Comprar el pan en la era del coronavirus

La aventura de salir de casa e ir a una tienda en una ciudad rara y vacía

Varias personas hacen cola frente a un supermercado de Terrassa (Barcelona).
Varias personas hacen cola frente a un supermercado de Terrassa (Barcelona).Cristobal Castro

Bajo a comprar el pan y, de las varias panaderías de mi barrio, elijo –perdónenme- la más lejana. El cielo es una lámina gris y abstracta. No hace frío; tampoco calor. Camino por el bulevar de Sainz de Baranda con mi bolsa de tela vacía en la mano. Hay una señora mayor que viene de frente y se aparta al cruzarse conmigo. Yo había pensado en apartarme también. No me miró al hacerse a un lado, no disimuló. Yo puedo estar infectado. Ella también.

Se oye el ruido de unos pocos coches, de un autobús algo fantasmal que pasa completamente vacío. El quiosco de periódicos está abierto, pero no veo al vendedor, al que supongo metido dentro. Percibo algo raro en la calle pero no consigo adivinar qué es. Hay muy poca gente pero no menos que un domingo de invierno a las nueve o las diez de la mañana. Se oyen algunos pájaros: esto también es inusual. Pero tampoco es eso lo que llama la atención.

En la esquina con Narváez hay una cola extraña que parece surgir de ninguna parte y que parece no acabar en ningún sitio. Hay más de dos metros entre cada una de las siete personas que la forman. Me fijo mejor y veo que esa cola deshilachada es la de mi panadería. Era difícil descubrirlo porque el primero de la fila aguarda a tres metros de la puerta de la tienda. De las siete personas dos llevan mascarilla: una mujer embarazada y un señor muy mayor. La cola ocupa media manzana, dobla la esquina y termina en el paso de peatones. Hay una chica de pelo corto que no sé si espera a cruzar la calle o a comprar el pan.

Pasa un hombre con gafas de sol, impermeable con la capucha puesta, mascarilla azul, pantalones de plástico y botas de agua. Siento una especie de ahogo al verle. Oigo el pitido intermitente del semáforo que avisa a los ciegos de que está verde para los peatones. Sigue circulando, de vez en cuando, algún coche, alguna moto. Un chico joven que fuma un cigarro se coloca a unos metros detrás de mí.

La cola avanza rápidamente. No tengo que esperar más que cualquier otro día antes de que se decretara el estado de alarma. Compro el pan de siempre, me atiende la dependienta de siempre, me cobra lo de siempre. Y sin embargo, sigo sintiendo algo muy raro que no consigo identificar. Al salir de la panadería veo a un hombre que lleva guantes de plástico saludar a un conocido que aguarda en la cola. Lo hace en voz muy alta, a más de un metro y medio, sin tocarse. Me doy cuenta entonces de que lo que me extrañaba era que no se oía a nadie hablar. Se oye el tráfico escaso, los pájaros, el molesto chirrido de insecto del semáforo, pero no se oye ninguna conversación. No he oído a nadie hablar con nadie desde que salí de casa. Porque no hay nadie que camine junto a nadie. Porque no hay nadie que se siente junto a nadie. El mundo se ha vaciado de voces humanas. Me acuerdo con espanto del tipo del impermeable con capucha, la mascarilla azul y las gafas de sol. Me lo imagino avanzando aún por la calle de Narváez.

Yo, por mi parte, camino de vuelta por el paseo central de Sainz de Baranda con mi bolsa de tela llena en la mano. Me aparto al ver que se acerca un chico joven. Tú puedes estar contaminado. Yo también. Pienso en que lo único bueno de la pesadilla es que más pronto o más tarde terminará. Imagino cómo sería un mundo eternamente así, hostil, venenoso, en este silencioso estado de alerta, bajo el cielo lívido y abstracto de esta mañana. Acelero el paso. Quiero volver a casa. En mi casa, pienso, reina aún la vida de antes, con los colores de antes, la vida de verdad. Pienso que no sé cuál es la vida de verdad, si la de afuera o la de dentro, y me asusto, como la señora que se apartaba de mí hace un cuarto de hora. Meto la llave en la cerradura del portal. Mañana elegiré la panadería más cercana.

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