Clubhouse para introvertidos: ¿tiene sentido entrar a la red social de la voz si no te encanta hablar en público?

Un silencioso paseo por la nueva plataforma, donde tomar la palabra no es tan importante

Axel Mansoor, organizador del Lullaby Club —club de las nanas— y actual icono de la aplicación de Clubhouse
Axel Mansoor, organizador del Lullaby Club —club de las nanas— y actual icono de la aplicación de ClubhouseSOPA Images (SOPA Images/LightRocket via Gett)

Nunca me han gustado los telefonillos. Llamar a un timbre o escuchar su tañido da pie a oscuros enigmas que me crispan los nervios. “¿Me habré equivocado de puerta?”, “¿Será un asesino?”, “¿Conseguiremos comunicarnos con éxito a través de esa chatarra que suena como un walkie talkie en una papelera?”, “¿Habrá conseguido entrar?”, “¿Empujaré la puerta a tiempo?”. Clubhouse, la aplicación de moda, es un descomunal patio de vecinos con puertas y ventanas abiertas de par en par. Los recién llegados no llaman al timbre: se tiran en paracaídas sobre las salas abiertas de esta red social, basada solo en audio, nacida en 2020 y por ahora restringida a usuarios con la fortuna de tener un iPhone y una invitación.

Después de recurrir a la generosidad de terceros para cumplir los requisitos anteriores, aterrizo en la nueva plataforma una mañana de jueves. Para acceder, basta introducir el número de teléfono al que se envió la invitación, teclear un código de confirmación, seleccionar las áreas de interés —conocimiento, asuntos internacionales, deportes, lugares, tecnología, entretenimiento, arte…— y seguir a tus amigos.

El problema de llegar a Clubhouse con un iPhone prestado es que, sin la posibilidad de importar los contactos del dispositivo, me descubro sola en medio de un sinfín de corrillos de desconocidos conversando: en uno están hablando de la mejor manera de usar Telegram, otros parecen para gente que se hace compañía mientras pasea, hay una sala donde se está desarrollando una sesión de meditación. Sale entonces a la luz una versión renovada de los enigmas del telefonillo: “¿Quién es esa gente?”, “¿Me estarán viendo?”, “¿Y si me dicen algo?”, “¿Y si intento hablar y no me entienden?”,

Entrar en una habitación llena de gente es fácil, nadie va a reparar en un nuevo avatar cuando hay más de 300 usuarios conectados. Asomarse a conversaciones más pequeñas es otra cuestión. Al llegar a uno de los grupos de gente que pasea, veo mi nombre junto al de cuatro personas más. Pasan 10 segundos muy largos. Nadie habla. Alguien respira fuerte. Me angustio y huyo a toda prisa, como quien acaba de llamar al timbre equivocado.

Una voz amiga

En esta populosa y digital casa de Tócame Roque, encontrarse un amigo es como topar con un español en una tierra lejana. Después de hacer unas gestiones por Whatsapp —Clubhouse no permite enviar mensajes de texto—, una voz familiar me cuenta que lleva dos semanas en la plataforma: “Pienso que está teniendo mucho éxito porque es un poco como salir al bar con los amigos cuando no puedes salir al bar con los amigos. Terminas de trabajar y dices: ‘Me voy un rato a Clubhouse’. Y encima tienes una parroquia que te escucha”. El sonido es cristalino, sin ecos de walkie talkie ni desfases en la transmisión. Mejor que una llamada de WhatsApp, pero sin añadidos que lo hagan más conveniente que un teléfono de toda la vida para una conversación entre dos personas.

Con renovado coraje, salgo de nuevo a los interminables pasillos de esta red social, en busca de nuevas chácharas. Al parecer, Jared Leto, actor, cantante, e ilustre usuario pionero de Clubhouse, está en una de las habitaciones. Tras 20 minutos escuchando voces desconocidas organizando lo que parecía una campaña para solicitar a los fundadores de la plataforma que hagan algo para frenar a los troles —en todos los hornos se cuecen habas­­—, me fui a desayunar convencida de que Leto ni estaba ni se le esperaba.

Salto al club de startups, escucho a un emprendedor recitar un poema y explicar las virtudes de su startup, que según alcanzo a entender desde la ducha, busca conectar mentes creativas en una red de talento basada en blockchain. Una voz que parece ser de un inversor le explica que todavía está esperando a ver una aplicación verdaderamente útil de esta tecnología. Según registra la aplicación, hay otras 416 personas conectadas. Tan abarrotada está la sala que se hace imposible localizar el avatar de quien habla.

El rostro de Clubhouse

Cuando me dispongo a marcharme en busca de mejores pastos, oigo un cotilleo que satisface a la maruja que hay en mí: esa persona que sonríe de perfil en el nuevo logo de Clubhouse es Axel Mansoor, el organizador del Lullaby Club —club de las nanas—, donde cada día, a las 9 de la noche (hora del Pacífico) se entonan canciones de cuna. Me pongo el despertador a las 6 de la mañana hora española y vuelvo a salir al patio de vecinos.

Un aparente punto positivo de este modelo de red social es que no exige clavar la vista en la pantalla, lo que ahorra las horas de scroll descerebrado que alimentan otras redes sociales y permite compartir el tiempo dedicado a esta aplicación con otras actividades. A las 13:00 me subo a la bici estática justo cuando comienza una nueva sesión de hablar y pasear donde una media de 10 personas —contando las ovejas que entran y las que salen—, hablan de lo primero que les viene a la cabeza mientras intentan alcanzar sus 10.000 pasos diarios. Después de casi un año de solitario teletrabajo, se agradece la compañía si bien siento que estoy poniendo las antenas en una conversación ajena. Al cabo de media hora, harta de seguir el hilo de la charla y las indicaciones del entrenamiento, abandono el paseo.

Completo la mañana en Clubhouse con la sensación de que deambular por la red social es como callejear por una ciudad desconocida. Lo mismo acabas en un rincón especial al que merece la pena volver, que en un polígono industrial donde no hay nada que ver. Resulta un poco artificial e incluso elitista el hecho de que en esas conversaciones participen únicamente usuarios de iPhone que han sido invitados, pero se supone que es cuestión de tiempo que la plataforma se abra al mundo.

Por la tarde caigo de casualidad en una interesantísima conversación sobre la industria musical y cómo las nuevas plataformas han puesto patas arriba las exigencias que deben cumplir los artistas para ganarse la vida en ellas. Me la llevo al supermercado y la sigo con atención mientras decido si la bici de la mañana me permite comprar una bolsa de patatas fritas. La experiencia no es distinta de ir escuchando la radio o un podcast, aunque quizás sí hay algo más de cercanía y espontaneidad, con gente que se va sumando al diálogo de forma casual, como quien visita la casa de un amigo por estar en el vecindario.

Nanas de madrugada

A las 6 de la mañana, parcialmente resucitada por el despertador, me arrastro al Lullaby Club, ya en marcha, donde me recibe el susurro escalofriante de la moderadora de turno. Según parece, es obligatorio hablar en voz baja y se sigue la dinámica de un micro abierto: un grupo de cantantes que se han apuntado previamente arrullan a los más de 400 oyentes con versiones acústicas de todo tipo de canciones. Además, por ser jueves, es posible hacer peticiones vía Instagram. Ya desvelada, me llevo las nanas a la bici y aunque dudo que vuelva a madrugar para ello, disfruto bastante de las actuaciones, que incluyen un sorprendente mash-up de Baby’s got back, de Sir Mix-a-lot, y Slow dancing in a burning room, de John Mayer.

Contra todo pronóstico, hay hueco en esta corrala para quienes temen a los telefonillos y en general, a las situaciones que potencialmente implican hablar ante un público desconocido. Tiene sentido ser una parte silenciosa de la red y utilizarla como una fuente más de entretenimiento: “Me aburro, ¿qué se cuece en Clubhouse?”. No es que sea un foro imprescindible y puede que su éxito beba del encierro generalizado impuesto por la pandemia. En cualquier caso, no cabe duda de que aún están por ver las locuras que pueden hacerse en la plataforma.

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