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DESAYUNO CON... MICHAEL IGNATIEFF

“El Estado debe vigilar al mercado como un águila”

El profesor y periodista avisa que la crisis debilita la fe en la democracia

Michael Ignatieff, ayer en Madrid.
Michael Ignatieff, ayer en Madrid. EL PAÍS

“Fui ayer al Museo Reina Sofía, y vi las fotografías tomadas por Eugene Smith en España en los años cincuenta. Hay imágenes de pueblos que parecen sacadas de la Edad Media. Mujeres descalzas; rostros negros, abrasados por el sol. No hay que olvidar, en la dura época actual, el extraordinario progreso que ha vivido este país en tan solo seis décadas. El camino de prosperidad y libertad recorrido”.

Ante las procelosas aguas que amenazan el navío europeo, y a España en particular, Michael Ignatieff invita a recordar el pasado para no perder el rumbo del futuro. Para no estrellarse en las rocas del populismo y del nacionalismo. “Europa sabe adónde lleva descarrilar de la senda democrática. Espero que no lo haya olvidado”.

Historiador, novelista, periodista y expolítico canadiense, Ignatieff (Toronto, 1947) se halla en Madrid para recibir el premio de periodismo Francisco Cerecedo entregado por la Asociación de Periodistas Europeos. Llega a la cita implorando un café. El jetlag no perdona ni siquiera a los viajeros más expertos y cosmopolitas.

Ignatieff lleva décadas estudiando los estragos causados en el mundo por los nacionalismos, como profesor de las más prestigiosas universidades —Harvard, Cambridge— y, sobre el terreno, como colaborador y columnista de grandes medios —la BBC, entre otros—. La crisis económica actual le inquieta, no solo desde el punto de vista de pérdida de prosperidad. “Hay síntomas como para estar preocupados”.

“El drama de la crisis no es solo tener que leer la noticia de una viuda que se suicida ante un inminente desahucio. El drama es también que la crisis erosiona la fe de la gente en la democracia”, dice Ignatieff, reanimado por un cappuccino.

“El problema es que en muchos sitios hay medidas de austeridad que solo parecen caer sobre los hombros de los pobres y no de los ricos; que la ciudadanía paga errores ajenos, mientras los responsables se salvan”, argumenta. “La democracia liberal no puede funcionar si impone medidas duras que son percibidas como injustas. El Estado está para proteger a los vulnerables, no para asumir el peso de las apuestas fracasadas de los mercados. Las democracias tienen que vigilar al capitalismo como águilas, y no lo están haciendo. El problema es la irresponsabilidad de los mercados. Por eso la gente está enfadada”. Ese enfado, esa frustración, ensancha las oportunidades para propuestas nacionalistas.

“En las actuales circunstancias, comprendo que desde Cataluña haya ciertas reivindicaciones. Pero creo que pueden ser resueltas con negociaciones. Se pueden arreglar, si los políticos quieren, sin llegar a una situación en la que se impone a la gente optar por una identidad u otra. A menudo, dos identidades conviven en una sola persona. Muchas personas, sin duda, se sienten catalanas y españolas. Da igual por qué orden. Estoy en contra de los separatismos por una razón moral: porque obligan a muchas personas a tomar decisiones que no quieren tomar. Prefiero formulas políticas que permitan compaginar las identidades”.

Pese a la inquietud que genera la actual crisis, Ignatieff se muestra convencido de que las democracias liberales europeas no sufrirán graves deterioros. “Hay que recordar esos pueblos españoles de los años cincuenta”. El progreso, la libertad, la educación acumuladas desde entonces son nuestra garantía, cree Ignatieff.