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La movilidad penaliza al aspirante a una plaza de docente universitario

Un estudio dice que las publicaciones y la “lealtad” son el camino más rápido

Un profesor imparte una clase de Filología francesa en la Universidad de Alicante.
Un profesor imparte una clase de Filología francesa en la Universidad de Alicante.

La movilidad —a otros países, a otros sectores— está penalizada en el camino para conseguir una plaza fija de profesor en las universidades públicas españolas, es decir, que aquellos que se mueven tardan más en conseguir la estabilidad laboral. Esta es una de las conclusiones de un trabajo publicado por los investigadores Luis Sanz-Menéndez, Laura Cruz-Castro y Kenedy Alva, del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC, en la revista Plos One. Han estudiado las trayectorias de 1.257 profesores titulares de universidad en España, en las áreas de ciencias, biomedicina e ingenierías que consiguieron una plaza entre 1997 y 2001. La media de tiempo en que los aspirantes conseguían esa plaza fija que otorga un puesto de funcionario es de 5,8 años.

Pero hay factores que aceleran o ralentizan el avance en la carrera académica. Y, si entre los segundos están claramente los de la movilidad, entre los primeros el factor principal es “la productividad investigadora”. Pero, además, “los elementos sociales de la vida académica también desempeñan un papel en la reducción del tiempo transcurrido desde la obtención del doctorado y al acceso a la plaza”, asegura el trabajo.

Los autores advierten que las cosas han podido cambiar desde que aquellos docentes consiguieron su puesto de titular, pero creen que ha sido a peor. “La crisis y la falta de plazas agravan las deficiencias y agravan todavía más el conservadurismo de las organizaciones”, señala por teléfono Sanz-Menéndez.

Y no se trata de un tema menor, añade, porque la movilidad es un aspecto crucial en la circulación y la transferencia del conocimiento frente a un “sistema cerrado” en el que surgen graves problemas de endogamia y en el que no se premia al que lo puede hacer mejor, sino al que más aguanta. “El estudio evidencia efectos claros de la antigüedad y recompensas a la lealtad, además de efectos de los resultados académicos y de la calidad de la universidad en la que se obtuvo el doctorado, como elementos relevantes en la aceleración del avance en la carrera académica”, señala el estudio. Es decir, predomina un sistema en el que va entrando el que más tiempo lleva en la cola, al que le toca.

En España, el camino a la estabilidad suele pasar por becas de formación o contratos de profesor ayudante mientras se prepara la tesis y, tras esta, una serie de contratos posdoctorales bajo distintas figuras hasta que se llega a la plaza. Cuando hay un puesto libre, las universidades públicas convocan un concurso para cubrirla al que se pueden presentar aquellos que cumplan los requisitos (hoy en día, los aspirantes deben estar acreditados por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación, ANECA).

“El sistema de contratación en España se ha movido entre la desconfianza de un poder centralizado que controlaba el acceso con exámenes nacionales y la autonomía total de las universidades en el que predomina la fuerza del gremio y las estructuras de poder interno”, explica Sanz-Menéndez, y añade: “Hoy hay islas de excelencia (hay muchas diferencias entre universidades y, sobre todo, entre áreas de conocimiento)”, y la mejor manera de extender esas islas es “aumentar la confianza del poder político en las universidades y, a la vez, poner los incentivos adecuados (que la financiación de los campus dependa más de los resultados investigadores y docentes); aun cuando es posible que algunos elijan el camino equivocado”, opina.

El trabajo ha analizado como elementos principales en la carrera docente e investigadora la producción científica, la movilidad y esos factores que han llamado de “encaje social” en el entorno académico. Se han excluido de este estudio las áreas de ciencias sociales y humanidades porque el efecto de las publicaciones es más difícil de medir.

 

Un profesor imparte una clase de Filología Francesa en la Universidad de Alicante. / pepe olivares