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TRIBUNA

Hacia un país decimonónico

Las escuelas de música y danza son ya hoy una realidad de la que la sociedad no puede prescindir sin retroceder.

A sus 20 años (nacieron con la LOGSE en 1992), las escuelas de música y danza se enfrentan a una crisis derivada de la propia crisis de financiación que viven los Ayuntamientos. Sin duda habrá que hacer cambios para hacerlo sostenible, pero teniendo presente lo que este modelo está suponiendo para nuestro país: un verdadero revulsivo.

Esta gran red de centros especializados en educación musical tejida en nuestro país siguiendo el modelo centroeuropeo, ha sido el motor del cambio en la enseñanza musical que nuestro país necesitaba. Ha permitido que la educación musical dejara de ser patrimonio de un sector culturalmente privilegiado y se extendiera a amplios sectores de la sociedad: música para todos, como señala el lema de la EMU, la asociación europea de escuelas.

Por primera vez en España, la educación musical para aficionados, tiene un marco legislativo adecuado, fuera del molde de los conservatorios, que quedan para la enseñanza de profesionales.

La flexibilidad de este modelo es una de sus virtudes esenciales, y se puede constatar a lo largo y ancho de nuestro país, viendo cómo las escuelas de música y danza han respondido a un amplio abanico de perfiles de alumnado de todas las edades e intereses. En las escuelas se atiende a la educación desde los tres-cuatro años, se forma a los aficionados de todas las edades para la práctica musical en grupo, y también se orienta a esa minoría que se derivará a los centros de enseñanza profesional.

El hecho de que sean los Ayuntamientos los titulares de las escuelas, permite vincular la oferta formativa con el entorno socio-cultural. Han proliferado orquestas, coros, bandas, grupos de folclore, de música moderna o de jazz, que no solo enriquecen al practicante sino a la comunidad.

El modelo tiene múltiples dimensiones, sociales, educativas y culturales. Ha promovido cambios en los modelos pedagógicos para enfrentarse a nuevos retos, ha mejorado la vida de muchas personas incorporando los valores que la práctica musical implica (cooperación, esfuerzo, autovaloración, creatividad, socialización...), y ha elevado el nivel cultural del entorno y contribuido a formar ciudadanos con hábitos de ocio más enriquecedores.

Las escuelas de música y danza son ya hoy una realidad de la que la sociedad no puede prescindir sin retroceder. Su viabilidad depende de todos los implicados en el desarrollo de este modelo: las Administraciones que hasta ahora los han sostenido económicamente en gran parte, Ayuntamientos y comunidades autónomas, no pueden de repente desentenderse retirando toda la financiación y haciendo que el coste del servicio pase mayoritariamente al usuario. Volveríamos a un país decimonónico donde la música es solo para una élite como signo de distinción social.

Las empresas de enseñanza musical que gestionamos integralmente escuelas de música, también tenemos la obligación de buscar modelos más eficaces y menos costosos sin perder la calidad. Hemos de seguir investigando y reinventando el modelo educativo con nuestros profesores, que finalmente serán los agentes del cambio. Trabajamos en propuestas encaminadas a potenciar contextos de aprendizaje en grupo, donde la ratio profesor / alumno es mayor y el coste se reduce. Esto implicará cambios en el enfoque pedagógico y por tanto en los planes de estudios actuales de muchas escuelas que tienen ámbitos de formación teórica muy separados de la práctica musical.

Pero, por mucho que hagamos los profesionales del sector, 20 años no es nada en educación y hábitos culturales, y si Ayuntamientos y comunidades autónomas se desentienden de la financiación de las escuelas, estas no tendrán el impacto en la sociedad que prometían.

Amelia Caro es directora gerente de la Escuela de Música Creativa (Madrid).