La crisis del coronavirus

Y la conciliación voló por los aires

El virus obliga a 4,5 millones de familias con niños pequeños a una sobrecarga que se suma a un problema crónico. Expertos y afectados reclaman ayudas urgentes

Ana Belen Nieto y Eladio, su marido, con sus tres hijos en su casa.
Ana Belen Nieto y Eladio, su marido, con sus tres hijos en su casa.Luis Sevillano Arribas / EL PAÍS

“Enlazamos una cosa con otra. Todo mezclado y todo mal: teletrabajo, teleeducación, la comida, la casa, los niños, y ya toca irse a dormir. No tenemos tiempo de nada, ni para salir con los críos ni para nosotros”. Este es el día a día de Francisco Reinaldo. Él y su esposa, Olga Pérez, desempeñan cuatro trabajos: profesores, padres de mellizos de ocho años, informáticos a distancia y organizadores domésticos. Ella se conecta por la mañana en el salón, con los niños. Pero no puede atenderlos. Focalizarse en su tarea es esencial: “Así, un día tras otro, sintiendo que pasas de tus hijos, que necesitan tu ayuda y no puedes dársela… Que la casa es un desastre… No puedo con mi vida”. Como ellos, cuatro millones y medio de familias con niños menores de 14 años lidian con el caos doméstico rodeados de pequeños alterados por la encerrona del coronavirus. Sin abuelos, sin ayuda externa. Tras dos meses de confinamiento, esta situación que se antoja insostenible —y que se suma en muchos casos a la penuria económica— amenaza con extenderse más allá de la vuelta al cole.

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Elisa, con dos niños, es profesora: “Hasta tal punto no llego que el otro día se me olvidó dar una de mis clases”. Eva Colera, sola con su bebé de 12 meses, se siente mala en todo. Aisha vive en un cuarto de un piso compartido con su hijo de 11 años. Comen gracias a los bonos para comida de Save The Children y la Fundación Bancaria La Caixa y volverá al trabajo el lunes. No sabe qué hará con él. Las madres son auténticas navajas suizas. Trabajan, limpian, ponen la lavadora —hasta aquí, lo de siempre, dedican a tareas no remuneradas el doble de tiempo que los hombres, 25 horas semanales— y ahora se ponen la gorra de profesoras y cuidadoras en jefe. Una encuesta de Funcas lo confirma: durante el confinamiento emplean 3,6 horas al día a apoyar a los hijos en los deberes y entretenerles. Los hombres, 2,4. Laura Baena, del Club de las Malasmadres, clama: “Este no es país para madres ni para familias, que no han sido una prioridad en esta crisis. Se nos carga con la responsabilidad sin ofrecernos ninguna solución, y al final acabaremos renunciando, y las que renunciamos siempre somos las mismas”. Empar Aguado, profesora de Sociología de la Universidad de Valencia, codirige una investigación sobre estas circunstancias excepcionales: “Las madres están agotadísimas", dice, "la mayoría lleva el peso del seguimiento escolar de los hijos. Es habitual que, si tienen flexibilidad, trabajen de madrugada”.

Es el caso de la escritora Ana Belén Nieto, que teclea hasta las cuatro de la mañana mientras sus tres pequeños duermen. Se apaña a base de una rutina cuartelaria. Duerme hasta las 10. “Mi marido deja hecho el desayuno antes de las 7, cuando se pone a teletrabajar, y los niños se autogestionan hasta que me levanto”. Estudia con ellos por la mañana y limpia por la tarde. El padre hace la comida. Aguado asegura que los hombres se han incorporado en parte al nuevo tinglado doméstico, “pero ahora, pasado el tiempo, ellas tienen que estar recordándoles las tareas”. España ya era un país débil en términos de conciliación. Más de la mitad de los trabajadores no podían flexibilizar su horario para cuidar de sus hijos y las mujeres interrumpían su carrera laboral por ese motivo siete veces más que los hombres, según datos del INE. “Cuando aumentan las necesidades de cuidado es la mujer la que deja los proyectos para coger la carga extra”, afirma Nieto. “En esta crisis hemos perdido en tres meses los avances de diez años que habíamos hecho las mujeres. Y la brecha de género se puede agrandar indefinidamente si las instituciones no asumen la carga de cuidados”.

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La investigadora del CSIC María Ángeles Durán ha cuantificado el trabajo invisible, no remunerado, de los cuidados. En una situación normal, las mujeres hacen un esfuerzo equivalente a 28 millones de empleos. Y eso con datos de hace una década. Entonces ese tipo de trabajo era un 30% más alto que todo el mercado laboral anual ¿Y ahora? “Los hogares han contribuido a sostener a la economía, produciendo bienes y servicios fuera del mercado mientras el Estado y las empresas interrumpían la producción. Ese trabajo ha aumentado mucho, y se hace en peores condiciones”, asegura la socióloga, “pero me resulta difícil ponerle una cifra, se reparte entre más miembros, ha aumentado la participación de los varones. No se trata tanto de la cantidad de trabajo como de las condiciones en que se realiza, que ahora son bastante peores, más tensas y conflictivas”.

“Si esto se alarga un año más, me pego un tiro. Me arrepentiría mucho de haberme quedado embarazada”, exclama Eva, que ha tenido que atender a sus alumnos con la niña en brazos. Está al frente de uno de los 1,8 millones de hogares con un solo progenitor que hay en España, los más vulnerables ahora. “No puedo pasar más tiempo así, es inasumible. Y no puedo arriesgar mi trabajo por estar a mil cosas”, se exaspera Francisco, “contrataríamos a un profesor que se quede con los niños” También los pequeños acusan la situación. Ana, la hija de cuatro años de Susana Herreras, ha vuelto a tartamudear. “No para de llorar, de decir que no quiere hacer más deberes. La profesora nos ha propuesto ¡que los hagamos en verano!”.

En el verano puede continuar la pesadilla. O no. Campamento es la palabra mágica de la conciliación. En algunas comunidades, como Cataluña, ya han abierto el plazo de inscripción de los Casals, las colonias de verano, y trabajan en protocolos de seguridad. Los campamentos privados, que acogen a cerca de cuatro millones de niños, pretenden abrir si se lo permite el Gobierno. Contemplan recintos aislados, con extrema higiene y sin tiendas de campaña. Prescindirán de excursiones a lugares concurridos.

¿Qué soluciones hay para escapar a este infierno doméstico? Una apelación al Estado, de los sufridos padres y de los expertos. El economista y consultor José Moisés Martín Carretero asegura: “El sistema está pensado para darnos derechos en el espacio público. Si este se tiene que cerrar, permanecer en las casas no tendría que ser óbice para obtener la misma protección. Si el colegio no se abre, este tendrá que acercarse a casa. Y debería existir un ERTE de cuidados, si tienes que pasar de trabajar 40 horas a la semana a 20 porque los hijos están encerrados contigo, deberías tener derecho a una ayuda pública”.

La profesora Aguado coincide. El Estado, cree, debería apoyar a las empresas para que redujeran las jornadas de sus empleados sin rebajarles el sueldo. Esa es una de las medidas del manifiesto que prepara la plataforma Malasmadres con otras entidades. Piden también regular el teletrabajo (antes del confinamiento, dicen, apenas el 18% de las madres teletrabajaba), flexibilidad horaria por imperativo legal —una aspiración común entre los progenitores entrevistados— y ayudas económicas para quienes no puedan realizar sus tareas a distancia. “Ya hay madres que tienen que dejar a sus hijos solos o con los abuelos para ir a trabajar”, dice Baena, “el Gobierno debe legislar un plan de medidas de conciliación urgente”. Ahora, en el escenario del estado de alarma, se puede pedir a las empresas cambio de turno o reducción de jornada. Pero con la consiguiente pérdida de salario.

Septiembre se vislumbra como otro nubarrón. La vuelta al colegio será previsiblemente semipresencial y los hogares se tornarán aulas algunas horas o días regentados por los padres-orquesta. Sin ordenadores para todos. O sin conexión a Internet para el 10% de los escolares. El distanciamiento —15 alumnos por clase— y el desdoblamiento virtual implicará más dinero. Para los colegios y para las familias. Estas reclaman, de nuevo, ayuda. “Que al menos me pueda desgravar el coste del profesor para mis hijos”, pide Francisco, el padre informático, “o que la administración dé ayudas para pagarlo”. Comisiones Obreras, el sindicato mayoritario en la enseñanza, trabaja en un informe de lo que costaría el nuevo curso. “Serían más de 4.000 millones, sumando profesorado, su formación, inversiones para atajar la brecha digital e infraestructuras”, desgrana Francisco García, secretario de la Federación de Enseñanza.

Además de dinero, se precisarán ideas. Alberto Cateura cuida a sus cuatro hijos —organiza eventos ahora suspendidos— mientras su mujer trabaja a distancia. “Se tendrían que dar soluciones en el colegio, por ejemplo, que se llevaran a la mitad de los alumnos de excursión o a hacer deporte”. Camilo Jané, de la asociación de padres FAPA de la enseñanza pública, cree que “habrá que buscar otros espacios fuera de los centros educativos”. Y apoyo por barrios con mediadores escolares, sugiere el economista.

Las familias, de momento, no tienen nada en la mano. Educación trabaja en un plan que presentará a las comunidades para la vuelta al colegio del que no ha dado detalles.

Mientras, los padres ya no saben qué herramienta sacar. Una mujer le dijo a la investigadora Empar Aguado en una entrevista:

—Los estudios de mis hijos están saliendo a precio de madre.

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