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ANÁLISIS

El ciego que no quiere ver

En cierto modo, es un contrasentido. En una civilización que ha deificado hasta el paroxismo el atractivo femenino no se mira a las mujeres. El mundo insiste en ignorarlas salvo en aquello en lo que son imprescindibles y países en los que las mujeres han alcanzado un nivel de preparación incluso superior al de sus congéneres masculinos aquellas siguen sin tener, ni de lejos, las mismas oportunidades. ¿Por qué?

Hace ya muchos años, unas investigadoras europeas intentaron desentrañar la causa de la discriminación en un mundo tan aparentemente alejado de la arbitrariedad como la ciencia. Si cada vez había más mujeres en los laboratorios por méritos previamente evaluados, ¿por qué estas no alcanzaban la misma notoriedad que sus compañeros? La razón principal era y es elemental: la notoriedad y todo lo que ello conlleva la marca la cantidad de menciones que otros investigadores realizan acerca del propio trabajo. Y aquellas investigadoras llegaban a la conclusión, grosso modo, de que los hombres solo (o casi) mencionan a otros hombres.

Estudios similares en el campo científico indican que hoy la tendencia es la misma, como lo es en los sectores productivos cuyas carreras profesionales no estén estrictamente reguladas; o sea, la mayoría. En los sectores donde predomina la evaluación basada en criterios subjetivos se castiga con especial severidad a las mujeres. Particularmente sangrante resulta, por ejemplo, la invisibilidad de las mujeres en todas las artes: de la literatura al cine pasando por el diseño o la pintura (muy recomendable a este respecto el artículo de Ángeles Caso También las mujeres sabían pintar, publicado en EL PAÍS el 8 de marzo pasado, que pueden consultar si lo desean en www.elpais.com).

En prensa no hay suficientes mujeres para cambiar la visión del mundo

De manera transversal, reforzando esta impúdica y obcecada inercia, actúan los medios de comunicación. Son ellos los que fijan y dan esplendor a una situación de tanta inequidad. En el Cuarto Poder, como en el Primero (el del dinero), la participación de las mujeres en las esferas decisorias ha mejorado, pero sigue siendo testimonial y en modo alguno alcanza la masa crítica suficiente para transformar la mirada con la que los medios observan el mundo y lo transmiten a los demás.

Las leyes topan con una realidad tozuda y no siempre pueden actuar para quebrar la discriminación. Esta semana pasada, la comisaria europea Viviane Reding ha vuelto a tropezar con su proyecto de obligar a las grandes empresas europeas a incorporar a sus consejos de administración a un mínimo de un 40% de mujeres. Fue un fracaso su propuesta de autorregulación y lo ha sido su intento de convertir las cuotas en norma. Pero los hechos evidencian que el mundo necesita un auténtico bombardeo de iniciativas como esta, aunque solo sea por la polémica que desatan; porque visibilizan lo que antes era invisible. Puede que a corto plazo no logren atracar en buen puerto pero consiguen evidenciar la injusticia que se intenta esconder. El Parlamento Europeo no tiene potestad para vetar a un miembro del comité ejecutivo del Banco Central Europeo, pero su voto contrario al luxemburgués Yves Mersch ha sido el mejor altavoz para una realidad incomprensible: que no haya una sola mujer en los órganos de gobierno de esa institución pública europea que, como las demás, acostumbra a aplicar todo tipo de cuotas. Si algún medio de comunicación se olvidó de denunciarlo, esta vez quizá no haya podido zafarse.