Historias de la pandemia

“No te vimos. No te acariciamos. No te escuchamos. Nos perdimos perderte”

La lectora narra la incapacidad de volar de regreso a España para acompañar los últimos días de un ser muy querido

Denís Galocha
Monserrat Pis Marcos
Santiago de Compostela - 18 may 2020 - 22:30 UTC

EL PAÍS inicia la publicación de una selección de las historias personales enviadas por los lectores sobre la pandemia. Cientos han respondido con sus relatos y experiencias a la invitación de la redacción.

El 16 de marzo supimos que te ibas. Nos dijeron que te daban un par de semanas, pero se equivocaron.

Aquel lunes empezaba a trabajar. Con el jaleo de la mudanza apenas había tenido tiempo de seguir lo que estaba pasando en España. Mis padres, que habían llegado a Inglaterra antes de que se decretase el estado de alarma, estaban nerviosos desde el sábado. Temían no poder volver.

Entonces recibimos aquella llamada y todo se precipitó. Buscamos autobuses, trenes y vuelos que nos llevasen de regreso. Cada vez había menos, los precios eran desorbitados, las conexiones prácticamente nulas. Encontramos un vuelo y a las veinticuatro horas nos lo cancelaron. Lo cambiamos por otro y a las doce horas, con las maletas listas, también lo cancelaron. El siguiente vuelo, con una espera posterior de dieciocho horas en Barajas y un trayecto en autocar de diez, no salía hasta una semana después.

El viernes te enviaron a casa con una máquina de morfina. Lograste subir las escaleras hasta tu habitación por tus propios medios, pero las piernas ya no te respondían del todo.

En esos siete días de limbo Inglaterra se fue paralizando lentamente, con una parsimonia ficticia diametralmente opuesta a nuestra angustia. Keep calm and carry on. Cada día revisábamos nuestras cuentas de correo espoleados por el miedo a que el tercer vuelo también se cancelase. Cambiamos los billetes de autobús cuatro veces según se iban anulando, una por una, las frecuencias. Flotaba en el ambiente la sensación de que había que huir antes de que el barco se hundiese, de que tonto el último, de que estábamos participando en una contrarreloj sin una línea de meta clara.

Nos ganaste por la mano. Te fuiste un día antes de que pudiéramos volar. Estaba trabajando desde casa, sonó el teléfono y el tono en la respuesta de mi madre me causó un escalofrío. Cuando colgó tardamos unos momentos en reaccionar. Me sentía como si me hubieran dado una paliza y en mi cuerpo todavía no hubiesen aparecido los cardenales. Me imaginaba de pie a la orilla del mar mientras las olas me derribaban constantemente cada vez que intentaba levantarme.

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Aquella noche soñé contigo. Viniste a verme, serena y sonriente, me abrazaste y pude respirar el olor de tu piel con la misma nitidez que si hubiera estado despierta. Me gustaría creer que, de algún modo inconcebible para mi mente racional y agnóstica, nuestros yoes oníricos tuvieron la oportunidad de despedirse un 25 de marzo.

Al día siguiente, mientras nos despegábamos del suelo en Heathrow, tú te convertiste en aire. A lo mejor nos cruzamos por el cielo; no comprobé en qué dirección soplaba el viento aquel jueves. Cuando tocamos tierra eras polvo.

No te vimos. No te acariciamos. No te escuchamos. Nos perdimos perderte.

Todavía no te he llorado con suficientes lágrimas. Apenas consigo escribirte. La vida sigue en suspenso. Observo la ciudad letárgica tras mi ventana y es como si nada hubiera sucedido. Quizás es esta calma avasalladora la que vuelve todo tan aterrador. Es tan fácil engañarse; es tan sencillo esconderse entre correos electrónicos y reuniones de Zoom. Es tan tentador anestesiarse el alma para olvidarme de que ya no estás.

A principios de junio habrías cumplido 35.

La última vez que nos vimos, el 25 de diciembre, cantamos juntas al son de una guitarra. Desde que te fuiste se me ha resquebrajado la voz; quizás mis cuerdas vocales no quieran vibrar porque temen soltarte tanto como yo.

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