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El amor prohibido entre el cura y la criada

El sacerdote de una aldea gallega y la limpiadora de la parroquia intercambiaron cartas cómplices y subidas de tono a principios del siglo XX

El cura José María Graña Couce (izquierda) en una cacería con un amigo, en una litografía expuesta en la Casa Graña da Acea. Ampliar foto
El cura José María Graña Couce (izquierda) en una cacería con un amigo, en una litografía expuesta en la Casa Graña da Acea.
Monfero (A Coruña)

De él se sabe que era cura, le gustaba la caza, la cerveza, los gallos de raza, y que tenía tanta fe en Dios como en la hipnosis y la magia. De ella, que era su criada, la que hacía la comida y zurcía la ropa. Sobre los dos, que fueron unos amantes que aprendieron a amarse sin ser vistos en una remota aldea gallega a principios del siglo XX.

Los protagonistas de este amor furtivo se intercambiaron cartas apasionadas, cómplices, subidas de tono, despechadas, llenas de reproches y acusaciones, hasta que un buen día se dieron de bruces con la realidad: él ya estaba comprometido. El alzacuellos le apretaba como una soga. Los enamorados estiraron lo que pudieron una ficción, una mentira, de la que un buen día se despertaron de golpe.

La correspondencia entre ambos ha permanecido olvidada en el fondo de un baúl hasta que una bisnieta de un hermano del párroco, Marita Fernández Graña, profesora de latín, se molestó en leerla un siglo después. Ella se ha encargado de rescatar esta historia, ahora que todos los testigos se han callado.

Él se llamaba José María Graña Couce y rondaba los 50 cuando conoció una pasión que le haría pasar las noches en vela. Cayó rendido a la joven que limpiaba la casa rectoral de Noguerosa, en A Coruña. El nombre de ella es un misterio. Los enamorados se guardaron de dejarlo por escrito.

"Apreciable y estimadísima esposa", escribe él sin ningún reparo a principios de los años veinte. Le pide que le lleve leche a su casa y de paso se quede a dormir el fin de semana. Le sugiere que ponga una excusa en su casa, como que tiene que "arreglarle" unos chorizos y repasarle una ropa. Remata la misiva con "besos y abrazos de tu esposiño".

Ella cuenta de regreso que ha ido al médico y este le ha dicho que no está embarazada, que solo tiene "la sangre disgustada". Un retraso de tres días en la menstruación los había alarmado. Ella aprovecha para lanzarle un reproche: "Me causa mucha extrañeza el decir que estamos casados y que no estamos juntos. Pudiendo estar yo de otra manera. Pues todos los novios que yo tuve se van casando, así que si no fuera así [que él es cura] yo podría tener novio pero parece que hay que conformarse así".

El cura le hace ver que tienen un compromiso firme de esposos. Recalca que le debe fidelidad y saca a relucir el apodo de un pretendiente de ella, el Gallego, al que el cura se referirá más adelante como "el sinvergüenza". La competencia lo desvela: "Hace unas cuantas noches que no me dejas dormir nada".

En esta época sin Tinder, los jóvenes que cortejaban a las criadas tenían permiso para presentarse los miércoles en sus casas. Charlaban a través del postigo de la puerta, como barrera física que evitara suspicacias. El cura, desde la ventana, espiaba a los interesados en su amada. Después escribía herido: "¿Hablas con él para martirizarme a mí?".

Aunque con menos intensidad, a ella también le muerden los celos. La casa del cura le da mucho trabajo. Ha de limpiar vajillas, juegos de café de porcelana china, cristalería. Entre la ropa de cama encuentra dos colchas, cuando antes solo tenía una, la que ella le había bordado. "¿De dónde sale esta?", le cuestiona, y aprovecha para decirle que oye rumores sobre su fama de mujeriego.

La correspondencia entre ambos ha permanecido olvidada en el fondo de un baúl hasta que una bisnieta de un hermano del párroco, Marita Fernández Graña, profesora de latín, se molestó en leerla un siglo después.

En esos años el señor cura goza de una amplia vida social. Organiza cacerías a las que invita a los personajes más destacados de la comarca. Curas de otras parroquias, señoritos, alcaldes. En una litografía firmada por Jesito, un amigo profesor cuyo autorretrato forma parte de los fondos del museo de Bellas Artes de A Coruña, posa orgulloso con una escopeta, el brazo izquierdo en jarras, la mano derecha sujetando el cañón del arma. Un sombrero lo protege del sol. El alzacuellos ajustado a la garganta. Del zurrón le cuelga un conejo de buen tamaño. En ese preciso momento el mundo es suyo.

Después de las monterías sirve vino y cocido en casa. Un Gatsby de aldea gallega. Las fiestas se prolongan hasta altas horas de la noche. La pequeña élite cultural del lugar, lectora de Joyce y Pound, compuesta por poetas de pueblo, maestros de escuela, pintores, médicos, respeta también la autoridad del cura y se deja ver en las comilonas. Es imposible saber lo que hierve en un hombre por dentro pero, a juzgar por lo de fuera, el padre Graña goza la vida que le ha tocado.

La montaña de documentación que dejó el cura tras su paso por esta vida fue recopilada por sus herederas, que la guardaron en los cajones del escritorio de madera en el que el cura escribió su correspondencia. El mueble permaneció guardado en la buhardilla de una casa de piedra de Monfero, un pueblo en el interior de A Coruña.

Allí permaneció olvidado hasta que Marita Fernández, junto a dos de sus hermanas, restauró el edificio para convertirlo en la Casa Graña da Acea, un alojamiento de turismo rural. El escritorio del cura ahora es parte de la decoración del lugar. En las paredes hay colgados varios retratos suyos, a la vista de unos clientes que no imaginan que están ante un cura de vida turbulenta, que tuvo que elegir entre la vocación religiosa y el amor carnal. Y escogió el camino del medio, justo el que no le llevaba a ninguna parte.

La verdad es que fue un cura atípico. La cercanía del monasterio de Caaveiro, en las fragas de Eume, donde los monjes oraron y llevaron una vida sencilla durante siglos, no produjo ningún hechizo en él. Amaba la vida pública, el alcohol, las fiestas con amigos. No quiso ser santo, y hay suficiente documentación que acredita que logró su propósito.

Rehuía la espiritualidad pero le chiflaba lo esotérico. En unas cartas que recibió en 1913 de la academia de Ciencias Ocultas de París, presidida por el profesor J. Catalá, se entrevé que le interesa algo más que escuchar secretos en el confesionario. La academia le manda una "flor del amor" que debe llevar puesta en el lado del corazón y pensar mucho en quien desee. Para convertir la casa parroquial en un nido de amor podía echar mano de unos polvos llamados incienso de los Reyes Magos, que, según la publicidad, ahuyentaba los malos espíritus y creaba ambientes de paz, felicidad y buena suerte.

Copias de las cartas del padre Graña y la vecina de la parroquia
Copias de las cartas del padre Graña y la vecina de la parroquia

De repente, una tercera persona se entromete en la correspondencia de los enamorados. "Don José, tengo que hablarle a solas de una cosa secreta", escribe una vecina, Consuelo Piñeiro. Le dice que elija él donde pueden verse y una advertencia muy clara: "No le diga nada a su muchacha".

Quizá fue un adelanto de lo que está por ocurrir. La burbuja de los enamorados estalla en febrero de 1921. El párroco de Betanzos, un lugar cercano, le escribe para alertarle de que los vecinos andan escandalizados por "el trato ilícito" que mantiene con una joven. "En poder de los vecinos andan cartas obscenas de usted y esa mujer y de ella a usted. Por Dios le pido que si es cierto lo que denuncian trate de evitarlo. Y si no lo es, procure no hablar a solas con ella y andar con cuidado. Pues le vigilan y le amenazan con serios disgustos", le advierte.

Graña no se dio por enterado. Se cartea con la editorial Mateos, que tiene sedes en España, América y Filipinas. En su catálogo hay títulos tan sugerentes como Fisiología del amor físico, Historia de la prostitución o Solo para hombres y casadas. Pero Graña se encapricha con Matrimonio y noche de boda, por el que paga 3 pesetas. Se trata, según el catálogo, de una exposición de episodios trascendentales de la vida en pareja, desde la pasión hasta el hastío y la infidelidad.

La burbuja de los enamorados estalla en febrero de 1921. El párroco de Betanzos, un lugar cercano, le escribe para alertarle de que los vecinos andan escandalizados por  “el trato ilícito” que mantiene con una joven

No es su única distracción. Aprende a fabricar cerveza casera con un manual que le envían por correspondencia. Se escribe con criadores de gallinas de raza, patos, ocas, conejos. Paga religiosamente su suscripción a la revista El Cultivador moderno. Desde una aldea remota, Graña enviaba señales de humo al mundo entero.

Acabó enrolado en política a través del sindicato agrícola Santa Eteria, promovido por la Iglesia en las zonas rurales para acaparar el voto conservador. En las homilías saca a relucir su talento de orador. En julio de 1919 dice en misa, según consta en un borrador: "Ya podéis decir en voz muy alta que se acabó el caciquismo, sea quien sea el que lo ejerza. Sois libres para dar el voto a quien os plazca. Ya no pueden desafiaros. Vivan las personas honradas. Abajo los traidores. Descubrid vuestra frente. No seáis carneros. Huid del lobo que viene disfrazado con piel de oveja".

En las cartas con su amada también hay reproches, quejas, párrafos llenos de sobreentendidos que de alguna forma transmiten que la relación camina hacia el precipicio. Ella suelta una bomba a principios de 1924: está pensando en irse a vivir a Madrid. El padre Graña le insiste en que si es por dinero, a él no le debe nada y que todo lo que le ha prestado no tiene que devolverlo.

Ella no atiende a razones. Escribe: "En esta casa quien nació para burra ha de serlo siempre ¿Cuántas noches me paso sin cenar por causa de las rabias que me dan? Estos líos son las causas de mi enfermedad y serán mi muerte si no marcho".

El párroco intenta disuadirla: "Ten presente que no es lo mismo estar en casa de los padres, aunque haya disgustos, que ganarlo entre desconocidos para comer y si hay alguna enfermedad tener que ir al hospital". En un callejón sin salida, surge lo peor de él: "Por lo que veo es que has de llegar a ser una mujer de las cuatro letras". Y saca su perfil inquisidor, animándola a que se confiese con frecuencia y saque todo lo que está oculto, "haciendo un examen bien hecho y detenido". "A pesar de ser tan áspero comprenderás que deseo tu salvación. Feliz viaje y Dios te ilumine", se despide.

Carta con el logotipo de la Editorial Mateos enviada a José María Graña Couce.
Carta con el logotipo de la Editorial Mateos enviada a José María Graña Couce.

En borradores escribe con las tripas párrafos que no sabemos si llegaron a manos de ella. "Yo tampoco admito lágrimas de cocodrilo, el cual está callado y pacífico hasta que llega el momento de hacer de las suyas". Otra frase suelta en esos papeles: "Tampoco admito besos fingidos, puesto que Judas antes de vender al Divino Maestro acabara de darle un beso". Ahora despechado: "Por causa mía puedes ponerte tranquila e irte donde tu mala cabeza te incline".

Diecinueve días antes de que parta el tren que la ha de llevar a Madrid, ella manda su última carta: "Debo decirle que por mí no espere ni tenga pena. Por mí traiga a quien quiera [para remplazarla]. Por mí pueden venir 20. ¿Sabe lo que dicen? Que ha de traer 20 muchachas y ninguna ha de parar".

El padre Graña, angustiado, da palos de ciego. Se vienen halagos e insidias a partes iguales. Dice que ahora comprende que el niño que ella creía esperar podría ser de cualquiera, lo que no impide que vaya a guardar el retrato de ella como oro en paño. Poco a poco, dice, irá deshaciendo las marcas de la ropa en la que aparecen las iniciales de los dos, como el matrimonio fingido que fueron.

El fin está cerca. Una de las últimas frases que escribe el cura: "Puede suceder que algún día que esté solo en casa queme todo cuanto me has hecho y regalado para no tener recuerdos que me martiricen". El padre Graña murió de un ataque al corazón pocos meses después, el 11 de noviembre de 1924.

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