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domingo, 24 de octubre de 2004
Reportaje:

Las palabras proteicas de García Márquez

El Nobel colombiano vuelve a demostrar en su esperada novela que el español no tiene fronteras

En Memoria de mis putas tristes, Gabriel García Márquez no sólo ha vuelto esta semana a la novela después de 10 años, sino que ha dado otra lección sobre la frondosidad del español. El Nobel muestra su vocación de cazador de palabras a las puertas de ser prejubiladas y dignificador del léxico popular y callejero. Esta breve novela, escrita en los recreos de la escritura de sus memorias Vivir para contarla, es un relicario de palabras y frases que recuerdan que existe un término exacto para designar o describir cada cosa, situación o sentimiento. Es una invitación a ampliar el vocabulario y sus acepciones, y reconocer la belleza y la gracia en palabras como avorazado, sabanear, guaricha, lela, machucante, jeme, filipichín, cacumen...

Si sus criaturas están torneadas por el lenguaje, el mundo al que pertenecen está esparcido de palabras que son como destellos. Y una vez más, Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927) lo ha demostrado en Memoria de mis putas tristes (Mondadori), novela en la cual reafirma su vocación de salvador de palabras a punto de ser jubiladas o de arcaísmos, y en cazador de otras que apenas sí se conocen más allá de su Colombia o cuya acepción es desconocida, sin olvidar su vena de inventor.

Palabras proteicas o edénicas como aguaitar, camaján, cacumen, guaricha, avorazar, vaina, pinga, machucante, chanza, yunta o entuerto. Palabras que guardan su propia historia: su pasado, su presente y su futuro al mismo tiempo, de una vez y para siempre, tan pronto irrumpen en el mundo terrenal en la voz de alguno de los personajes garciamarquianos.

Palabras que guardan su pasado, su presente y su futuro al mismo tiempo y para siempre

El escritor reivindica y recuerda que todas las palabras esconden un secreto poético

En esta ocasión, las palabras redescubiertas, al menos para las nuevas generaciones, cobran otro aliento en la historia de un periodista a quien las putas no le dejaron tiempo para ser un hombre casado, y que decide celebrar su noventa cumpleaños con una adolescente virgen, sin saber que lo espera su primer encuentro con el amor y sus delirios, felices desvelos y entelequias. La siguiente es una muestra del relicario de palabras de Memoria de mis putas tristes:

Aguaite. "Y sin censor que aguaite lo que escribo por encima de mi hombro". Sin nadie que esté al acecho, merodeando o sin quitar los ojos de encima.

Avorazado. "Los adolescentes de mi generación avorazados por la vida olvidaron en cuerpo y alma las ilusiones del porvenir". Es decir, la ambición por la vida, por quererlo todo y ser voraces.

Cacumen. "Corta de vista y de cacumen". Persona corta de entendederas, con poca agudeza, nada lista ni avispada.

Camaján. "Porque su patio era la arcadia de la autoridad local, desde el gobernador hasta el último camaján de la alcaldía". Una especie de holgazán que vive mantenido por los demás, o también alguien cuya corpulencia impone.

Chanza. "No me importa cambiar pañales, le dije en chanza sin entender sus motivos". Especie de broma o burla sin malicia.

Cuelga. "De modo que la entendí como la cuelga del diablo". En sentido de regalo o dejar un mensaje o recado.

Encrespado. "Le contesté encrespado". Como adjetivo de molesto, enfadado o enfurruñado.

Entuerto. "Lo aumentó con una especie de bonete negro por la muerte del hijo que la ayudaba en sus entuertos". Líos, problemas, daños, perjuicios o agravio que se hace a alguien.

Filipichín. "Yo caminaba ansioso de que me tragara la tierra dentro de mi atuendo de filipichín". Quiere decir que iba muy atildado, demasiado señorito en el vestuario; una especie de lechuguino.

Frémito. "Casi me derribó el frémito de la muerte". Bramido sordo.

Guaricha. "Intentaba aliviarme con cuanta guaricha de ojos verdes me encontraba al paso". Prostituta. Otra acepción designa a quien alardea de sus conquistas sexuales revelando el nombre de la mujer, lo cual se considera indigno y nada caballeroso, se puede convertir en un insulto al homologarse como hijo de puta.

Jeme. "Doblé hacia dentro las bocapiernas de los pantalones para que no se notara que he disminuido un jeme". Es una medida igual a la distancia que hay entre el dedo pulgar y el índice abiertos al máximo.

Lela. "Esa pobre criatura está lela de amor por ti". Que está loca, embodada, pasmada.

Machucante. "Su último machucante de planta". Designa, de manera vulgar, al hombre con quien se tiene habitualmente relaciones sexuales.

Sabanear. "Sabaneaba la casa buscando los espejuelos hasta que descubría que los llevaba puestos". Que recorría minuciosamente como por una sabana o pradera su casa en busca de algo.

Tranca. "Hasta donde me acuerdo tenías una tranca de galeote". Acepción popular y vulgar que se refiere a un hombre con un pene muy grande o descomunal.

Triquiñuela. "Aquellas triquiñuelas eran de uso corriente entre las grandes familias". Trampas o artimañas sin mayores consecuencias en asuntos personales, con un componente inocente y picaresco.

Venadas. "Pasaban pedaleando como venadas". En la acepción de veloces, distraídas, asilvestradas y seductoras.

Yunta. "Le dije: Hubiéramos sido una buena yunta". Es la acepción de buena pareja, de haber vivido en armonía.

Los anteriores son algunos atisbos al mundo de García Márquez, en el que demuestra que aparte de creador de un universo único, en Memoria de mis putas tristes reafirma que en sus historias lo que importa es el cómo, la manera en que cuenta las cosas y cómo engarza las palabras; más allá del qué, del hecho que desea narrar. Un seductor de lectores que lo convierten en el escritor en español más traducido en el mundo después de Cervantes, gracias a libros como El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera. Porque en Gabo, como lo llaman en Colombia, "es como si el lenguaje estuviera hecho para contar historias, para cambiar el mundo aterrador, para sumergir al hombre sin que se dé cuenta en los valles confortables del sueño", escribe Ricardo Escavy Zamora, de la Universidad de Murcia, en las actas del congreso Quinientos años de soledad.

Se trata de un universo sustentado con palabras que García Márquez utiliza para recordar la frondosidad y musicalidad del español, reivindicar la jerga oral y popular y que todas las palabras guardan un secreto poético. Lo dejó claro en 1982, al recibir el Nobel de Literatura: "En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte".

Cuando la palabra es verbo

Una de las características de García Márquez es su estilo sentencioso y memorioso:

"Dio media vuelta y me dejó sólo con el terror".

"Me senté a contemplarla desde el borde de la cama con un hechizo de los cinco sentidos".

"Hacíamos amores sin amor, medio vestidos las más de las veces y siempre en la oscuridad para imaginarnos mejores".

"El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor".

"¡Qué maravilla! Todavía le queda la elegancia de ruborizarse".

"Volví a casa atormentado por el diablillo que sopla al oído las respuestas devastadoras que no dimos a tiempo".

"Comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar".

"Descubrí que el amor no es un estado del alma, sino un signo del zodiaco".

"La fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices, sino los contrariados".

"La fama es una señora muy gorda que no duerme con uno, pero cuando uno despierta está siempre mirándonos frente a la cama".

"Cuando se me acabó la esperanza, me refugié en la paz de los boleros".

"Siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética".

"Comprobé con horror que se envejece más y peor en los retratos que en la realidad".

"Empecé a tomar conciencia de mi vejez por mis flaquezas frente al amor".

"Siempre he dicho que los celos saben más que la verdad".

AGUSTÍN SCIAMMARELLA

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