La crisis del coronavirus

La montaña como refugio anticovid

La naturaleza sufre la presión de la avalancha de personas que se ha lanzado al campo en época de pandemia

Cola de montañeros en la cumbre de la Pica d'Estats, en el Pirineo catalán, el pasado 13 de septiembre (cuenta de twitter de Alt Pirineu).
Cola de montañeros en la cumbre de la Pica d'Estats, en el Pirineo catalán, el pasado 13 de septiembre (cuenta de twitter de Alt Pirineu).EL PAÍS

Las aves, los mamíferos, los anfibios, las plantas... no daban crédito: de repente, el monte se vació, dejó de recibir visitas durante el confinamiento por la pandemia. Un espejismo que duró lo que el encierro. Cuando se permitió salir, las personas —muchas urbanitas que veían la sierra y la montaña de lejos— se lanzaron al monte e incluso se atrevieron con alguna cumbre, provocando la saturación de espacios protegidos muy sensibles.

Tal fue la avalancha campera, que alquilar una casa rural se convirtió en una misión casi imposible. El éxodo vacacional se trasladó de la playa a la montaña y todavía continua. En Cercedilla (7.400 habitantes), un pueblo de la sierra de Madrid, se han empadronado unas 300 personas en lo que va de año, cuando lo habitual son 60. “La gente no solo pasa las vacaciones aquí, se traslada”, comentan fuentes municipales.

La foto de una fila de varias decenas de excursionistas esperando para retratarse en la cruz de la Pica d’Estats (3.143 metros), la cima más alta y popular de Cataluña en el parque natural del Alt Pirineu, hace una semana ofrece una visión de hasta donde ha llegado la masificación. La imagen fue publicada por el propio parque en Twitter. Marc Garriga, director del espacio protegido, ubicado a unas tres horas de Barcelona, aclara que siempre ha existido “una masificación de ciertas zonas en agosto, pero este año ha sido brutal”.

Las subidas a esta cumbre aumentaron un 31,4% de enero a agosto de 2020 con respecto al mismo periodo de 2019, indica Víctor Dorado, investigador que realiza el doctorado en el Instituto Nacional de Educación Física de Cataluña (INEFC) en Lleida. Estudia la situación de las cimas más emblemáticas de España y del perfil montañero que las corona, dirigido por la doctora Estela Farias. Recogió los peores datos en la Pica d’Estats en julio y agosto, con un incremento del 74% y 51% de visitantes, respectivamente. Por el parque pasaron el año pasado 343.010 personas. Las cifras tampoco son nada alentadores en otras cimas emblemáticas como el Aneto, Pedraforca o Monte Perdido, donde ha comprobado que se producen acumulaciones de excursionistas.

Coches amontonados

Al no ser espacios preparados para semejante afluencia, los vehículos se amontonan en los arcenes, se acampa de forma ilegal, aparece basura o se produce erosión por andar fuera de los caminos, y todo ello repercute en la fauna y la flora. También hay senderistas que se bañan en los lagos alpinos, a pesar de estar prohibido “porque las cremas solares y los repelentes de insectos se disuelven y son muy tóxicos para los anfibios”, advierte Garriga. Ante la situación, la Generalitat ha anunciado que regulará el acceso a la pica por la masificación.

La masificación no es patrimonio exclusivo de tan altas cumbres. Existen rutas muy conocidas y accesibles que ya se encontraban al límite y que ahora se han saturado. Natalia Sousa, farmacéutica con dos hijos de cinco y nueve años, es una de las madrileñas que se lanzó a la sierra en cuanto acabó el encierro. “Estar con los niños en casa fue muy difícil, porque vivimos en un piso en el centro de Madrid, en Chamartín”, explica. La familia optó por emprender varias rutas por la sierra madrileña. “Nos compramos el equipo: botas, mochila, botellas de agua, pantalones..., porque el primer día fuimos con vaqueros”, comenta.

Se atrevieron con caminos fáciles por Navacerrada, Cercedilla o La Pedriza, todos en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama —el segundo más visitado de España tras el del Teide—. Rutas “llenas de gente”, recuerda. Les ayudó un amigo, propietario de la empresa VÍA XXIV que se dedica en Cercedilla al desarrollo local y a la educación ambiental.

En La Pedriza —uno de los espacios más singulares de Madrid —entraron en junio 8.368 vehículos, un 56% más que el año pasado; 9.475 en julio, un 78% más; y 10.860 en agosto, un 81% más. En el aparcamiento del puerto de Cotos, otro de los puntos neurálgicos de la sierra madrileña, los coches sumaron 6.338 en agosto, casi el doble que en 2019, informa la Consejería de Medio Ambiente de la comunidad autónoma. Desde ese punto, se accede al macizo de Peñalara (2.428 metros, el techo de Madrid) en el que el parque nacional contabilizó entre un 50 y un 60% más visitantes en los meses de verano que hace un año.

A la cola

“¿Después del confinamiento, qué esperábamos? Lo lógico es ir al campo”, se plantea Pedro Nicolás, alpinista, geógrafo y presidente de la Sociedad de Alpinismo Peñalara creada en 1913. Este verano ha subido al pico Anayet (2.574 metros) en el Pirineo aragonés. “Es relativamente accesible y en los ibones era tremenda la cantidad de gente”, rememora. En el paso del pico “nos encontramos con una cola”. Nicolás no daba crédito: “Hay una cadena para agarrarse y en el atasco había gente con abuelos, perros, niños y hasta tropas de montaña. Aquello parecía una broma”. El alpinista considera que si esta tendencia continua habría que regular determinados lugares. Aún así, aclara, la presión se concentra en actividades cortas y muy asequibles. Las rutas más exigentes o lejanas no están tan transitadas. Este verano subió también a Peña Ubiña (2.417 metros), en la cordillera Cantábrica, y no se encontró a casi nadie.

En el Principado de Asturias ya han implementado dispositivos de información y vigilancia en su red de espacios protegidos, muy concurridos sobre todo este verano. La mayor afluencia se ha registrado en la zona de Covadonga-Lagos (Cangas de Onís), Poncebos-Bulnes (Cabrales) o Soto de Agues-Ruta del Alba (Sobrescopio).

Verónica Sevillano, profesora de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, opina que la tendencia a salir al campo “durará, porque el virus se va a mantener”. Es la opción mayoritariamente elegida, “porque se asocia la naturaleza a la libertad, que con la covid ha sufrido una limitación por el miedo a la muerte al interactuar con otras personas”.

“En el campo estás en un entorno aislado y, a la vez, con esa idea de libertad. Es perfecto”, comenta. Además, ese aislamiento evita la evaluación social continua, “incluso de si llevas o no la mascarilla”. “Todo el mundo piensa, me la voy a poder quitar”, concreta la psicóloga.


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