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El misterio de los osos de la cordillera Cantábrica

El hábitat, la mortandad, la caza, la comida o la fecundidad. Nadie sabe con certeza por qué la misma especie crece más en la parte occidental que en la oriental

Una osa con tres crías en la zona occidental de la Cordillera Cantábrica. En vídeo, la grabación realizada por unos cazadores de un oso recién emancipado en Cosgaya, en los Picos de Europa, en octubre de 2016.

Los únicos osos pardos que han conseguido esquivar la extinción y salir adelante en España sin reintroducciones de ejemplares foráneos son los de la cordillera Cantábrica, distribuidos en dos subpoblaciones: la occidental y la oriental. Pero con distinta suerte. Mientras que en la parte occidental se estima que existen alrededor de 250 ejemplares, con 35 hembras reproductoras y 64 crías en 2017, en la oriental la cifra baja a unos 40, con seis hembras y nueve crías, según los datos de la Junta de Castilla y León. Ambos grupos están separados por una franja de entre 50 y 80 kilómetros. El otro reducto, el de los Pirineos, con 44 ejemplares, compartido con Francia y Andorra, procede del traslado de osos pardos eslovenos de la misma especie (Ursus arctos arctos). La última osa autóctona murió en 2004.

A pesar de los años de estudio, todavía no se han aclarado los motivos de las diferencias en el crecimiento poblacional de las dos subpoblaciones, que se distribuyen en las comunidades de Asturias, Galicia, Cantabria y Castilla y León. Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo (FOP), centra el problema en el hábitat. “La montaña palentina es menos productiva por el tipo de comida. En otoño los osos dependen de los robles y las hayas, mientras que en la zona occidental cuentan con castañas, bellotas, hayas….Tienen mayor garantía para aguantar el invierno”, explica. Recuerda también que cuando se comenzó a gestionar al oso, había más individuos en la zona occidental con más individuos. “En los peores años”, aclara la Junta de Castilla y León, en la parte occidental sobrevivían entre 50 y 60 ejemplares y al menos 10 osas reproductoras. En la oriental, sin embargo, la población bajaba a unos 20 ejemplares y  a no más de dos osas reproductoras. Una circunstancia que aumentó su consanguinidad.

El Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas), que también se dedica a la conservación del oso en la cordillera Cantábrica, advierte de que en la parte oriental la mortandad es mayor. “Hay un goteo continuo de muertes vinculadas a la actividad cinegética. Si fueran naturales no se localizarían los cadáveres, porque es un animal que se cobija si está enfermo o herido”, sostiene Roberto Hartasánchez, presidente de la organización. "Es un entorno menos agreste, por lo que si abres pistas, como ha ocurrido, reduces los lugares de refugio y el oso necesita lugares tranquilos", opina.

Este año está siendo especialmente trágico. Se han descubierto cuatro ejemplares muertos en la zona oriental.  “Estamos esperando las necropsias, si nos las dan, porque no se pueden perder esa cantidad de osos así, de golpe”, se queja el presidente de la FOP. Él descarta, sin embargo, la caza o el furtivismo como origen del problema. “Pasaría lo mismo en la parte occidental, donde hay más presión humana”, sostiene.

Desde hace cuatro años un grupo de investigación formado por expertos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad de Oviedo, estudian el caso del oso pardo cantábrico. Vicenzo Penteriani, responsable del equipo, considera que desde el punto de vista de los recursos, tanto en función de comida como de hábitat “no existe tanta diferencia como para explicar las desigualdades en el crecimiento de la especie entre ambas áreas”. Además sostiene que la productividad de las hembras es similar, por lo tanto, tampoco está ahí la razón de la disparidad en el número de ejemplares.

La FOP muestra sus dudas al respecto, porque sus investigaciones indican que las hembras cantábricas son menos prolíficas de lo que es habitual en la especie. Las osas occidentales vuelven a salir ganando, con un tamaño medio de camada de 1,87 cachorros, mientras que las orientales se quedan en 1,5. El biólogo de la FOP Fernando Ballesteros explica que sus técnicas pueden no ser muy sofisticadas, pero el hecho de contar con tantos años de observación –desde 1989- hace que sus datos sean “muy robustos”.

Ballesteros sostiene que la "tendencia de hoy es relativamente similar entre ambas poblaciones". Una buena noticia a la que hay que añadir que ambos grupos se están mezclando, con alguna incursión de machos de la parte occidental a la oriental, constatada con análisis de heces y pelos. Más complicado lo van a tener los plantígrados para comunicar con la población de los Pirineos. “No hay conexión fácil”, sostiene el investigador del CSIC.

Objetivo: Radiomarcajes

El objetivo principal de los investigadores del CSIC es conseguir la autorización para emprender una campaña de radiomarcaje, que consideran determinante para obtener datos más concretos de la especie. “No se puede plantear un programa de gestión sin saber de dónde se parte”, advierte Penteriani. El conservacionista Hartasánchez muestra su acuerdo, porque "darían una información fantástica". Desde Fapas, sin embargo, advierten de que se debería radiomarcar a ejemplares seleccionados para dar respuesta a problemas concretos.

"Pero es un tema tabú, porque hace 20 años pusieron en marcha un proyecto semejante y salió mal", explica Penteriani. Un oso murió días después de ser capturado en una trampa en el parque natural de Somiedo (Asturias) para instalarle un radiotransmisor y se desató la polémica sobre la pertinencia o no del método. 

 

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