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Reportaje:PERSONAJE

Yo, mi marido y sus otras mujeres

La madrileña Sonia Sampayo se convirtió en 1997 en la tercera esposa del senegalés Pap Ndiaye. Su historia se ha hecho película: 'Princesa de África'. ¿Cómo una española llega a aceptar la poligamia? Ella misma lo cuenta.

"Un día se lo solté a mi madre: 'Tengo novio, es negro, tiene dos esposas y me voy a casar con él'. Preferí contárselo de golpe. Yo, nacida en Madrid en 1973, no había cumplido los 23, no tenía padre y siempre había sido hija modelo. Ella me conocía; sabía que no era una cabeza loca, así que pensó: 'Es el calentón del enamoramiento'. O quizá era por ayudarle, por los papeles... Pero no. Me casé a conciencia. Enseguida se lo presenté. Al principio no podía quererle, pero ahora le adora. ¡Es que conoces a Pap y te engancha! Los senegaleses son así. Con ese lenguaje de paz que poseen. Corría 1997. Fuimos al registro civil y ya. Soy bailarina de africano y oriental; doy clases en la escuela de Gloria Alba y en otras, y recuerdo que ese día de boda no hubo ni fiesta porque tenía actuación en Badajoz. Al volver, le llamé, porque era como: '¿Y qué hago ahora?, ¿adónde voy? Ya somos un matrimonio...'. Luego me casaron por el rito musulmán. Van los hombres, yo ni me enteré.

Mi marido, Pap Ndiaye, va a cumplir 43 años; es griot, la casta de los artistas y músicos, los trovadores, los jóvenes eternos; él es una persona ni de aquí ni de allá; un espíritu libre con un fortísimo lazo familiar. No habla bien español, a pesar de llevar tanto aquí; está por trabajo y, emocionalmente, por mí. Culpa mía. Nunca le obligué. Hasta en eso soy poco madre. No, no tenemos hijos. No quiero. Si quisiera, él sería feliz. Él se ve cubierto en lo paternal. Tiene seis con sus dos mujeres senegalesas, Kiné y Fama. La primera es de mi edad; Fama, más joven. Pap suele ir a Senegal una o dos veces al año. Pasa meses. Yo le acompaño. Me encanta Senegal, y Louga, su ciudad. La primera ocasión, ya casados, fue en 1999. Resultó muy duro para mí. Coincidió con el bautizo del primer hijo de Fama. Ella lo pasó fatal con mi boda; fue un mes después de la suya. Entre eso, el parto complicado y que yo llegaba... Pero yo me sentía aún peor. Me quedé ocho semanas. Ni bailar pude. Porque si voy y bailo, como hago siempre ahora, lo demás se anula; para mí bailar es una necesidad física, me salva de la locura. Pap no se daba cuenta de nada. Ni se planteó que tuviera que ayudarme a adaptarme. Nada. Hizo su vida, y punto. Ellos son así... Ya me he acostumbrado. Y él ha aprendido. Hoy, si me ve cabizbaja, se acerca a socorrerme. Pero entonces no. Uf, no había nadie en quien confiar. A mi madre no la hacía partícipe... ¿para qué darle detalles? Hubo un momento en que tomé la decisión de no contar nada. La gente te juzga muy rápido. Me decían: 'Loca, ¿dónde te metes?'. Amigos, familia... Una superprotección que no deseaba. En general, en nuestra cultura nos dejamos influir por los prejuicios. Si no estás casado, con hijos y coche, no triunfas. Yo veo más opciones.

¿Cómo nos conocimos? Sus hermanos eran mis profesores. Tenían un grupo de percusión, Livika. Yo era fan total. El padre de Pap fue famoso, el griot del presidente. Hizo giras por Europa. Vino a España y varios de sus 20 hijos se quedaron. Y aquí siguen. A Pap le conocí en una clase. Nos movíamos por Lavapiés, quedábamos a tomar té y allí estaban todos ellos, de charla, desparramados en el sofá. Sabía que estaba casado. Me lo contó. Me tiraba los tejos, pero yo no era receptiva. Todo cambió al viajar yo a Senegal en 1996, una excursión organizaba por sus hermanos... Fuimos a Louga con su familia. Me encantó. El ambiente, el color, la luz... Me enamoré de todo y de todos... Conocí incluso a Kiné, la primera esposa de Pap. Es curioso, la idea de la película Princesa de África surgió años después igual: con un viaje a Senegal de Juan Laguna, el director. Él también conocía a Pap de su grupo. Fueron en 2005 en busca de una historia musical, y al visitar a la familia descubrió que la historia estaba ante sus ojos: cuando Kiné, Fama y los críos le preguntaban: '¿Y Sonia? ¿Y Sonia?'. Lo visualizó: dos esposas senegalesas y otra española. Dos allí; una en Madrid. ¿Cómo lo viviría yo? Cuando regresó me dijo: 'Siéntate, te quiero proponer algo'. Juan afirma que en la película las mujeres somos cinco: nosotras tres, Marem (hija adolescente de Pap, la narradora) y la danza. Sin danza nada habría sucedido. Pap y yo tenemos la implicación sentimental, claro, pero sin la profesional no seríamos nada. ¿Qué he ganado con la película? De algún modo he querido reivindicar mi libertad, la de elegir.

Pap dice que conmigo él lo tenía claro desde el principio; había intentado ligar con otras, sí; aquí están solitos, lo intentan siempre... Como una hormiguita, me conquistó. La verdad, yo no pensaba que la cosa llegaría a tanto. Me limité a vivirlo. Un día me preguntó si quería casarme. Por dos razones: papeles y religión, por tranquilidad; no ven bien el sexo sin matrimonio. Dudé, pero me dije: 'Vale, si no voy a modificar mi vida, qué más da'. Ellos, además, tienen esa concepción tan seria de las relaciones, del sexo, ese respeto a los padres... Eso a mí me gusta; nosotros hemos perdido aquí ya mucho esos valores.

En mis visitas a Louga no tengo derecho a dormir con Pap. Es la norma. Ya le tengo en Madrid. Y no resido en la misma casa que Kiné y Fama. Nunca lo hice, nunca lo hago. No quiero. No podría soportar oírle decir 'buenas noches' y que se fuera con otra. Si estoy lejos, lo aguanto; sino, no. Por el día lo paso bien; por la noche, fatal. Él viene a verme, sí, pero no se queda. Kiné y Fama son rivales, sí, pero su relación es fraternal. Están juntas siempre; se cuidan los hijos. Las tres tenemos celos, claro. Pero Pap no permite malos rollos. Y en Senegal no hay esas vueltas de aquí, esa maldad. Y si existe, queda entre mujeres. Nos parecemos mucho Kiné y yo, hasta en los rasgos; soy muy árabe, morena, delgada, pero con curvas. La gente allí me llama 'la Kiné blanca'. Con Fama nunca tuve relación. No habla francés. Ésa es una razón. Ahora que he madurado la comprendo más, la veo con ternura. Yo no soy rival para ellas: piensan que Pap, al no tener yo hijos, nunca se quedará conmigo; regresará. Yo no podría vivir en Louga, ni en Dakar. ¿Y si Pap deja España? Pues, adiós. Pero aún no va a irse, debe sacar adelante a sus hijos, se marchará cuando envejezca.

Cómo viven ellas los celos no lo sé. Sólo puedo hablar de mí. Lo peor es la imaginación. Tan dañina. Lo que hace dos días con una, dos días con la otra. En habitaciones contiguas. Visualizarlo es brutal. Lo evito. Intento pensar en lo que compartimos, estar activa. Si viviera con ellas me desesperaría. Un día me decían: 'Si ya estás aquí, ¿por qué tenemos que cocinar nosotras?'. Y yo: '¿Pero no os acostáis con él? ¡Pues haced-

le la comida!'. Se reían. Pero aún más al hablar de sexo, lo hablan mucho, en grupo, con pelos y señales... ¡Ríete de la liberación sexual! En ese primer viaje me montaron una encerrona. Para impresionarme. Me mostraban su ritual con el marido ('Debes hacerlo así y así'), qué ropa usar, los gestos, el perfume... Yo no me corté: 'Ah, no, pero mirad, yo no lo hago así'. Me inventaba posturas. Se morían de risa. Y las ves tan hermosas, con ese gesto altivo, que no es tal. A veces te sientes fatal. Yo he vivido muchos momentos pensando: '¿Qué hago aquí? No valgo para nada...'. Debes blindarte para no sucumbir al desaliento. ¡Y hay tantos códigos culturales que lo hacen todo tan difícil! En la manera en que satisfacen a las mujeres, por ejemplo: allí es dándoles dinero; aquí yo me mantengo, sólo le pido atención, cariño, que cubra necesidades afectivas. Con Pap he aprendido algo: a pedir. De él no salía dar. No tenía ese registro. No ve lo que me pasa si no le cuento. Porque las mujeres allí les ocultan sus cambios emocionales. Aquí somos más cómplices. Ellas al hombre lo cuidan, hacen de madres... Yo eso lo dejé claro el primer día: no estoy aquí para servirle. Él lo sabía. Se adapta. Respetó desde el principio lo que le decía, atendió a cada frase y sentimiento, aunque no lo comprendiera. Él se ha abierto a esta cultura a través de mí... Al mostrar yo mis sentimientos, pues él también cuenta ya lo que le emociona o afecta. Hasta llora.

Lo de la poligamia como tal me importó al principio. Pero, tras pensarlo y asumirlo, quedó superado. Luego ya ni lo ves raro. Piensa que me casé en 1997. Entonces lo africano sí era raro. Ahora casarse con ellos es más habitual. Ellos también han cambiado. Y depende de la procedencia: no es lo mismo ser de Louga que de Dakar. En la capital tener más de una esposa es atípico; es más, cuando se estrenó allí el filme en enero, los espectadores se preocupaban por la imagen del país. 'Senegal no es así', decían.

Verme en la pantalla es extraño. No soy actriz. Soy una persona normal. Es mi vida. Salgo ahí, viviéndola. A pedazos. Muy bien contada, muy hermosa, con felicidad y sufrimiento... Sí, he tenido y tengo muchos ratos de desesperación, de tristeza, de rebeldía, pero nunca dudas del amor que siento. Todo se me pasa al ver a mi marido. Siento que hay una conexión, que lo que tenemos que aprender el uno del otro no ha terminado. Cuando eso suceda nos separaremos, y no tendrá que ver con sus mujeres, sino con nosotros. ¿Podría tener yo otros maridos? Uf, le chincho con eso y se pone malo. ¿Y qué pasaría si él tomara esa cuarta esposa que su religión le permite? Uf, aquí tampoco tengo dudas. Una cosa es aceptar su pasado, y otra, que elija y quiera a alguien después de mí, para el futuro. Pasaríamos entonces a otro nivel. Con todo el dolor de mi corazón, seríamos sólo amigos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de noviembre de 2008