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La rutina de los hechos aislados de racismo

La tibieza marca la lucha contra la xenofobia en el deporte en España

Otros países como EE UU optan por aplicar condenas ejemplarizantes

El primer ministro de Italia, Matteo Renzi, y el seleccionador nacional, Cesare Prandelli, comparten un plátano en apoyo a Dani Álves.

Quizás, el problema del racismo en el deporte se explique por sí solo y por ello en la explicación esté realmente el problema: frustración, marginalidad, la guarida segura de la masa, la sobreexcitación, el imperio del subconsciente... Inevitablemente, en esos rasgos psicológicos y sociales se acotan los comportamientos racistas de los aficionados deportivos, más acentuado en los deportes de masas de cada país, pero nada ajenos en deportes minoritarios. Establecida la explicación, la gobernanza del deporte se siente más tranquila, ya aliviada, y las medidas se relajan porque a fin de cuentas el fútbol, por ejemplo, es un deporte de masas y todos sabemos cómo se comportan las masas enfurecidas o eufóricas. En ese catálogo de explicaciones, la apelación a que el fútbol no es sino la manifestación diaria de los problemas de la sociedad es un escudo capaz de resistir los embates de cualquier excaliburque atente contra eso que viene llamándose pasión, tantas veces convertida en locura.

El plátano que le lanzaron el pasado domingo al barcelonista Dani Alves en El Madrigal (Vilareal) vendría a ser la fruta madura caída por su propio peso del árbol de la ignorancia y de la exaltación. Un hecho aislado, coletilla que funciona como un bálsamo relajante frente a la hinchazón del espectáculo. El problema es que la historia está llena de hechos aislados. Basta pinchar cualquier servidor de noticias en Internet para comprobar la rutina de los hechos aislados. Y ahí solo aparecen los censados o los publicados, bien por la gravedad del hecho, bien por la trascendencia del personaje, del país o del deporte en el que ocurre. Aún así, se trata de una rutina enciclopédica.

En ello compiten el anónimo lanzador de plátanos (siempre es mejor la honrosa fruta que el afilado cuchillo) con un magnate de pro estadounidense, Donald Sterling, propietario de la franquicia de Los Ángeles Clippers en la NBA, que agrede a los negros en los comentarios a su novia en un deporte en el que los negros dominan históricamente el cotarro y soportan el poderío del espectáculo. A Sterling le enseñaron ayer la puerta de salida, señal de los diferentes tratos que tiene la lucha contra el racismo en una cultura y en otra.

Fotos de protesta por el acto de racismo contra Álves, a quien un espectador lanzó un plátano. ampliar foto
Fotos de protesta por el acto de racismo contra Álves, a quien un espectador lanzó un plátano.

“La actitud de la Comisión Estatal Contra la Violencia y el racismo es indolente y deja hacer”, aseguraba Esteban Ibarra, miembro del Observatorio contra el Racismo y del Movimiento contra la Intolerancia, refiriéndose al caso español. Su sentencia es demoledora: “Se trata de tapar todo lo que se pueda”, algo que en el subconsciente colectivo español recuerda a las decisiones en la lucha contra el dopaje.

La FIFA, el máximo organismo futbolístico mundial, fue aún más lejos. El futbolista del Milan Kevin Constant, francés de origen guineano, se hartó de recibir insultos racistas en un partido amistoso contra el Suassolo este verano y decidió abandonar el campo. La FIFA le reprendió porque “eso no es una solución a largo plazo”, y lo mismo dijo el administrador delegado del Milan, Adriano Galliani: “Todo es muy lamentable, pero no se puede abandonar el campo”. O sea, Constant hizo mal por pretender abandonar el circo romano asediado por los leones del racismo. Su entrenador terció y fue sustituido.

Ibarra: “La actitud de la Comisión Antiviolencia es indolente”

No ha sido el único. En España, Eto’o, cuando militaba en el Barcelona, se retiró del estadio de La Romareda harto de que le llamaran mono e imitaran los sonidos de los simios. Ronaldinho le siguió, pero finalmente el árbitro y el entrenador, Frank Rijkaard, también negro, les convencieron para que regresasen al estadio y concluyeran el partido. Nadie, sin embargo, desalojó a los racistas de la grada. Y así, la rutina de los hechos aislados va escribiendo líneas y más líneas en la historia universal de la infamia.

La única noticia que existe de la Comisión Anti-Violencia (así conocida para ahorrar palabras) es la que se produce ante cada jornada deportiva declarando uno o dos partidos de “alto riesgo”. Lo que suceda después es jurisdicción arbitral, de los vigilantes de seguridad o de las fuerzas de orden público. Cuando Eto’o en una segunda ocasión lanzó el balón a la grada, harto de nuevos insultos racistas, fue sancionado con 6.000 euros. No consta que el orfeón racista sufriera sanción alguna. Nyom, del Granada, fue sancionado con tarjeta amarilla cuando hizo lo mismo, “por desconsideración con el público”.

Samuel Eto'o amenaza con marcharse de La Romareda

Los grupos ultras encuentran en el fútbol lo que más ansían: una masa como guarida, una repercusión social monumental, un desierto para que se expansione el subconsciente y una impunidad generalmente manifiesta o con penas tan leves que más que intimidar, alientan. Además, en el campo de juego los equipos se identifican como enemigos y por lo tanto el vandalismo adquiere el valor de defensa de lo propio frente a lo extraño. Los grupos ultras se definen principalmente por tres aficiones: la violencia, el racismo y la homofobia. El fútbol es un recipiente adecuado para guardar la pólvora. En los campos predomina un lenguaje carpetovetónico que habla de fútbol viril, que señala al futbolista sutil porque juega como una señorita o define el fútbol femenino como algo que no es fútbol ni femenino. Racismo, violencia y homofobia se dieron cita en la corta vida de Justin Fashanu, el primer futbolista negro por el que se pagó un millón de libras de traspaso, a cargo del Tottenham. Al cabo de un tiempo, Fashanu reconoció su homosexualidad y fue acusado en EE UU por un joven de haberle agredido. Se suicidó poco después de ser absuelto al considerar “que ya había sido acusado y juzgado”.

Las normativas antirracismo son aparentemente duras, pero los juicios son escasos. Unas veces, la masa protege al agresor, otras veces la masa es incontrolable. El fútbol se santifica con acciones rápidas como la del Villarreal, identificando y sancionado al lanzador de plátanos, pero ¿qué sucede cuando el delincuente es un grupo que no lanza plátanos sino insultos? La connivencia de muchos dirigentes con los grupos ultras, entendidos como supporters cuando en muchos casos se trata de hooligans, está en la base del conflicto. Una vez más, el fútbol se acoge a la política de hechos aislados.

La FIFA reprendió a un jugador

que dejó el campo por los insultos

Y qué sucede cuando el hombre de bien llama “negro de mierda” al futbolista que acaba de hacerle un gol a su equipo y luego culpa a la sobreexcitación de su pérdida de consciencia... El negro de mierda, como se refería Luis Aragonés a Thierry Henry, pretendiendo motivar a Reyes para el inmediato partido, “es una forma de hablar”, otro recurso recurrente para explicar lo imposible. Pero el lenguaje casi nunca es inocente.

Las campañas publicitarias se suceden. La UEFA y la FIFA, los dos organismos deportivos más importantes, no se cansan de apelar a la lucha contra el racismo. Ayer, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, que organizará el próximo Mundial de fútbol, señaló que el papa Francisco enviará un mensaje contra el racismo que será leído por un jugador brasileño antes del partido inaugural. “A partir de ahora todos somos monos”, dijo Rousseff asumiendo el mensaje de la campaña lanzada en las redes sociales por el futbolista brasileño Neymar, compañero de Alves en el Barcelona.

Pero entre las palabras y los hechos reina un desierto. Las normativas son laxas y la actitud de los responsables deportivos se mueve entre la dejadez y el temor al estallido del fútbol o de otros deportes mayoritarios. La parálisis por análisis es evidente. El deporte no ha sabido enfrentarse ni al racismo evidente ni al racismo latente. Ni Hitler ni Roosevelt dieron la mano a Jesse Owens tras los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, en ambos casos por la misma razón: era negro.

Grados de intolerancia

Luis Gómez

Cuando Donald Sterling, el propietario del equipo Los Ángeles Clippers, de la NBA, reprochó a su amiga que hiciera publicidad de sus relaciones con negros y que los llevara a los partidos, sabía lo que decía aunque no imaginaba que sus palabras estuvieran siendo grabadas y fueran contestadas por el propio presidente Obama. Cuando un aficionado lanzó un plátano al jugador Alves en el transcurso del partido de fútbol Villarreal-Barcelona, también sabía lo que estaba haciendo, pero no suponía que el jugador del Barcelona recogiera el plátano y le diera un bocado ofreciendo una imagen que se ha divulgado por los cinco continentes. Son dos casos de racismo en el deporte que han coincidido en el tiempo, pero ahí acaban las comparaciones.

Sterling ha sido duramente castigado por la NBA y ha recibido el reproche de sus propios jugadores. La reacción al suceso de Villarreal no ha sido igualmente contundente aunque el aficionado haya sido expulsado como socio del club. La intolerancia frente al racismo ha avanzado en un lado del Atlántico y no tanto en la Vieja Europa. Y ello a pesar de que los clubes europeos alinearon a jugadores negros desde el principio de los tiempos, mientras que la NBA no los permitió hasta 1955. La NBA hizo su travesía del desierto, desde aquellas Ligas exclusivas de jugadores negros, que dormían y comían en autobuses porque no eran admitidos en restaurantes y hoteles, hasta la realidad actual: en 2011 había 338 jugadores negros, por 54 blancos estadounidenses y otros 52 blancos extranjeros, además de 9 técnicos negros por 21 blancos. Aquellos Globetrotters que viajaron por el mundo ganando a los blancos con malabarismo y sentido del humor fueron ejemplo de una forma de respuesta civil.

En el fútbol europeo no hubo ligas para negros, ni un pasado de discriminación dentro de los equipos, ni unas diferencias salariales escandalosas en la élite. De hecho, el primer gran ídolo mundial fue Pelé, la perla negra. Sin embargo, en la civilizada Europa el problema es más profundo, está más escondido y no está resuelto: está en la grada, en miles de aficionados que se parapetan detrás de frases racistas, símbolos del pasado y actitudes hostiles hacia todo aquello que no es blanco o es extranjero, sobre todo en los países del Este. Y anida en los clubes que viajan a África para importar talento negro y explotarlo sin protección. Y si hay un país que no tiene percepción del problema (así lo demuestran las encuestas) y, por tanto, no acaba de practicar la tolerancia cero es España. Alves y otros jugadores negros lo sufren partido tras partido, pero la primera sanción ejemplar está por llegar.

Constant, del Milan, abandona el terreno de juego en un amistoso

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