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Cuerpos
Tribuna
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Gordofobia y ropa: cuándo dejarán de decirnos en las tiendas que ‘no hay tallas tan grandes’

La mayoría de las marcas de gama media/alta no se adapta a la mayoría de la población femenina.

Avatares virtuales en el Metaverso.
Avatares virtuales en el Metaverso.We Are (Getty Images)

Hace poco me acerqué a la tienda de una conocida marca de ropa de sport. Había dos dependientas que tardaron en atenderme a pesar de que no había nadie. Tras mirar un rato y elegir el vestido que me hubiera venido bien, me acerqué a una de ellas (la más joven). Con una media sonrisa condescendiente me dijo: “No tenemos tallas tan grandes”. En la mayoría de las tiendas tengo una talla 40, o una L. Me fui de allí con mis leggings, mi abrigo viejo, y mi jersey de punto: “Miraré en la web, que sé que tienen mi talla”. Otra media sonrisa, media vuelta, y la chica volvió con su compañera a hacer nada. ¿Por qué me trataron así? Es fácil: no hay nada que cree más deseo que la exclusión. No es esto una experiencia traumática, ni siquiera una forma de llanto. Si lo pongo por escrito es porque demuestra cómo funciona una parte del mundo. En concreto, el de la moda.

Desearía haber tenido una adolescencia en la que mi cuerpo (bastante delgado por aquel entonces, pero con curvas) no fuera motivo de mofa ni de vergüenza. Desearía haber tenido un entorno en el que tener caderas no fuera motivo de burla. Y sobre todo, desearía recuperar ese tiempo para vivirlo sin complejos ni llantos por no caber en la ropa de aquellas marcas que, por aquel entonces, solo diseñaban faldas de tubo.

Hace muchos años, cuando estaba entre la 36 y la 38, fui a la tienda de una diseñadora que ahora se dedica a otros menesteres y pedí probarme un vestido. La dependienta (también joven, pero mayor que yo entonces) me dijo que era mejor que no lo hiciera, porque lo iba a romper. Una grosería de ese nivel solo se la sueltan a una veinteañera. Insistí y me probé el vestido. Por supuesto que no lo rompí. Pero, como dice un diseñador de vestuario que conozco, “una cosa es tu talla, y otra la talla que te cabe”. Y jamás hubiera comprado algo de una tienda donde intentan hacerte sentir mal por tener una talla mayor de la 36. ¿Les extraña que esta marca quebrase? A mí no.

En esa misma época una compañera de clase perdió peso con mucho esfuerzo para caber en un vestido (¿quién no ha hecho esta tontería alguna vez?). La chica tenía y tiene cara redonda, con lo que por mucho peso que pierda, siempre tendrá aspecto de pesar más de lo que pesa. Fue a la tienda de una de esas marcas en la que el diseñador saca la misma colección año tras año. Cupo en el vestido deseado, para disgusto de los dos despendientes, que la miraron como quien descubre el desfigurado rostro de El Fantasma de la Ópera. “Qué disgusto se va a llevar el jefe cuando se entere”. Digo “el jefe” por no decir el nombre del diseñador en cuestión, un tipo comprometido, supongo, con la aniquilación de personas con sobrepeso. La chica se llevó el vestido (no entiendo por qué) y lloró amargamente el maltrato al que le sometieron los empleados de su admirado diseñador.

Poco tiempo después Karl Lagerfeld firmó con H&M para sacar una colección con ellos. Premium para H&M y barata para Lagerfeld. La ira del difunto káiser se desató al ver que habían hecho tallas para gente de proporciones mastodónticas capaces de portar hasta una 44. En sus propias palabras, su ropa estaba diseñada “para gente esbelta”. Y, si bien es cierto que cada uno (y cada una) tiene una silueta a la que le favorece más o menos un tipo de prenda, no es menos cierto que quien primero tiene que sentirse bien con una prenda es su portante. Mi compañera de clase adquirió un vestido de aquella colección en la talla más grande disponible, golpeando el pundonor del difunto genio.

Desearía recuperar ese tiempo para vivirlo sin complejos ni llantos por no caber en la ropa de aquellas marcas que, por aquel entonces, solo diseñaban faldas de tubo.

La gordofobia dentro de la moda es tal que en algunas marcas separan la colección de tallas grandes de la normal, para alejar esos cuerpos no aspiracionales de sus pasillos. La mayoría de las marcas no diseñan por encima de unas medidas. Por encima ya son otros patrones. Si eres gorda estás obligada a esconderte. Los diseñadores considerarán que solo puedes vestir como tu anciana madre. Gracias a este prejuicio Shein ha llegado a tantos armarios. A las mujeres grandes, antes de Shein, no les estaba permitido verse o mostrarse atractivas. Es un tema digno de ensayo: el elitismo de la industria textil genera una ola contaminante a través de prendas de baja calidad y tallas grandes. No pocas marcas de ropa alternativa ofrecen tallas grandes en sus catálogos, pero no todas las mujeres de tallas grandes quieren vestir con moda alternativa.

A un diseñador, o a una marca, no debería de importarles en principio quién lleve sus creaciones. Pero les importa porque sus clientes son los que hacen imagen de marca. En el caso de las marcas de lujo el corte es claro. Por más que yo desee comprarme algo de la colección Sicilian Carreto de Dolce & Gabbana, no puedo. No puedo, no me viene bien, ahorrar varios miles de euros para comprar una prenda. Lo más barato supera los 300 euros. Estoy automáticamente excluida. Si pudiera comprar un top de esa colección por, digamos, 30 euros, este yacería en una pila de prendas de difícil combinación. Me lo pondría más o menos, pero sería una prenda más, no la prenda reservada a las mejores ocasiones. Acabaría bajando conmigo a la playa, a la frutería o al gimnasio. Sería una prenda cotidiana. Y el lujo, si algo no es, es cotidiano. El lujo es raro, inaccesible, lejano. El lujo es cumplir años y no ganar peso. Adelgazar en la Buchinger. Beber un té antioxidante en una vajilla comprada en Cristina Oria. El lujo es lo que no tenemos.

Durante la elaboración de este artículo me paseé por varias páginas de escorts. La palabra escort ya está por encima de la palabra prostituta. En esos catálogos de mujeres exuberantes pero ordinarias había diversidad de tamaños y cuerpos. Sin embargo todas decían pesar no más de 56 kilos. La más gorda que encontré pesaba exactamente 56 kilos midiendo 1,60. Les aseguro que esa mujer no pesaba ni en broma 56 kilos. Para un hombre que alquila un cuerpo, una mujer no puede pesar más de 56 kilos. Los hombres que alquilan cuerpos quieren acostarse con una Irina Shayk.

¿Cómo se convierte una talla en un lujo?

Si la mayoría de las mujeres tiene una talla 40-42, una minoría de las adultas tiene tallas entre la 34 y la 38. Salvo las que se mantienen en ese tallaje por constitución, el resto aumenta de peso por factores como la edad, la genética, y el estilo de vida moderno que consiste en correr de un lado a otro y consumir productos ultraprocesados donde un 40% de la composición es una mezcla de harinas, grasa animal y aceite. Este porcentaje puede subir hasta un 60% en snacks y dulces. Sin embargo, la mayoría de las marcas de gama media/alta no se adapta a la mayoría de la población femenina. Esas marcas vivirán principalmente de perfumes y complementos. Sus diseñadores en muchas ocasiones desprecian a las mujeres que no son delgadas. No aspiran a tener una gran fortuna como Chris Xu (Shein), Amancio Ortega (Inditex), o Arthur Ryan (Primark). Aspiran a ser los diseñadores a los que compran las hijas de Xu, Ortega o Ryan.

La ropa está para vestirse, protegerse de las inclemencias del tiempo y adaptarse a las diferentes situaciones sociales que vivimos. La moda es otra cosa. La moda es un sueño en el que encajas o no encajas. Es tu decisión tomarla como una realidad o ser consciente de que es solo una ensoñación. Como dice una diseñadora consultada para este artículo, “el vestido se tiene que adaptar a ti, no tú al vestido. Solo faltaba que te traumatizaras por un trapo”.

Sobre la firma

Jimina Sabadú
Columnista en la sección de Televisión. Ha colaborado en 'El Mundo', 'Letras Libres', 'El Confidencial', en programas radiofónicos y ha sido guionista de ficción y entretenimiento. Licenciada en Comunicación Audiovisual, ha ganado los premios Lengua de Trapo y Ateneo de Novela Joven de Sevilla. Su último libro es 'La conquista de Tinder'.
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