas del sistema de la moda actual, donde “todo el mundo opina” y “ya no hay secretos”. Durante los desfiles no toma notas: dibuja todo lo que ve y llena un cuaderno de bocetos. Unos 12 al año, a veces atestados de garabatos. Odia el barullo de los desfiles contemporáneos, llenos de cámaras y gente que te reparte periódicos y chucherías. Asegura que tuvo un ordenador en su despacho sin encender durante años y que todavía le cuesta enviar correos electrónicos. “Debo de ser la última editora de moda superviviente que viste a las modelos en vez de dejarle la tarea a un ayudante. Para mí es crucial. El camerino es el único lugar que te queda para comunicarte con la modelo y transmitirle tu idea de qué estado de ánimo quieres reflejar sin interferir con el fotógrafo”.

Con este bagaje, no es de extrañar su desagrado ante la forma en que se ha despersonalizado la industria y su oficio. Aunque Wintour sostiene que Grace tendrá un sitio en la revista mientras ella la dirija, Coddington no oculta que dentro de poco esta tal vez ya no sea lugar para ella. “Uno de los aspectos de mi trabajo que más me interesan es darle a la gente algo con lo que soñar, igual que soñaba yo de pequeña mirando fotografías. Todavía tejo sueños y me inspiro en todo lo que puedo, buscando la parte romántica del mundo real, no del digital”.

Acaso esa sea la mejor respuesta que sus memorias proporcionan a la curiosidad que el documental levantó acerca de ella. Grace Coddington, estilista quijotesca y apasionada, es un testigo irreemplazable de la historia de la moda.

'Grace. Memorias', de Grace Coddington (editorial Turner)

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