Rodeo ‘queer’: donde los vaqueros llevan maquillaje para desmontar clichés conservadores
La competición desafía los estereotipos de género en medio de un ambiente de retroceso de los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos

La primera vez que Elena Tebb acudió a un rodeo tradicional comprendió de inmediato que aquel no era su lugar. Las pruebas más rudas en las que deseaba competir estaban reservadas a hombres. “Ser lesbiana y visiblemente queer era una barrera para mí”, dice.
Todo cambió este año con su debut en el rodeo queer, una competición donde todas las categorías están abiertas a todos los participantes, sea cual sea su identidad de género. “Encontré un lugar donde perseguir mis sueños”, dice. No tardó mucho en empezar a cumplirlos. Tebb resultó campeona de una de las pruebas tradicionalmente masculinas más duras: sujetar a un novillo desde su salida del corral, arrastrarlo a la fuerza hasta una línea a tres metros de distancia y derribarlo en menos de 60 segundos.
Así es el rodeo queer: vaqueras como Tebb doman a toros salvajes, fornidos jinetes sortean grácilmente obstáculos y cowboys drag queen con pestañas postizas forcejean en el barro contra el ganado en una competición que reivindica la diversidad sexual desafiando los clichés asociados con una de las tradiciones de reputación más conservadora en Estados Unidos.

El rodeo queer cumple este año medio siglo de vida y lo hace con el telón de fondo de los crecientes ataques a los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos. La administración de Donald Trump ha eliminado las disposiciones contra la discriminación que protegían a personas LGBTQ+, ha vetado a las personas trans en el ejército y ha ordenado que el gobierno federal reconozca oficialmente solo dos sexos, masculino y femenino. Solo este año, en 49 de los 50 estados se han introducido más de 650 propuestas de ley anti LGBTQ+, legislación que en muchos casos busca limitar el acceso de menores a tratamientos de reafirmación de género.

“Aunque algunos no se atrevan a decirlo abiertamente, creo que el rodeo gay es una oportunidad para la acción política, un símbolo de aceptación de la diversidad, la equidad y la inclusión”, dice Nate Lague, de 35 años, quien este año se ha estrenado en el circuito como voluntario. “Nos oponemos a la norma de lo que es el rodeo y brindamos una atmósfera en la que todos son bienvenidos”.

A pesar del clima político, en la parada anual del rodeo queer en Santa Fe, Nuevo México, prevalecía un espíritu celebratorio, una mezcla entre verbena ranchera y after gay.
Los participantes, ataviados con sus mejores galas típicas del Oeste – vaqueros, botas con espuelas, sombreros y camisas con elaborados bordados – bebían cerveza barata y, por la noche acudían a espectáculos de drag protagonizados por algunos de los participantes que por el día habían estado arrastrándose por el barro. Muchos llevan participando años y se consideran parte de una gran comunidad.


“Son mi familia, una familia extendida a la que veo cada dos meses”, dijo Greg Begay sobre sus rivales y compañeros. “Sé que están ahí para apoyarme”. Begay, de 40 años y origen Navajo, lleva participando en este concurso desde 2009, cuando aún no había salido del armario ante su familia. En la actualidad compite con amigos o acompañado por su hermano y su cuñada. Este año resultó campeón total en la final en Reno, Nevada. Como él, muchos de los participantes en el rodeo queer trabajan con ganado.

Además de las pruebas tradicionales, el rodeo queer tiene sus propias categorías camp. Una es la decoración de novillos, en la que los participantes deben atar una cinta a la cola del animal sin derribar los barriles que delimitan el perímetro. También está la carrera drag, un reto por parejas en el que un concursante vestido en drag debe montarse sobre un cabestro salvaje mientras que el otro trata de domarlo. ‘Vestir la cabra’, como su nombre indica, consiste en poner un par de calzoncillos a una cabra salvaje, mientras esta patalea y se revuelve.
También existen las llamadas “competiciones de realeza”, emparentadas con la cultura drag. En ellas, los participantes son juzgados como representantes de la cultura del Oeste, lo cual incluye la originalidad de su atuendo vaquero, la actitud y el servicio a la comunidad. Desde el año pasado, además de los títulos Miss y Mister, existe una categoría Mx. para personas no binarias.

No hace falta identificarse como un miembro de la comunidad LGBTQ+ para participar en este rodeo. Stefanie Pastorini, de Colorado, lleva años compitiendo en compañía de su marido. “Somos la cuota de heteros”, bromea. Ambos son asiduos al circuito, que arranca en febrero en Phoenix, Arizona, y recorre los principales estados del Suroeste norteamericano, desde Missouri hasta California, pasando por Texas, Oklahoma, Utah, Colorado, Nuevo México y Nevada.

Contradiciendo la dirección actual de las organizaciones deportivas que vetan a deportistas trans de los equipos femeninos, en el rodeo queer cada persona elige en qué categoría competir en concordancia con su identidad de género preferida.


Pero la vocación inclusiva del certamen hacia las personas trans no evita otros dilemas internos, como la integración de personas no binarias. ¿Deberían tener su propia categoría o eliminarse de una vez todas las distinciones de género y competir todos contra todos? Los organizadores están valorando opciones, pero la solución no es sencilla, explica Kim Mann, una de sus integrantes, pues obligaría a cambiar por completo la logística del campeonato y los baremos de puntuación.
“Llevamos 50 años haciendo esto, pero algunas cosas son nuevas también para nosotros”, dice.

Aunque el primer rodeo gay se celebró en 1976, el germen de esta competición se remonta al año anterior, cuando a un hombre llamado Phil Ragsdale se le ocurrió celebrar uno de estos campeonatos para recaudar fondos para la cena de Acción de Gracias en un albergue de personas mayores y, de paso, combatir algunos de los estereotipos más extendidos hacia los gays. No fue un proceso fácil, ya que al comienzo tuvo que enfrentarse con la homofobia imperante en la época entre los rancheros propietarios del ganado y otros proveedores que preferían no cooperar con el evento.
La epidemia del SIDA también hizo estragos, cobrándose varias víctimas entre los asiduos al rodeo en las décadas de los ochenta y los noventa, incluido el propio Ragsdale, que murió en 1992 debido a la enfermedad. En 1983, una asociación cristiana trató de suspender la celebración de la competición en Reno alegando que era una amenaza a la salud pública y que causaría la propagación de la enfermedad.

Hoy, la estética y el imaginario vaquero son un patrimonio universal que entra y sale de la cultura popular, la moda y el entretenimiento como si nada: puede ser la Beyoncé de Cowboy Carter o Taylor Swift, pasando por la Margot Robbie en la película Barbie o los sombreros de vaquera rosa de Karol G. En este contexto, algunos concursantes dicen que el rodeo queer es la prueba de la buena salud y la diversidad de las comunidades LGBTQ+ en el medio rural estadounidense, donde los clichés imperantes en ocasiones reflejan un mundo conservador y opresivo.
“Igual que Stonewall causó el primer Orgullo Gay, el rodeo queer está haciendo lo mismo para la cultura del rodeo en el Oeste”, dijo Alvis.




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